lunes, 16 de agosto de 2021



     Muy buenas tardes mis amigos. Una vez subsanados ciertos problemas técnicos con Internet —no se olvide que estamos en Venezuela—, por acá de nuevo con lo prometido: Andrómaca y Felipe,

                                        Capítulo 1: Los Huéspedes (Continuación)                                            

…El recuerdo viene a colación, en base al comentario o más bien confesión que justo en la iglesia, le hiciera Chuíto a Felipe —aquel miércoles santo—; un día cuando éste, le dice de nuevo a su hermano menor las mismas palabras de costumbre. Con que solía detenerlo, al tratar de emplazarlo sobre su posible relación con Victoria:  

       “…Siempre estás viendo fuego en todas partes y, bla, bla, bla”.

…Como si al decírselo, tan seguido cual su persistente hermano lo hacía, tratara Felipe de endilgarle alguna patología piro maníaca; con el propósito de que el otro, desistiera de tales concejos y comentarios cada vez que le insistía en lo bien que se lo llevaba la joven pareja —Victoria y Wenceslao.

 …Pero con la calculada respuesta de su hermano mayor, Chuíto no se imaginaba que este en realidad lo que buscaba era ocultar disimulada y soterradamente, algo que había empezado a intrigarlo; en cuanto a sus propios sentimientos respecto a la muchacha. Porque resulta que ésta, sobre todo en los períodos de tiempo en que su sobrino tenía que ausentarse debido a sus estudios en Caracas, se mostraba sumamente relajada, distendida, como si hiciera caso omiso de tales ausencias; razón por la cual cualquiera podía pensar, que la joven sólo le hacía caso a Wenceslao únicamente por diversión.

    Lo que además, parecía tener confundido a todo el mundo dada su amabilidad  y, desenfado en el trato, hacia todos por  igual −especialmente al inicio−. Esto hizo, quizás, que Felipe empezara a sentirse inclinado o más bien arrastrado, por la enganchante personalidad y fresca presencia de Victoria Sarmiento; que tampoco perdía oportunidad de mostrarse propicia, ya dispuesta y hasta accesible, ante él. Por lo que era en estas épocas, cuando la avispada y astuta joven le imprimía un mayor impulso a sus ocultos e inconfesados deseos de conquistar al señor Felipe; con el velado propósito de ver cumplida su promesa a su familia, de que llegaría el día en que ella los sacaría de la odiosa condición de miseria en que habían caído. Y; por qué no decirlo, por la soberana irresponsabilidad de don Eustorgio. Es la verdad.

…No obstante, Victoria siempre guardaba en un apartado rinconcito de su corazón las cálidas vivencias y pernoctas que vivió junto a sus viejos, especialmente en una finca que tuvo su papá a un lado de la carretera que conduce a Camaguán, desde Calabozo; la cual tenía por nombre “Los Sarmientos”.  Lugar donde su padre como una forma de hacerle honor, no sólo a su apellido sino también a sus beodos amigos de otros tiempos, había hecho instalar una costosa bodega con los más preciados vinos del valle de Mendoza en Argentina; país de donde provenían sus ancestros, los cuales traía siempre a colación en prolongadas tertulias con sus pares y, en homenaje a Baco.

…Sin embargo, don Eustorgio no sólo le dedicaba tiempo al trabajo de  la finca  y  a sus amigos, sino que, tenía entonces dentro de su rutina semanal sacar a pasear su familia a lomo de bestia por las sabanas Sarmenteras, donde Victoria que era la mayor entre sus hijos, atendía con abnegación a sus hermanos más pequeños;  mientras todos se bañaban en un rio de corrientes cristalinas que discurría por la parte Sur de la propiedad, antes de internarse en las pacíficas y reflectantes aguas del emblemático Estero de Camaguán.

 …Donde todo tipo de animales de la zona se daban cita: Entre garzas, chenchenas, patos y alcaravanes que se oían graznar y cantar a lo lejos, en que de seguro se acicalaban con sus mejores galas contemplándose en aquel espejo de diáfanas aguas, para recibir del Apure al gabán golillú; que de manera regular, año tras año, recalaba por aquellos lares como respuesta ancestral de sus ascendientes. Al vitoquearse en los garceros mostrando a los presentes cada vez, la vistosidad y firmeza de su característico gollete de donde procede su nombre.

“…Usualmente —se solaza Victoria esta vez, feliz en sus evocaciones de niña, aquella tarde crucial en la oficina; de donde saldría con una respuesta definitiva sobre lo que sería su destino por venir— en estas romerías por los terrenos de la finca, mi padre cazaba o pescaba la comida que, alborozados, disfrutábamos todos; segura como estaba en aquellas despensas naturales, especie de ricas cornucopias que hacían infalible el excelente desempeño de don Eustorgio con el rifle o el arpón. Eran pues, aquellos,  bellos momentos de felicidad en que mi papá después de una opípara comida, que él mismo junto con sus amigos preparaban, nos reunía a todos en círculo debajo de unos frondosos árboles de Matapalo… Y, enseguida, nos leía en voz alta historias gauchas de las pampas argentinas. Haciendo especial hincapié en breves y continuas interrupciones para marcar algún detalle o similitud de la vida, y las costumbres en aquellas australes praderas,  con respecto a la de los llaneros de aquí; por los cuales también mostraba un especial respeto.

 …Solía leernos en esa época la poesía autóctona argentina de José Hernández; explicando con maestría las intemperantes aventuras gauchescas de su "Martín Fierro". Así mismo, le gustaba mucho declamar con su propia voz engolada y, en febriles arrebatos beodos junto a sus amigos de vino y grappa, el poema gaucho "La Leyenda del horcón"; dejando destilar a su manera una mezcla de profunda tristeza y vehemencia, al mismo tiempo, identificado entonces con el característico amargor −según él−, de la emblemática y cotidiana yerba mate… Cuando empezaba a decir:

 "…Les voy a contar un cuento, aura que el agua y el viento train a la memoria mía, cosas que nadie sabía y que yo diré al momento…!”

…Y; por ahí se iba.

     Fue en esas reuniones familiares donde Victoria desarrolló y sembró para siempre en su corazón, un amor muy especial hacia su padre, el viejo don Eustorgio, quien no escatimaba ningún tipo de sacrificio ni esfuerzo para hacerlos felices a todos por igual; al menos, mientras tuvo a su disposición los bienes de fortuna que se lo permitieron. Pero jamás se imaginaron en ese momento, que vendrían tiempos muy tristes, como aquellos posteriores a la debacle de "El Encuentro".

     Por todo éso, cuando el viejo cayó en la desgracia en su vida —por las causas que haya sido—, los miembros de su familia fueron muy condescendientes con él y su mala pata; que por añadidura pasaría a ser también la de todos, por ser al comienzo el único sostén del grupo familiar… Afortunadamente, o tal vez como retribución a su don de buena gente y carácter dadivoso que ostentó siempre don Eustorgio, mientras pudo, Victoria logró estudiar en Caracas bajo la tutela de su tío materno don Hermógenes Soler. Quien residía cómodamente en aquella ciudad, donde hizo carrera en una institución financiera de alto nivel, ya  graduado de Economista con la ayuda de su cuñado, precísamente; cuando el tío era joven y, su padre próspero. En algún momento estelar de la larga cadena de picos y depresiones en la accidentada vida empresarial de su viejo.

    Sería entonces por tantas cosas bonitas que Victoria Sarmiento vivió y, que siempre  recordaría −al lado de los suyos−, que no dejaría pasar la dorada oportunidad que ahora se le presentaba como en bandeja de plata; aunque fuera para reivindicar de algún modo el perdido lustre de viejos oropeles, de aquella vida pasada.  

   Y; para ello, necesitaba vencer toda una serie de prejuicios impuestos, lógicamente, por los patrones culturales familiares en que se había levantado. Por lo que, sabía bien no era la mejor manera de obtener las cosas que pensaba, aunque también que no había forma más directa que pudiera presentársele para lograrlo.

 …Como esta de ahora en que dos hombres con posibilidades de fortuna para ella, se debatían por poseerla de forma exclusiva; pero, en la intrincada ecuación de aquel enrevesado e inescrupuloso cálculo, no contaba la astuta mujer con la sorprendente intervención de la variable del amor. Para repentinamente caer golpeada con insistencia esos días y, en especial aquella tarde de decisiones trascendentes en su vida, sentada como estaba a solas frente al escritorio en su oficina donde ya sin darse cuenta, la cubría una insipiente penumbra que se cernía sobre el lugar; dejando entrever en las suaves y lindas líneas de su rostro, las siguientes interrogantes: ¿Lograría enfrentar el reto más importante, a todo trance, como era aquel de pasar por encima de la bondadosa señora Andrómaca…? ¿Se decidiría por Felipe o, por Wenceslao? ¿Qué pensaría de éso, su propio padre; y, la misma gente en la finca que le había dado su confianza? …Bueno, todo esto estaba por verse…!

  …En definitiva y, en honor a la verdad, Victoria Sarmiento se sentía realmente atraída por Wenceslao con quien ya había intimado, al punto de entregarle su virginidad en un súbito arranque de amor apasionado, haciéndolo en efecto posteriormente, varias veces más; pero, estaba consciente que por esa vía no lograría, tal y como se lo había prometido a sí misma, la segura solvencia económica que juró obtener. Al menos no, por ahora; porque al muchacho aún le faltaba mucho para consolidar su posición y, ella no estaba dispuesta a deshojar la margarita por tanto tiempo en una larga espera que bien podía ser estéril para la obtención más oportuna de su tan esperada cosecha.

 …Entonces la opción de Felipe, aunque la más espinosa y hasta perversa, era la que le ofrecía una mayor eficacia en el logro de sus metas.

     Para entonces, ya las continuas ausencias del joven  Wenceslao aunque en contra de su voluntad, venían siendo aprovechadas al máximo por el curtido e implacable don Felipe que, a la postre, arreciaba en sus decididas pretensiones por la hermosa mujer. Dándole a entender cada vez que podía por aquellos tiempos, "que estaba dispuesto a traspasar, llegado el momento de las chiquiticas" −decía−, hasta el último escollo en su camino representado por su propia esposa; porque el amor que por ésta albergara en su corazón, había sido reemplazado ya, paulatinamente, por un nuevo impulso apasionado que a diario la joven le inspiraba.

 …Alimentado cada vez más por largas jornadas de trabajo juntos a que se sometían, muchas veces  hasta como pretexto de su rebuscado comportamiento, aunado al gran poder de los encantos de tan deliciosa mujer, que ella sabía era y, habría aprendido a explotar bajo el asedio de aquellos dos frentes de batalla tan disimiles: Uno; el hijo locamente enamorado e inexperto, además sin dinero real, pero lleno de frescura y con un dejo de inocencia, pero tan sólo cargado de promesas a futuro. Otro; el avezado padre como toro corrido ya en siete plazas,  acaudalado pero bellaco y calculador, que sabe lo que quiere; cómo y, cuándo tomarlo.

  Sin embargo Victoria; con tal de lograr sus objetivos a corto plazo como era su propósito, bien sabía que de nada serviría en este caso, ponerse a valorar en su justo peso cada uno de los atributos y defectos en juego en aquellos dos hombres. Que lo más dramático de la situación era y estaba perfectamente consciente de ello, aun por encima de la relación entre los esposos, el vínculo de sangre entre ambos pretendientes; configurando en un corto futuro, ciertamente, la posibilidad de un trágico desenlace. Pero en este punto, ya las cartas estaban echadas, definitivamente se había decidido a dar el paso más difícil; iría, contra viento y marea por el deslumbrado don Felipe, el padre.

   Andrómaca por su parte, inocente de todo el vendaval que se cernía sobre ella y en contra de su amada familia, dentro de poco destrozada, seguía viendo a Victoria sólo como la profesional eficiente que realmente creía era; siendo aún su relación de mucho respeto y armonía, al menos en apariencia, con quien en ningún momento había tenido la más mínima desavenencia o asomo de enemistad. En verdad, poseía una personalidad envolvente, calculadora y, eficaz; lo que no daba motivo de ninguna especie para reclamos ni reprimendas, tornándose cada vez más accesible para todos.

     Este comportamiento tan conveniente, gatopardiano, en la astuta muchacha, hacía que diariamente Felipe se comportara mucho más atraído por la mujer contenida en ella. Decidido entonces a ir mucho más lejos, e incrementar la apuesta por conquistarla; concentrándose únicamente por aquellos días en manifestarle de cualquier modo, lo que realmente él desde hacía tiempo ya estaba viviendo. Sintiéndose en aquellos momentos en una situación tan apremiante, en que prácticamente moría por ella; pero temeroso aun de sus propias conjeturas en oscuros pensamientos allá en lo más íntimo de su ser, respecto a la joven. Entonces envuelto en el embarazoso escenario de traición hacia su legítima esposa en que se veía expuesto y que, al mismo tiempo, todavía seguía negando con la razón lo que le dictaba el corazón.

 …Tal vez acuciado por algún sentimiento de vergüenza que aún le quedaba cual rémora, por la traición a su familia que estaba a punto de echar por la borda, de su barco a la deriva; que se movía sin rumbo cierto al garete a través de las encrespadas aguas de la incertidumbre. Cuando sumido en tales momentos en sus pecaminosos delirios, llegaba a su mente la figura de la inocente Andrómaca, junto a la de sus propios hijos; lo que de inmediato hacía que se disipara en Felipe, al menos momentáneamente, sus reales y auténticos sentimientos de pasión relacionados con la hermosa muchacha que tenía por asistente.                                                          

                                                                       ---  o  ---

  …Después de aquello todo siguió su curso en el apacible pueblito de La Atascosa y, según la vida de cada quien; pero al parecer, lo que más prosperaba eran los dimes y diretes de la acalorada relación entre Victoria y Felipe, convertida ya en un drama con los visos propios de una tragedia griega.

“…Tal cual aquellas legendarias causadas por los mismísimos dioses del Olimpo. En una de sus sempiternas apuestas entre ellos tan sólo por el celestial placer de jugar con las debilidades humanas, basadas en el amor. Mandando a sellar el dorado carcaj de Cupido, con su última flecha disparada; entonces, directo al corazón de Felipe. Encerrando a este Dios en una inexpugnable jaula de diamante mandada a construir especialmente por su orfebre predilecto, Hefesto, para que no hubiera a partir de allí otro amorío más entre macho y hembra, en individuos de la raza humana; y, centrando sus travesuras celestiales tan sólo en éste último.

 …Pero para darle a su juego un divino toque de locura, todavía mayor, hicieron despertar a las Erinias para que fueran a La Atascosa a restablecer el orden con su implacable furia, castigando a quienes ellas sabían, habrían de romper su ley…!”

…Acelerándose por esta vía la declarada aceptación de las insinuaciones que se incrementaron cada día con mayor fuerza entre la aviesa pareja, alimentando mucho más en Victoria una especie de interés obsesivo por la obtención de su riqueza temprana, exacerbada por el culto a lo material y, a la exageración; entonces con marcada tendencia a la opulencia. Derivada quizás, de extrañas desviaciones debidas a algún tipo de patología o tara genética que desarrollara esta mujer en virtud del buen dinero que ganaba en su trabajo, aunado a la “generosidad” de su patrón don Felipe, quien no perdía tiempo ni oportunidad con sus dadivosas manifestaciones, para así ganar terreno en su camino hacia la conquista definitiva.

   Para este momento, ya la otrora joven Victoria por todos conocida hace rato habría quedado en el pasado. Operándose en ella una serie de cambios que entonces quedarían expuestos y que, a partir de allí la caracterizaron, como una auténtica “linda arpía”, plena de todas sus potencialidades de una hembra, lista para tomar para sí al hombre deseado; o, más bien, que le interesara −como ahora−, pero trocándose definitivamente en virtud de la avaricia en una muy cruda mujer, fría, pragmática, cuyo único objetivo era el dinero y todo aquello que con éste, pudiera comprarse. Mientras Felipe por su parte, pecando de ingenuo tan patéticamente y, hasta de forma voluntaria, quizás, venía cegado por la dulzura de sus mieles que claramente parecía ya habría probado.

…A todas éstas Andrómaca, sumamente alarmada por los cambios observados tanto de un lado como del otro, empezaba a considerar el peligro de una eventual ruptura en su matrimonio, pero tal parece se habría dado cuenta demasiado tarde; habiendo tenido ya unos ácidos encuentros en busca de respuestas al menos del lado de su marido, que era donde ella sabía estaba el origen de sus problemas. Sin embargo éste, cubierto por un velo de una recién adquirida malicia tan sólo le respondía con evasiones, edulcoradas con un supuesto tono de moral que hacía tiempo ya había perdido. Por lo que Andrómaca decididamente no se fiaba ni en una sola de sus palabras, pero al mismo tiempo, en el fondo se negaba a creer que algo así estuviera pasando entre ellos y, por un tiempo, se animó a darle un voto de confianza para ver si las cosas volvían a ser como antes.

 …Mientras tanto lucharía por salvar su relación de una forma digna, y lo haría con tesón, argumentos razonados, e inteligencia; buscando convencer a su marido de la inconveniencia ya comprobada —al menos, para ella—, de seguir manteniendo bajo su mismo techo el peligro latente representado por aquella astuta y, ahora insaciable mujer. En que se habría convertido a su modo de ver, la otrora inocente, señorita Sarmiento.

 …Que pugnaba por arrebatarle lo suyo, el hombre que desde siempre, había jurado ser el amor de su vida. Pero Felipe, ciego como estaba por la pasión desmedida que le inspiraba Victoria, se debatía entonces entre las razonables y por demás pertinentes peticiones por parte de su esposa, para que la despidiera; y, el interés que aquella como mujer, despertaba en él. 

    Victoria mientras tanto, viendo ya las intenciones de su desesperada patrona la señora Andrómaca y, en un arrebato aún más malintencionado, hizo arreglos para entrar en contacto con un conocidísimo individuo del pueblo, ya famoso por sus comprobadas mañas; El indio Colavita. De cuyos infalibles filtros de amor ya estaba enterada a través de una amiga, muy cachonda ella por cierto, que vivía a dos manos entre el placer de la carne y el licor, en el populoso barrio La Rochela.  

  Contrataría Victoria al fulano individuo para que mediante el uso de sus argucias pudiera ayudarla a contrarrestar los deseos y objetivos de su ahora declarada rival, de que su jefe la echara de casa o; peor aún, despidiera de su lado. Entonces ella, como una forma de huída hacia adelante y, teniendo siempre fijo el Norte de sus objetivos, le propuso a Felipe que se iría de la casa de la finca para una que había comprado en el pueblo; pero, conservando la relación de trabajo con él. Esto en cierto modo, fue visto por Andrómaca como un anticipo de su tambaleante triunfo; creyendo erróneamente que habían prosperado sus súplicas y,  peticiones ante su esposo.

                   ¡…Pero cuán equivocada estaba la señora Andrómaca!

 …Pues, la mudanza de Victoria obedecía más bien a una estratagema suya, aunque dicen que recomendada por El Indio; cuando en verdad, fue de ella esta salida magistral. Con el fin de ganar tiempo y espacio más propicios para atraer a su propio entorno a Felipe, de una forma más íntima y reservada. Por quien empezaba a percatarse en medio de la refriega, de su valoración no ya como presa solamente y, por su dinero, sino que además  comenzó a interesarse en el hombre que este era; cual su objeto de deseo carnal.

   A estas alturas de la delicada situación puesta entonces de relieve con la mudanza de Victoria,  que entonces vivía en el pueblo y, no más en la finca, la comunicación entre ella y los hijos del matrimonio también se había roto; o, por lo menos, tornado bastante más distanciada, ya no tan amena como lo fue antes.

   Sobre todo por parte de Wenceslao quien ya venía sospechando de algo como esto y, así se lo habría hecho saber a su hermano el Cura; acerca de la pérfida e impropia relación entre quienes todos consideraban era su novia y, nada más y nada menos que con su propio padre. Acarreando tal hecho las naturales incomodidades no sólo para él, sino para su madre; cosa que ellos por nada del mundo deseaban, ni tampoco tolerarían… Aunque fuera para él, enamorado locamente de aquella como estaba, el más duro golpe recibido hasta entonces en su corta vida.

   En medio de tan incómoda circunstancia y, sospechando lo que se avecinaba, el que dio un paso al frente en la búsqueda de algún punto de equilibrio para que menos gente saliera lastimada, fue el Padre Leoncio. Mediante la redacción y el envío a Victoria Sarmiento de una extensa, conciliadora, bien razonada carta donde analizaba las causas y, consecuencias,  de lo que estaría ocurriendo; o, en cualquier caso y mucho peor, estaba por ocurrir. Acción preventiva puesta en práctica por el religioso,  justo una semana antes de la inesperada  mudanza.

  Donde la confrontaba con muy certeros y sensatos razonamientos sobre lo que estaría ocurriendo, entre ella y su jefe. Empezando por condenar aunque justificando de algún modo la conducta inicial, de su padre don Felipe; quien haciendo de la atención a un amigo en aprietos un acto de nobleza y solidaridad de su parte, que en realidad es lo que fue en un principio, su visita a Calabozo en plan de ayuda a don Eustorgio, pasaría luego a ser este fortuito contacto entre aquellos dos viejos compañeros de farra del pasado, de donde se derivara la aparición de Victoria Sarmiento en la vida de aquel hombre. Y; en consecuencia, también en la de su familia. Convirtiéndose después esta nueva relación en algo que los conduciría a una tormentosa posición de reprobatoria conducta, no acorde para nada con la sagrada institución del matrimonio entre sus padres —argumentaba entonces el Cura.

  …Pero también exponía sobre todo y, con mayor contundencia, las consecuencias de los hechos que tales actos desencadenarían; liberando los demonios y las bajas pasiones que una vez desatados, en pleno desarrollo, terminarían por definir la más funesta de las tragedias. Dejando expuesto un profundo dolor entre los involucrados, en su alocada vorágine; que sólo garantizaba la destrucción y pérdida irremediable, de todos.  

  Tales eran los ponderados razonamientos del Cura Leoncio respecto a tan incómoda situación familiar aquellos días, sin siquiera imaginar, aún, que precisamente su querido hermano menor Wenceslao, sería en gran medida la principal víctima en toda esta tramoya que se habría montado durante años; aprovechándose de sus ausencias forzosas, debidas a sus compromisos de carácter estudiantil allá en Caracas.

   Haciendo de algo que en un principio parecía un juego, un asunto muy serio. Pero para ese momento las cartas estaban echadas y, “se habría disparado entonces, la fatídica espiral del indetenible remolino aniquilador, de los más funestos pecados; y, puesto en marcha a la misma vez, solapadamente, ya desde hace tiempo…!” —Elucubraba el Padre Leoncio, en su carta—. Habiendo llegado a un punto sin retorno, una incómoda situación forzada peligrosamente por la inexorabilidad de sus componentes; pero sobre todo, por la lujuria y la codicia de dos de sus actores principales. 

    Una vez conocida la carta del Cura, sobre todo entendida en su exacto contenido, fue cuando realmente quedó explicada la acción de Victoria, al mudarse de la casa en la finca de los esposos Gómez Katay; decisión que revelaría sus supuestas consideraciones, hacia los conceptos emitidos por parte del religioso en la misiva.

    Pero no, la verdad sea dicha, ya de nada valían los conceptos expuestos en la referida epístola del preocupado prelado, ni la aparentemente buena acogida de ésta por parte de Victoria, dándole tardíamente la razón; pese a estar cargada la conciliadora esquela de tantos sanos concejos y, buenas intenciones… Pues “la ruleta del destino” que aquellos habrían puesto en marcha llevados de la mano por la avaricia, las adhesiones bastardas y sus lúbricos deseos, seguía su curso sin que nadie en este mundo pudiera detenerla; actuando como piezas fundamentales de su fatídico mecanismo, simplemente dos personas descarriadas.

 …Tal vez más bien unos cuatro o cinco, en este caso, quienes al mismo tiempo serían en su mayoría unos huéspedes circunstanciales de aquel pueblo, que vinieron a combinar aquí sus pérfidas actuaciones alterando entonces sin ningún derecho, el devenir en la existencia de aquellos otros −los lugareños−, con quienes se relacionaron; truncando para siempre sus más anheladas esperanzas como seres procedentes de la “inmaculada magia” divina.

     ...Y; hasta aquí nos trajo el río, como dice el dicho. Espero que les guste. Chao...!

sábado, 29 de mayo de 2021

 

29/05/2021


  ...Muy buenos días mis amigos. De nuevo por aquí con ustedes, en la continuación de mi libro: Andrómaca y Felipe   (Capítulo # 1).


  ...Ahí lo tienen:


     Al ver por primera vez la impactante joven que le presentaban, no pudo soportar con tranquilidad el fuerte impacto producido por tal acercamiento y, fue allí, cuando de inmediato le propuso al amigo llevársela con él, para que le administrase su finca allá en La Atascosa; algo que enseguida don Eustorgio recomendó con insistencia a su hija, la cual aceptó gustosa, diciendo:

“…Será un honor para mí y mi familia, servirle; señor Gómez. En próximos días estaré visitándole, después de resolver unos asuntos por aquí…!” 

…Dijo, sin titubeos, la espigada muchacha.

  “…Gracias, señorita Victoria, el honor es mío ¡Caramba! Allí estaré, esperándola con ansias…!”

 …Contestó Felipe, nervioso, atropellando sus palabras claramente deslumbrado por la impactante belleza de la chica que tenía al frente y, cuya tersura en sus manos al momento del breve contacto en el saludo, se negaba dejar escapar. “Recordarían ambos después este hecho, muertos de la risa, en sus románticos encuentros”.  

                                                                --- o ---

     Se desplazaba Victoria de nuevo, aquel día, como siempre en el desvencijado vehículo del chofer de la finca “La Gomera”, que así era como en realidad se llamaba aquella parte donde trabajaba. Pero esta vez habría una gran diferencia en el rutinario viaje; pues éste, iba a ser especial y, por añadidura, el último de la serie.

 …De pronto, el silencio habitual quedó roto cuando sorpresivamente dijo el chofer:

  Señorita Victoria, que Dios la acompañe allá en su nueva estancia; por mi parte y la de mi familia son éstos nuestros deseos, por cuanto estaremos siempre a sus órdenes por aquí. ¿Oyó…?

  Gracias, señor Clemencio…!  Tan sólo atinó a decir la joven mujer, visiblemente sorprendida.

 …La repentina rotura del mutismo crónico de Clemencio, provocó una explosión sonora tan inusual en los oídos de Victoria en ese instante, que enseguida sintió escapar  como una tromba en el viento todo el silencio acumulado en la llanura; incluso, desde que saliera de su propia casa. Logrando distinguir entonces de nuevo como allá en Guardatinajas en sus tiempos de niña, el misterioso ulular del viento, el discreto trinar de los pájaros y hasta el suave aroma de las flores; aun con el imperceptible rumor de sus pétalos buscando acomodo según su propia naturaleza, para dar forma a las corolas. Así como también el zumbido de los cigarrones, sobrevolando toscamente por encima de todas ellas. En los Lirios, Jazmines, Cuarentonas, también en los Capachos del campo; cuyos verdosos, tiernos, y flexibles tallos luchaban por sostenerse erguidos, en el barro del camino.      

     Que se replegaban pero aún así trataban de volver atrás, con renovado estoicismo, a su posición original cuando eran removidos con violencia por acción de las llantas del vehículo; tras pasar zigzagueante por el lodo en una leve depresión de la sabana. En aquel Agosto, especialmente lluvioso.

 …Así mismo también podía escuchar, no sin temor, el atemorizante ronquido de dos  parejas de zorros almizcleros, quizás con mal de rabia; allá a lo lejos. Vistas sin embargo sus espumantes fauces, que con insistentes dentelladas trataban de pelar las múltiples cuerdas verde grisáceas, con fuerte olor a mapurite, colgantes de las tantas macollas de epífitas que inclementes invadían las copas de los árboles de Caruto y Merecure, típicos en aquella época del año; para luego caer en haces, como vencidas cortinas hasta el suelo… Configurando acaso, bajo la húmeda fronda arbórea de aquellos árboles tan apreciados por los llaneros, el símil de una exposición a campo abierto de los singulares “Penetrables Cinéticos, del maestro Jesús Soto" —pensaría Victoria, evocando sus pasados años en los cultos espacios de la Ciudad Universitaria allá en Caracas; donde aparece este venezolano alternando en las importantes muestras artísticas de esta casa donde se vencen las sombras; al lado de otros de  la talla del franco alemán Hans Arp, y el húngaro aunque desarrollado en París, Víctor Vasarely—.  Impregnando al mismo tiempo todo el ambiente con su intimidante, peculiar y clásico aroma; tan propio de las sabanas de aquí, en los tiempos de agua… Que para las gentes de la comarca, como ahora Clemencio, es como decir en su sencillo lenguaje llano:

     “…Fo, fo, si hiede a zorro,  cará…!”

…Dijo éso precísamente el hombre, de nuevo, ahora sacando a la muchacha de sus elucubraciones artísticas citadinas.  

…Todo lo cual hizo que Victoria se erizara de nervios, al recordar un episodio similar en tiempos de su infancia; cuando allá en su pueblo, en uno de los tantos fundos que tuvo su padre entonces, fue perseguida desde el monte hasta su propia casa por un par de estos animales, mientras trataba de recolectar unos frutos de Merecure a la orilla de una quebrada. Cuando de pronto, todo quedó invadido por aquel mismo y recalcitrante aroma, que quedaría grabado para siempre en su memoria. Siendo quizás esto, lo que le hizo ver ahora las espumantes bocazas en los animales aun a lo lejos, que a pesar de estar bastante retirados del lugar por donde ellos iban pasando, enseguida prefiguró en los mismos semejante característica; mientras aquellos con los ojos inyectados en sangre y, como unos focos de advertencia, creyó que muy pronto se les abalanzarían encima… Como aquella vez, en Guardatinajas.

    Esto hizo que se dirigiera de nuevo, ahora con el temor reflejado en su bello rostro, al conductor de la quejumbrosa camioneta; diciéndole:

     ¡Vamos, vamos ya señor Clemencio; apúrese, acelere…! —Dijo.

   Sí mi niña, eso intento, pero este barrial no me deja; no jile…!

…Dijo Clemencio; mientras a punta de chancleta y palanca, se esforzaba en verdad por satisfacer las apremiantes demandas de su asustada  acompañante.

    Por lo que a Dios gracias, y en respuesta a tan denodados esfuerzos del chofer de la vieja  “pick up”, se estremeció ésta una vez más para dejar atrás las curvilíneas marcas en el barro fresco, desde el cual se levantaban de nuevo y, como por arte de magia, las Cuarentonas y los Capachos. Que sin embargo se movían graciosas en su pulcra belleza con sus suaves y cadenciosas oscilaciones al viento, como despidiéndose de quienes con tanta prisa habían pasado a través de su contrastante y pegostosa muladar. Emulando orgullosas en su humilde pervivencia, aun siendo llaneras, la digna belleza milenaria de la flor de Loto… Y; fue sólo entonces, cuando los entejados techos de “La Casa Grande” —como también era conocida por todos, la residencia de habitación del matrimonio Gómez Katay— comenzaron a despuntar allá, a lo lejos, que Victoria Sarmiento recobró de nuevo la calma. Moviéndola casi de forma automática, a hurgar entre el bolso que apretaba entre las rodillas de sus bien torneadas piernas, en busca de los efectos personales que le hicieran falta para acicalar su linda cabellera y, retocar su agraciado rostro.

     En cuanto llegaron, traspuso por fin el carro la entrada desde el Suroeste. En el lado opuesto al arco de acceso a la bella casa donde en poco tiempo, la joven Victoria encontraría el amor; sólo que en su triste caso, sería el preámbulo de algo muy oscuro y bochornoso en toda su vida. Yendo a estacionarse la vieja camioneta debajo de una hermosa arboleda cuyos miembros para ese momento, siendo esta su temporada, estaban bien cargados y maduros.

 …El aroma que emitían los frutos al aire mientras las verdes hojas tamizaban la luz solar a través de su follaje, imponían al lugar un remanso de frescura y solaz tan especiales, que inspiró en Victoria una inmensa paz espiritual, haciéndole recordar sus lecturas de Hesse; que casi le hacían divisar, sentado allá delante de uno de los frondosos mangos al frente, al otrora imberbe y muy piadoso Siddhartha… Transmutado entonces en ese preciso instante y, por decisión divina, en el mítico y luminoso Buda; quien incólume la veía a través de sus párpados cerrados mientras permanecía allí, con un secular estoicismo en su sempiterna posición del loto. Para gloria de los hombres y, también de los tiempos.

     Victoria bajó del vehículo con su bolso de mano por la puerta que entonces le franqueaba Clemencio, quien ya tenía sostenida en su diestra la pequeña maleta con sus pocas pertenencias. Luego la tomó suavemente con la otra por uno de sus brazos y, la guió por donde no hubiera tanto barro, evitando de este modo se estropeara los lindos dedos de sus pies; que se asomaban hermanados, a través de la abertura por delante de sus sandalias. Dirigiéndose así a dar la vuelta por un costado de la casa, para luego acceder al corredor principal de la misma; del lado frontal al gran arco de entrada opuesto a por donde habían llegado. Allí mismo fue recibida por la señora Andrómaca, quien de antemano le había mandado a preparar una amplia y acogedora habitación, amoblada con buen gusto y tiernos detalles de mujer –de seguro por ella−, que competían en esplendor con el del patio de los mangos; desde cuyos ventanales se divisaban hermosos una vez más, pasando a ser éstos sus secretos confidentes en los azarosos devaneos por venir.

     Tal habría de ser la impresión que tuvo la recién llegada huésped de honor de la familia Gómez  Katay, cuando cruzó el umbral de aquella puerta hacia lo que sería de aquí en adelante, su nuevo hogar; por obra y gracia del amigo de su padre.

     Después de instalarse en sus aposentos, Victoria fue llevada a su oficina habitual que estaba al lado de la que ocupaba el señor Felipe, pero dentro de un mismo espacio; aunque su propio sitio esta vez había sido refaccionado un poco, haciéndolo algo más acorde con su estilo. Siendo reordenado con igual delicadeza que sus habitaciones, a lo que ella sólo tuvo que imprimirle su propio y muy particular, toque personal.

     Hacía tres meses ya de estar allí, en esta nueva etapa de su primer trabajo. Instalada en una vieja oficina ubicada en un gran espacio común dentro de un galpón semi industrial, improvisado lugar de donde se manejaba la administración de la finca, aun desde los tiempos de los abuelos de Felipe; hasta que, con motivo de su contratación y mudanza se trasladaron definitivamente las operaciones, a unas instalaciones más acordes y modernas. En unos espacios escogidos para tal fin dentro de la propia "Casa Grande". Quedando las oficinas independientes esta vez, contigua una de la otra, respecto a la de su jefe.

     Victoria Sarmiento era una joven mujer que aparte de su sobrada belleza y hermosura, transmitía a su trabajo además, un gran profesionalismo; demostrado con creces hasta entonces desde el primer momento de su llegada, cuando vino para hacerse cargo de los asuntos administrativos de la familia Gómez  Katay. Durante su estancia en el lugar había dado consistentes muestras a sus empleadores, también a la gente del hato en general, de que tenía un perfecto dominio de su trabajo, en lo relativo a la cosa administrativa y económica para lo cual fue contratada; rebasando en consecuencia las expectativas de su empleo y, al descollar en su desempeño en todo cuanto hacía. Modestia aparte, en lo personal era muy bien apreciada por sus buenas acciones y, cualidades humanas, entonces tan ponderadas.

     Así fue pasando el tiempo dentro de una gran normalidad, hasta que poco a poco la muchacha fue dando sutiles giros en torno a su personalidad, que de verdad empezó a preocupar la gente. Porque al parecer llevaba algo oculto en su fuero interno que por supuesto nadie sabía, empezando de pronto a manifestarse dejando sorprendidos a quienes entonces la veían, aunque expuesto muy sutilmente al inicio, para definitivamente transfigurarse en otra persona tan diferente a aquella que antes fue; todo lo cual tenía a las personas que la conocían, o al menos así lo habrían creído y, necesariamente tenían que alternar con ella, ahora con las alarmas encendidas en una constante observación.  

     En este punto para la joven Victoria y su entorno las cosas ya no eran lo mismo. Su situación había pasado a otro nivel, en que últimamente venía dando claras muestras de distinta tesitura en relación a las habituales, ya ante todo el mundo; y, en consecuencia, se fue rodeando de un ambiente negativo que a todas partes la seguía. Surgiendo de pronto a su alrededor, un cuadro bien complicado en el que de una forma muy incómoda a diario se debatía y, la llevaría forzosamente a replantearse con toda crudeza, primero su situación de permanencia en este  lugar y, también algo mucho más profundo aún; su futuro.

     Era obvio que algo raro estaba pasando en la vida íntima de la otrora agradable jovencita, pero por supuesto nadie se imaginaba qué podía ser; porque eso sí, ella en estas cosas era muy cerrada. Cuando desde un principio dejó muy claro su posición al respecto.

     Una tarde estando sola sentada ante su escritorio de trabajo después de una dura jornada, tres años habían pasado ya desde su llegada; y, entonces, comenzó a cavilar en torno a lo que sería su inmediato porvenir. En que cada vez con mayor insistencia el señor Felipe se le insinuaba, más abiertamente, cubriéndola de atenciones innecesarias que a veces le hacían sentir pena con la señora Andrómaca y, hasta con el resto del personal; puesto que aquel no se medía ya, en sus impropias sugerencias.

     Razón por la cual ya algunas personas algo suspicaces que habiendo conocido desde un principio el buen comportamiento de la joven, comenzaron a entender lo que estaría sucediendo. Empezando ella a debatirse por tal motivo en un perfecto dilema porque además del señor Felipe con su esposa, a quienes por una parte se debía en su condición de empleada, tenía que hacer frente por otra a las fuertes sugerencias del jefe tratando de conquistarla, pero en medio de este inusual empecinamiento con ella estaba también Wenceslao, su hijo menor; con quien sin embargo tal vez por ser un joven, casi que de su misma edad, se venía desarrollando entre ellos una bonita amistad que inexorablemente había llegado a un punto, en el que ambos sentían una atracción muy especial; incluso de tipo sexual… La cual ya compartían y, habían consumado por primera vez recientemente, en el transcurso de estos mismos días —por tal razón, el motivo de sus actuales elucubraciones—; en una extraña situación tan irresistible en que una cosa llevó a la otra,  hasta que humanamente se hizo imposible contenerlo. Dejándose llevar en el acto y, sin preocuparse más en detenerse, simplemente disfrutó del mismo; porque tal vez lo deseaba, al sentirse genuinamente atraída por el chico.

     Lo cierto del caso fue que Victoria después de aquello se sintió especialmente agradada de tales experiencias, además de extrañamente triunfal aunque no sabía cómo explicar este sentimiento, de acuerdo a lo ampliamente meditado todos estos días, sobre el particular; una situación que afrontaba con entera satisfacción por cuanto se sabía una mujer abierta y decidida, “sin los prejuicios tontos de la gente sin educación” −pensaba, justificándose−, pero sin embargo como es natural sentía un cierto temor de caer también en equivocaciones que después, tuviera que lamentar. Pudiendo transformarse a futuro en un lastre, para la vida plena que se habría propuesto vivir.    

     Wenceslao Gómez Katay por ahora,  tan sólo era un guapo y agraciado joven sin experiencia alguna en la vida, como tal, que luchaba por labrarse un futuro a través de los estudios mediante el apoyo decidido de su acomodado padre, pero por supuesto, aún sin fortuna propia; cosa que no cuadraba muy bien con los recientes planes de Victoria, concebidos en secreto en lo profundo de su mente y, en un momento cuando se habría fijado como objetivo más inmediato la promesa de sacar de la pobreza a su propia familia; especialmente a su querido padre. Algo en lo cual todavía no sabía muy bien cómo actuar para hacerlo, aunque creía tener un buen plan para lograrlo.

     Sabía perfectamente que el camino hacia el cumplimiento de sus objetivos sería uno hecho de piedra, de duras rocas de aquí en adelante pero que necesariamente tenía que pulverizarlas, si quería tener éxito. La lucha tenía que ser tenaz y despiadada, aun cuando tuviera que enfrentarse a la desagradable situación de pasar por encima de algunas personas por las que tenía sin embargo, un cierto aprecio, tanto de aquel que la había traído el señor Felipe, de su hijo el joven y desesperado enamorado Wenceslao, así como también de la mismísima Andrómaca; con quienes compartía en primer término, este peligroso "affaire".

    Mientras tanto, Felipe seguía empecinado en sus continuas muestras de desbordante “amabilidad” hacia la empleada estelar, pese a que ésta aún, no daba muestras de sentirse atraída por él. Entonces sí, más bien por el muchacho aunque ciertamente, era de su preocupación también e inquietaba su ánimo, el espinoso tema tabú de la esposa engañada; del que ni siquiera pese a su desenfado y decisión, tampoco parecía zafarse por completo. Obviamente un inquietante paso que de seguro tendría que afrontar en su espinoso camino,  representativo para ella de algo así como el escollo más difícil de salvar hasta llegar a su aparentemente inalcanzable,  veta de oro; que no estaba dispuesta a rechazar… La cual explotaría a sus anchas con el uso de sus herramientas más poderosas que, al ser puestas en juego, de seguro la pondrían a su entera disposición. En la tan ansiada búsqueda de recursos que le cambiaría el rostro a la ridícula condición de pobreza de esta hermosa y confundida mujer; que, según su claramente errado criterio de naturaleza tan sólo crematística, sería de beneplácito para su familia, especialmente en el caso de su amado padre.

     Ante este turbio panorama de contenidas penurias entre su gente, en combinación con su ya desagradable estancia en ese lugar, fue entonces cuando esa tarde, Victoria tomara la determinación de hacerle el juego al Sr. Felipe Gómez, al tiempo que daría rienda suelta a sus más oscuros sentimientos por Wenceslao; una cosa y otra, a la vez. Peligrosa licencia en una situación tan crítica, al dejarse arrastrar por la lujuria y, la codicia; pero jamás se imaginó que aquel peligroso juego de amores triviales que al principio le pareció divertido e inocente, se convertiría en una tragedia que la dejaría marcada para toda su vida. Siendo éste quizás, el más alto precio que tendría que pagar en su búsqueda por dar un salto hacia el cambio de condición social que tanto deseaba. También, por querer darle un golpe de timón en positivo según y como veía las cosas, a su díscolo destino.

  …Desiderátum que sólo ella sabría cómo cambiar según se lo figuraba (¿?), haciendo que sus invisibles e imprevisibles hilos obrasen siempre a su favor; y, así llegó a pensarlo creyendo que lo lograría, en su más supina ingenuidad aquella tarde. Una mujer totalmente inexperta, en ciertos asuntos de la vida; únicamente bella y hermosa y en la flor de la juventud; pero cuán equivocada estaba en cosas del amor. Pues Victoria, por tal equívoco se hundiría en tan insondables profundidades dentro de la incertidumbre de un tortuoso y prohibido romance, con lo cual también, en el desprecio de mucha gente en el pueblo que la creyó culpable desde un principio… Cuando algunos vieron en ella los primeros cambios de personalidad que la iban tornando avasallante e insoportable, aunque al principio parecían ser tan sólo los atisbos de una comedia en ciernes aunque pasajera, que no llegaría a nada como muchos otros casos similares en el pueblo —donde de usual nada ocurría; aunque ahora las cosas, sin embargo, comenzaron a pintar muy diferentes. Con una mujer calculadora que igual le hacía el juego al hijo, pero también al padre. Obrando en consecuencia de tan patética situación, la inminencia de una destructiva colisión—; pero en este caso, sí que sería muy real.

  …Dando paso a partir de allí a una grave tragedia, sin precedentes hasta entonces. Que conforme se desarrollaba con los días pasaría a ser aquella una, grande, triste y lamentable; enlutando finalmente a dos de las más respetables familias del pacífico pueblo, de La Atascosa.

…Trocando un necio y conformista principio escuchado durante años, por la entonces niña Victoria y que,  enarbolaba su padre, cuando jaquetonamente lo escuchaba  vociferar:   

“…Hijos míos; el destino, es el destino y, el suyo, será el que cada quien se haga. Pero si te equivocas, ya no valen los lamentos. Dijo una vez un filósofo…!”

  …Solía decir esto el muy bellaco, don Eustorgio, pretendiendo sentenciar a su favor el espíritu de semejante pensamiento, si es que había realmente alguno en él, cuando trataba de justificar sus propios infortunios; ante su familia y los amigos que, aún le quedaban.  

 …Y; fue así finalmente, mediante sus calculadas maniobras con las que pretendía aparecer “como si no quebrase un plato” —bastante leves e imperceptibles en un principio, empero— y, tras la diligente aprobación del taimado señor Felipe, que Victoria Sarmiento comenzó a vivir bajo el mismo techo junto a sus empleadores; a instancias precísamente y para su propia desgracia, de la mismísima señora Andrómaca, quien desde un principio también fue seducida por sus falsos encantos. Viendo presentarse con este hecho como por arte de magia, la oportunidad de oro que Victoria siempre había estado esperando; cerrándose así el círculo en torno a la primera fase de su peligroso plan de apropiación de la fortuna del confiado don Felipe.

 …A quien reduciría  primero con sus encantos, una vez a su lado, entonces con más tiempo disponible para hacerlo y, sabiéndose una mujer sumamente favorecida por la plenitud de su hermosura; confiada además en los sobrados atributos de las delicias amatorias que sabía ella tenía… “A partir de allí, el resto sería tan sólo, pan comido como quien dice...!” —Solía decirse para sus adentros, la muy taimada; precísamente, tal cual esa tarde en su oficina en que entonces encontraba.   

    Todo transcurría hasta aquí, visto el asunto por fuera de los pensamientos íntimos de los involucrados, en una cierta normalidad. Siendo la relación entre empleada y patronos aparentemente de la más absoluta armonía; incluso con los hijos del matrimonio, quienes estudiaban afuera en ciudades del centro del país, como era el caso de Wenceslao que cursaba en Caracas la carrera de ingeniería en petróleo. Mientras que su hermano mayor, Leoncio, se había decidido por abrazar los hábitos haciendo carrera en la iglesia; cumpliendo sus primeros años de formación en la ciudad de Los Teques, para más tarde radicarse en el Seminario de Calabozo hasta los actuales momentos.

     Con el correr de estos años los hermanos fueron aprendiendo a dispensar un trato muy especial a Victoria, cada uno según su particular carácter e intereses en la vida. Desarrollándose entonces una bonita amistad expresada incluso en las cartas que aquellos, regularmente enviaban a sus padres, cuando estaban ausentes; haciendo de esto un reflejo de su amor y cariño hacia la muchacha, donde siempre se referían a su persona y pedían para ella muchos saludos. Un amor demostrado al máximo cuando los chicos venían al pueblo, a su casa, sobre todo en tiempos de diciembre; o, durante la Semana Santa como era el caso del futuro Sacerdote.

     Justo en días recientes ya pasados, el joven seminarista Leoncio Gómez Katay fue traído al pueblo invitado por las "Damas de la Congregación de María", en un principio para asistir al anciano Párroco don Cecilio Apóstol del Rosario en los asuntos cotidianos de la comunidad eclesiástica; especialmente en las sucesivas y largas homilías durante las exigentes procesiones por las calles de la población, en esa semana tan especial:

"…Pues, el viejo Cura ya no está para esos trotes, propios de las exigencias de la semana mayor…!" —Solía decir una de las fieles, aunque con mucho respeto, fundadora de la citada agrupación mariana promotora de la incorporación del joven religioso a la Parroquia; la señora Estela de Rondón.

 …Con sus largas y extenuantes caminatas en medio del calor abrazador del llano y, la multitudinaria presencia de sus parroquianos portando la imagen del Santo Sepulcro a cuestas; máxima expresión litúrgica del Viernes Santo y, un asunto por aquí que es ley inobjetable en el arraigo de la fe, en toda la feligresía.

(…Por cierto cuenta la gente mayor que un día durante una de estas largas romerías callejeras, don Cecilio se tropezó de pronto con una piedra, cayendo inesperadamente al suelo; aunque a Dios gracias, saldría ileso del infortunado episodio —recordó Victoria con agrado apartándose como a veces lo hacía, de sus truculentos pensamientos, algunos de los pasajes de su estancia entre aquella gente referidos por su jefe en algún momento de distención; en que a veces se explayaban y, obviamente tratando como siempre esa vez, de impresionarla.

…No obstante, esto hizo que de allí en adelante calle donde ocurrieron los hechos empezara a llamarse con el revelador nombre de "Tropezón"; por lo cual, aún hoy en día, es así como se la designa. Un extraño episodio que de inmediato comenzó a ser catalogado tanto por los más crédulos como por los menos, como un “acto milagroso” según los primeros y, más bien visto como una "señal agorera" por parte de los otros; a cuyo juicio simplemente, era indicativo de que en el pueblo algo malo iba a suceder.

…Empezaron a debatirse a partir de entonces así, tozudamente ambos bandos, en su incipiente posición maniquea sobre el bien y el mal, en medio de sus destempladas voces; sin embargo, sabiéndose eran unos pacíficos vecinos de toda la vida, muchos de ellos hasta familia, lograron conseguir ese día un punto de equilibrio en medio de sus diferencias y, ahí mismo se afanaron por igual en brindar ayuda al anciano y adolorido Párroco… No sin antes persignarse con la señal de la cruz, sólo los más comprometidos por su fe, eso sí; por lo que entonces, enseguida se escucharía la voz de una mujer que iba de rodillas sangrantes pagando una promesa, la cual entre lágrimas exclamó:

   "¡Se salvó por un peliiito, vale…! Cayó aquí mismito junto a mí, pero no pude hacer nada, ya lo ven…!" —Hizo un gesto de dolor, mostrando su impedimento.

…Otro que estaba al lado contestó, pero con sorna:

   "…Qué ironía,  misia; no ve que es calvo el pobre curita…?"

   "Aaah no, mi hijito! Yo no lo digo por éso; y, usted lo sabe. Hablo en serio, falto de respeto…!" —Se defendió enérgicamente, pese a su condición, la señora; golpeando al hombre en las canillas, con una de sus muletas—. Entonces el otro se quedó quieto, ante la contundente respuesta de la señora y la mirada inquisidora del resto de los feligreses; por lo visto dispuestos a hacer que se comiera, las mismas velas encendidas que llevaba en sus manos, si era necesario.

…Hasta hubo algunos que desde aquella tarde, como promesa para el alejamiento de los malos espíritus comenzaron a usar unos extraños collares hechos con semillas de peonía; alternados con otros de brusca, de forma inter diaria. Mientras que en los días de por medio, usaban uno muy diferente hecho con trozos de tuza, de mazorcas cosechadas en menguante intercalados con pepas de Coroba;  fritas en manteca de raya, además. O; sea, en cualquier caso siempre llevaban dos collares puestos, todos los días de la semana y, por todo un año. ¡Valga pues, la inquieta imaginación popular!!! 

…Cabe recordar que el iniciador de tan estrafalaria práctica, era un hombrecito tomado por todos no como muy creyente que digamos, llegado al pueblo procedente de Cabruta  o, de  Caicara, no se sabe a ciencia cierta de dónde fue que vino; o, lo trajeron. Tenía por nombre Ruperto Colavita, a quien todos apodaban simplemente: “El indio”. Entonces alguien en alguna concurrencia afirmó que habría sido traído por un amigo suyo,  “El Italiano don Claudio Milano; para que trabajara en su taller de carpintería de la calle Páez, que tenía por nombre Carpintería Véneto. Hoy en día, trágicamente fallecido y, mediante su propia mano; sí señor…!”

…Argumentaría algo nervioso quien hablaba, persignándose enseguida, con la señal de la cruz...!)

     Así pues —siguió recordando Victoria, esta vez, cosas que vivió luego dentro de ese mismo tenor—; desde que ocurrieron tales hechos que involucraban al Cura don Cecilio en una situación tan desagradable, las damas matronas del pueblo que formaban parte de las Marianas comandadas por la señora Estela de Rondón, acordaron concertar una reunión bajo los auspicios de sus padres, con el joven Cura Gómez Katay, destacado en Calabozo  —todavía no lo era en realidad, aún seguía siendo un seminarista, al menos por un par de meses más; pero a todos sus paisanos ya les gustaba llamarlo así, de forma anticipada— y, nativo de La Atascosa; para que aceptara su propuesta de venir a visitarlos en calidad de asistente del Cura en funciones. Previo un permiso especial de sus autoridades en el Seminario, por supuesto.

…Sería su primera aparición en público como Párroco auxiliar −por así decirlo−, en ocasión de las misas y actos litúrgicos especiales de la venidera temporada de Semana Santa de aquel año, siguiente al estropicio del viejo Párroco;  y, aliviando así la carga de trabajo al bienaventurado de don Cecilio, también nativo de aquí. Para llevar esto a cabo, ya con la aprobación de los padres del joven Leoncio, enviaron sendas cartas de solicitud y aprobación; tanto al Cura en ciernes, además de, a las autoridades del Seminario.

 …Transcurridas varias semanas las humildes Marianas recibirían con beneplácito una comunicación oficial de la iglesia donde se daba luz verde a su respetuosa petición, iniciándose de allí en adelante las visitas del seminarista y religioso al poblado que lo vio nacer y, dando cumplimiento de este modo a los deseos de su agradecida grey; la cual ahora más que nunca colmaría con su masiva asistencia al templo, los actos litúrgicos que allí se celebraran… Período declarado de júbilo por las autoridades civiles de entonces en el pueblo encabezadas esa vez por el insigne vecino don Antonio Marchena, quien dijo en la iglesia aquel miércoles santo, en honor del ilustre hijo de don Felipe y, su señora esposa la señora Andrómaca; lo siguiente:

"…Noble pueblo de La Atascosa, recibamos con alegría, humildad y mucho fervor, al querido paisano Leoncio Gómez Katay. Nuestro piadoso hermano nacido aquí, entre nosotros, ungido por la gracia divina del Señor como su fiel y devoto servidor;  depositario de nuestra fe, ante su santa gloria…!"  

 …Dicho éso, entonces agregó:

  "¡Aah, ajá! …Pero sí es verdad, chico! Se me olvidaba decir también, que para beneplácito y alivio del sufrido don Cecilio, aquí presente; que ya no se tropezará más con infortunadas piedras en su camino —dijo jocosamente el ilustre vecino, en clara alusión a la caída del anciano Párroco, los días santos del año anterior—. Quien en esta vez a Dios gracias, tendrá a su lado el apoyo perfecto en el Padre Leoncio…!"

 “¡Enhorabuenaaa!!!”

…Remató el hablante, muy a su modo.

     Después de aquellas acertadas y chuscas palabras de don Antonio Marchena, todos aplaudieron jubilosos, sin salirse mucho de los cánones establecidos por la majestad del recinto; entonces tronaron con encanto sublime a través de los empolvados y vibrantes vitrales de la iglesia los acordes melódicos de los Cantos Gregorianos, procedentes de la vieja pianola. Ejecutada con absoluta maestría para aquel acto, por el novel monaguillo Temistocles Leonardo Buonocuore −Temi−, como también le decían y, también nacido de allí. Acompañado por una selección de jóvenes intérpretes del bel canto, avanzados músicos de cámara del templo.

"…En verdad, todo aquello fue bien bonito!"  

 …Musitó Victoria, entonces a solas con sus pensamientos.

…Estaban allí aquel día en la misa, al igual que todo el pueblo en pleno y, en primera fila junto a las autoridades, la familia del joven Cura incluido su hermano menor Wenceslao,  recién llegado de Caracas esa misma tarde. Sentada entre éste y sus padres estaba Victoria Sarmiento, al lado de la señora Andrómaca. Mientras Tanto la joven a ratos tocaba con un codo al muchacho, como para llamar su atención en relación a algo curioso que ella considerase oportuno; o, porque alguien, amigo o amiga en común, manifestara interés en saludarlos cuando ella viera que éste, no se percataba de tal intención.

 …En general se comportaban Victoria y Wenceslao con total naturalidad, viéndoselos muy animados en sus conversaciones —cuando estaban fuera del templo, porque dentro de éste, guardaban la más rigurosa compostura; excepto por los toques de codo ya indicados, tal cual esa vez—; por cuanto realmente podía decirse que configuraban la pareja perfecta. Tanto, que un hermano de Felipe también allí presente ese mismo día y que tenía por nombre “Chuíto”, comenzó a insinuarle basado en ciertas “cositas” que dijo haber observado en algún momento recientemente pasado, sus apreciaciones al respecto; pero entonces aquel, negándose a escucharlo simplemente replicó:

"…Caramba, Chuíto…! Tú, en todas partes andas viendo fuego; más bien debiste ser bombero, chico…!"

“Cállate vale, mira que estamos en la iglesia…!” −Concluyó enfático.

     No obstante; Chuíto insistió, dando por terminado  sus comentarios:

  “…Está bien Felipe, ya lo verás tú mismo y, entonces te convencerás…Ya lo verás mi hermano, ya lo verás…!" —Dijo, entonces sentencioso, el otro.

“…En realidad, Chuíto Gómez tenía buen ojo para aquellas cosas, además en este caso en verdad había visto algo más; tal como trataba de decírselo a su hermano y, en verdad tenía razón. “Lo que tal vez por inexperiencia de juventud, Wenceslao y yo no supimos mantener en secreto; apropiadamente. Que más tarde, Felipe me sacaría en cara para avergonzarme y, entonces él hacerse la víctima. Pero, como dice mi papá, a lo hecho pecho…!"  

 …Se lamentó Victoria, al pensar en aquello, al tiempo que intentaba darse ánimos. En seguida recordó también, el secreto revelado después, entre aquellos dos hombres.

“…Resulta que una vez, diría Chuíto a Felipe cuando al fin un día, este aceptó escucharlo, en ocasión de una visita por su finca donde acostumbraba hacer un recorrido cabalgando descuidadamente por aquellas tierras, que le eran tan queridas y además, traían a su memoria alegres escenas de juventud en aquellos parajes junto a sus padres, hermano y amigos... En que montado sobre un potro rucio mosqueado que tanto le gustaba cuyo nombre era “Cucharilla”, llegó al morichalito que había a la mitad de los terrenos  para dar de beber al animal; cuando de pronto, a lo lejos ve lo que parecen ser dos jinetes, pero al acercarse más al sitio, comprueba que en realidad eran sólo dos caballos que pastaban en el prado, aunque estaban ensillados y, amarrados con un cabestro más o menos largo de una de las palmas de moriche, lo que les permitía un buen rango de pastura en torno al árbol.

  …Al ver aquello de ese modo se apeó cauteloso, no fuera a ser que se tratara de intrusos pescando sin permiso en el río, buscando sorprenderlos, para lo cual amarró su propia cabalgadura también en el mismo palo y, con mucho sigilo, se enrumbó hacia el arroyo para entonces divisar, aún más sorprendido, una pareja dentro del agua; tan distraída en sus asuntos, que ninguno se percató de su presencia.

     Es entonces cuando Chuíto se agacha detrás de un mogote de hierbas medio secas, de las muchas que por allí había, dispuesto a asegurarse de quiénes eran aquellos; pero enseguida su curiosidad se transformaría en asombro. Uno de marca mayor; pues, la pareja en el caño no era otra más que, la joven Victoria Sarmiento totalmente en cueros enredada como culebra sobre el cuerpo también desnudo de su sobrino Wenceslao, que daba brinquitos en el agua como poseído por una diosa. Después de mirarlos por breves instantes, incrédulo y, todavía sin ser visto, reculó volviendo atrás para entonces montar nuevamente sobre su caballo y, salir cabalgando a trote suave, hacia la casa principal.

  …De regreso, Chuíto venía haciéndose todo tipo de conjeturas, ilusiones y fantasías, sobre la fogosa relación que vio consumarse con tanto frenesí. Pero pensando luego que en realidad no había nada malo en ello, puesto que eran jóvenes, sin compromiso alguno −al menos, hasta donde él sabía− y, además su día libre; pues, era Domingo. Llegó a La Casa Grande sin siquiera darse cuenta, prácticamente llevado por su caballo. Desmontó, le dio de comer y beber al animal para luego despedirse de sus parientes. Se marchó así a su propia casa; en la próxima finca que quedaba en las cercanías, a unos diez minutos de viaje en su viejo Jeep Willys…!”


... Hasta aquí llegamos hoy. Saludos y, espero que les guste. Chao...!

miércoles, 28 de abril de 2021

 

    

   ¡Muy buenos días, amigos míos! Mil disculpas porque en verdad, los tuve algo abandonados aunque por supuesto, jamás olvidados. Esto porque de nuevo, estuve resolviendo ciertas cosas de mi interés allá afuera. Pero bien, aquí estamos. Esta vez para dar inicio a lo prometido en mi anterior entrega. Como supongo han podido ver, se trata del segundo libro de la serie de cuatro (Relatos oníricos de La Atascosa), titulado: "Andrómaca y Felipe". He aquí su portada, tal y como aparece en las Editoriales donde se halla en venta al público, como son Amazon Kindle y, Autores Editores. Además, aprovecho aquí la ocasión para mostrarles también, la imagen actualizada del libro anterior: 




                                                                          



                          ...A continuación Andrómaca y Felipe, capítulo número 1



   1.-                              —Los Huéspedes—   

   

   Varios años habían pasado ya, desde que Felipe Gómez se estableciera en familia en su propia tierra con aquella mujer foránea llegada al pueblo un día, en un viejo circo que anualmente los visitaba. Ella en realidad siempre había estado allí, curiosamente,  tan sólo que él no lo habría notado y cuando esto sucedió, con el tiempo se hicieron una pareja inseparable, ejemplar, muy querida por todos pero en el fondo, en verdad, odiada por algunos especialmente de su mismo sexo, en el caso de la mujer; y, no se sabe el por qué… Si por el natural don de buena gente que la joven tenía en contraste con su condición de recién llegada, por ser una huéspeda que más bien para muchas, una simple e incómoda arribista, poseedora del mejor partido del lugar en aquellos momentos y, por tal razón, enemiga gratuita de ciertas pretendientes locales que se consideraron desplazadas, aunque sin ella proponérselo. Pero que, por consiguiente, frustraba inocentemente sus naturales esperanzas.

  …Debido tal vez, también, a su particular belleza; o, si fue por el misterioso aura de exitosa artista circense que de continuo la cubría, haciéndola desenvolverse entre los que la rodeaban, con envidiable soltura y total desparpajo… Ante  todo esto, lo cierto es que así fue como sucedió, en ese mundillo soterrado donde solían ser muy extrañas las veleidades amorosas entre los miembros de ambos géneros en medio de las rígidas posturas imperantes, propias de aquella época. Pues eran ésos otros tiempos, patéticamente románticos sin embargo, en que los hombres como Felipe Gómez se creían capaces de hacerle el amor a la mujer deseada hasta en la misma jaula de los leones —con éstos adentro por supuesto, de lo contrario no tendría gracia; usando un lenguaje circense que en semejante situación, venía muy a tono—; pero sorpresivamente, en el caso de él, la idílica pareja conformada con la que ahora era su esposa de pronto se derrumbó. Aunque siempre, por esas extrañas y fortuitas cosas del amor. Cuando las flechas del alado Cupido volvieron a hacer blanco en el noble corazón de aquel hombre, siendo esta vez el motivo de sus ocultos anhelos una espigada y broncínea criatura que tenía por nombre Victoria; la que poco a poco fue tomando fuerza en su pecho hasta desplazar de su lugar a su inocente media naranja: Andrómaca Katay Polidourius. Así fue cómo entonces, llegaron a conocerse, también a separarse después de un breve pero intenso y, tórrido romance, aquellos inesperados amantes: Andrómaca y Felipe.

     Sin embargo compartieron felices alguna vez por largas temporadas, en la casa de la añosa finca heredada del padre de este hombre y, donde juntos además, procrearon sus dos únicos hijos, Leoncio y Wenceslao; con los cuales hasta hace poco, vivieron en “perfecta armonía”. Pero nadie se imaginaba ni siquiera el buen Felipe que un mal día llegaría, cuando sería el triste protagonista de una caprichosa e irresponsable acción, en que el destino les tendría reservados una inesperada situación que fue tomando cuerpo con el tiempo, hasta convertirse en una inverosímil y odiosa tragedia; la cual enlutaría por entero, al inocente y apacible pueblito de La Atascosa. Un bucólico lugar en el llano guariqueño donde usualmente no pasaba nada, pero esta vez sí sucederían en éste,  fatales cosas nunca antes esperadas.  

 …Todo comenzó cuando el señor Felipe Gómez trajo a su finca para unos trabajos administrativos, a una joven mujer procedente de una familia amiga, del pueblo de Calabozo. La muchacha en cuestión desde un comienzo se dedicó con gran profesionalismo a ejercer sólo su labor, ganándose cada día la confianza de su jefe;  y,  también de su señora esposa.  Al principio toda su relación giraba en torno a lo netamente laboral, no obstante un día −sería tal vez éste, el detonante de su perdición−, la misma señora Andrómaca inocentemente y sin ninguna pizca de suspicacia, le propuso a su marido que la señorita Victoria debía venirse a vivir con ellos a su propia casa, dado que pernoctaba en una a considerable distancia de allí, aunque dentro del entorno de la vivienda original de la familia y, que fuera la antañona morada donde desde siempre residieron no sólo los padres sino también los abuelos de Felipe; originales fundadores de todo aquello.

  ...Se trataba ésta de "La Antigua", como todos por allí entonces le decían, sobre todo después que se construyera esa otra parte nueva mucho más amplia y adecuada a los nuevos tiempos, ocupada tan sólo unos pocos años por sus originales dueños, justo antes de morir y, donde ahora residían los actuales propietarios después de su matrimonio; herederos del lugar. La cual quedaba retirada como una media legua entre ambas.

  …Convirtiéndose este caso de la recién llegada muchacha con sus repetitivos viajes de ida y vuelta por el campo, en algo que se estaba haciendo harto incómodo para su buen desempeño profesional, debiendo ser llevada y traída a diario por el chofer de la finca en su vieja camioneta, vadeando en el trayecto un par de caños por entre gran número de reses y, toros bravos; sin contar con el acecho de los animales del monte, tales como zorros, linces, cunaguaros y serpientes. Aparte de repentinos torbellinos de pegones, aricas, guanotas, matajeyes y, lengua e’ vacas; que de pronto solían adueñarse del aire circundante en los caminos, haciendo de éste su campo de  batalla. Tornándose las cosas mucho más peligrosas y, aún más complicadas, para el seguro desenvolvimiento entonces, de la joven mujer.

    Cada día era lo mismo. Cuando Victoria tenía que cumplir el rutinario periplo de ir desde su lugar de alojamiento en aquella solariega casona, donde había sido ubicada por sus empleadores, para poder llegar hasta "La Casa Grande" de la finca y, viceversa; donde actualmente trabajaba.

“…La vetusta casa en cuestión estaba ocupada en parte desde hace tiempo por el chofer y su familia, junto con otros peones del hato; de quienes por lo menos, tenía su compañía. Los que por años vivieron en estos espacios con sus familias y, en contraprestación, cultivaban la tierra en medianía con el propietario. Sin embargo Felipe, entonces a cargo, los había dejado libres de este compromiso con claras reminiscencias coloniales, dándoles el tratamiento debido de trabajadores normales; una razón más, para ganarse el respeto y la confianza de todos ellos…!”

  …Así las cosas; iba y venía a diario la muchacha dando tumbos a diestra y siniestra en aquel viejo carromato, muchas veces bajo el calor abrazador del llano, sumándose a ello la solitaria compañía del introspectivo chofer, que durante todo el trayecto no emitía el más mínimo comentario o muestra de socialización, con lo cual pudiera entretenerse… Entonces ella, sólo podía evadirse de tan incómoda situación pensando en su familia y, en su propio pueblo. Por cierto, de similar o igual ambientación que este lugar donde ahora trabajaba pues venía, de otra zona del mismo Estado llanero en que las cosas son más o menos las mismas, a las de por aquí; por cuanto procedía específicamente de un lugar llamado Guarda Tinajas, aledaño a Calabozo.           

   ...Entonces Victoria pensaba enseguida en su viejo padre, don Eustorgio Sarmiento. Un hombre ambicioso aunque trabajador, pero que no había podido cristalizar de forma permanente ninguno de los proyectos que acometiera en su vida, buscando lograr la prosperidad, al parecer por siempre proscrita para él; quizás, por su desmedida afición al licor, el juego y, en sus tiempos mozos, también a las mujeres de vida alegre. Se esforzaba sin embargo por mantener unida su numerosa familia, la cual últimamente era sostenida con precariedad debido a su mala cabeza, pese a que tuvo momentos de alguna fortuna en el pasado; pero que hoy, bien pudieran catalogarse como de muy pobres…  Pensaba además, en cómo fue que ella había venido a recalar por estas tierras; por lo cual evocaría de nuevo a su papá, esta vez en su relación de amistad con el hombre que entonces le daba cobijo bajo su propio techo… Al respecto le habría dicho don Eustorgio, en alguna oportunidad, que se había hecho amigo del señor Felipe Gómez cuando ambos por mucho tiempo se toparon con sus rebaños de ganado en un sitio emblemático del llano conocido como “El encuentro”. Donde concurrían año tras año, junto a ganaderos y criadores de toda la región para transar sus operaciones de negocio; comunes a su propia naturaleza comercial. Al tiempo que aprovechaban la estadía en el lugar para recuperarse mientras se distendían un poco de la larga travesía desde sus lugares de origen, en tierras más altas ya sin agua ni pastura por aquella época; en su acostumbrado camino hacia estadios más ricos en esos elementos tan vitales y, con mayores oportunidades de alimentación para los animales. Especie de “tierra prometida”, algo distante aún de allí, bastante al Sur del Estado en  las proximidades al Orinoco.

(…El encuentro, como tal, en el llano, es un nombre que ya por siglos ha indicado a los llaneros un lugar de múltiples propuestas en el devenir estacional de sus labores con el ganado; y, en el caso específico del Estado Guárico, uno entre varios en el ámbito de esta extensa sub región en el país −Venezuela−, por supuesto también hay uno que se denomina igual. Donde por décadas además, ha habido un hato que por naturaleza, si se quiere, lo identifica. Sólo que este punto en la actualidad, no es ni la sombra de lo que otrora fue aquel emblemático y mítico enclave, durante los períodos inmediatamente pasados de su historia.

  …Empezó siendo el lugar en sus comienzos, básicamente una encrucijada de caminos en medio de la nada —se imaginaba la joven Victoria, recordando aquellas cosas que al respecto solía escuchar de su padre—, que tenía ante todo una vieja romana de machete bajo un improvisado cobertizo con un desvencijado retrete a unos veinte pasos, imprudentemente a favor de la brisa, muchos corrales en la vecindad usualmente repletos de buenas reses, junto a un puñado de terrosas y polvorientas rancherías de pernocta a su alrededor… Pero que, muchísimo antes, yendo más hacia atrás en el tiempo y, si uno se esforzaba en hacer el ejercicio imaginativo de divisar dicho punto en perspectiva aérea superior, sobre la sabana, entonces se revelaba sorpresivamente ante la simple mirada del observador algo así como el sepulcro de una gran cruz, emplazada en la pampa solitaria; incrustada bajo el relieve de su gramínea piel cubierta de mustios, greñudos y pajizos guarataros. Similar al resultado en la vieja usanza, de herrar el peludo cuero del ganado. Puesta ex profeso tan sagrada marca en ese preciso lugar, cuenta la leyenda, por una orden de catequistas coloniales de la iglesia católica cuando desfilaban por allí siendo sitio obligado en sus correrías, buscando sumar algunas almas indígenas a su causa; y, en su largo camino hacia el oriente. “…Al menos para entonces, porque con ello según así lo creían en virtud de sus acciones, sería después también, al paraíso”. Pensaría convencido alguno de sus Diáconos.

…Señalado el conocidísimo punto desde allí y, durante muchos años, cual relicario geográfico además, por las ruinas del humilde monasterio dedicado a San Nazario; ubicado a un costado del brazo izquierdo del gran "crucifijo enterrado". Con su sencilla capillita de oración, rodeada por un par de docenas de cruces de hierro y mampostería barata semejante en su persistente continuidad, a los abalorios de un rosario; en señal de las tumbas de los pioneros que se aventuraron por allí para caer rendidos al principio, bajo el curare de las flechas de sus autóctonos moradores durante la oscura centuria del siglo diecisiete… Pero incluso así, sería tal la determinación de los pastores nazarianos en su empeño por dejar una marca en el tiempo, que de todos modos fueron forzando a los nativos pobladores de aquellas comarcas a que fueran abandonando, de a poco, sus milenarias costumbres paganas de adoración; cambiando de raíz el significado cosmogónico de sus demiurgos ancestrales… Pasando a ser todo éso y, con el tiempo, el conjunto perfecto de elementos sacros de un clérigo exorcista para ahuyentar de por allí a cuanto ente demoníaco prevalido no sólo en su audacia, sino también en sus malas artes,  osara  invadir  aquellos "santos predios".      

…Sin embargo la sacralidad de aquel sitio de tradición añeja, de hecho se debatía dentro de grandes contradicciones; toda vez que con el correr de los años en lo adelante y, a fuerza de tanto andar de la gente que fue siguiendo la senda de sus originarios precursores en sotana, aunque no precísamente por su trabajo religioso sino en el aspecto exploratorio que estuvieron obligados a realizar, irían cambiando su faz topográfica de inocente emplazamiento de paso; a fuerza de ir arriando los hatos por sus empolvadas trochas y, buscando la mejor manera de abrirse camino hacia el Orinoco… Donde también fueron prosperando a finales del siglo diecinueve ya para el veinte, todo tipo de negocios vinculados a la actividad humana alejada de las urbes, y grandes concentraciones humanas; siempre con ese característico aire de cosa improvisada, de tienda de campaña, que si bien la encuentras hoy con algún grado de prosperidad, ya no será tan así para mañana… Con los típicos negocios en estos casos tales como bodegas, boticas, comederos, posadas, talleres de talabartería y, de herraje; cantinas de expendio de licor, tugurios donde se apostaba a las  cartas en diferentes juegos de envite y azar. En los cuales serían los preferidos el ajiley, que era sin duda el campeón; seguido del truco y la popular caída. Luego venían otros, también muy solicitados; carga la burra, siete y medio, batea, macuare, dados, tejo, bolas criollas y, uno que se puso muy de moda ya al final en la época de los años sesenta, llamado Rummy. Que tenía sus propias cartas, y eran de origen francés, muy diferentes a las habituales españolas acuñadas por la conocida firma peninsular "Heraclio Fournier"… Hasta uno muy famoso llamado “rojo”; que al ser sugerido por algún cliente tremendista queriendo jugarle una mala pasada a otro, un tanto despistado al desear saber éste cómo se jugaba el mismo, se forzaba enseguida casi automáticamente la imaginativa y bien cotejada respuesta del inoportuno mamador de gallo… Pudiendo ser ésta una, escatológica o, tal vez de muy mal gusto −según como se la viera−, a lo que simplemente decía aquel muerto de la risa: “…Si te agachas yo te co…” Ahí se detenía y, dejaba a todo el mundo en suspenso; para entonces aterrizar de refilón, rematando el muy zafio: “…O; si no, yo más bien te saco un ojo. Ja ja ja, ja ja ja!”.

…Pero además, había un anexo al local de los juegos que estaba reservado exclusivamente para otra función también ya distintiva del lugar en los últimos tiempos, expendio de una especie muy antigua en el mundo, por cierto. Construido groseramente por sus impulsores usando para sus fines algunos materiales sustraídos de forma vandálica de las ruinas de la iglesia de enfrente, otrora orgullo de los monjes Nazarianos; horrendo sacrilegio al que por cierto se refirió el último religioso de rango que por allí pasó, cuando iba a la toma de posesión de su diócesis en Ciudad Bolívar. Vaticinando entonces este Obispo que:

"…Los culpables de semejante bochorno, carentes del más mínimo respeto por las cosas del Señor, arderán calcinados irremediablemente por toda la eternidad, en las pailas del infierno; purgando así, aunque sea en parte, tan terrible latrocinio…!"

 "…Y; lo digo yo, que sé de éso. Sí señor…! Agregó; con convicción. Como si materialmente hubiera estado allá, en ese mismo lugar al cual se refería.  

 …Dicho local ostentaba en su identificación pintada con encendidos trazos de muchas vueltas y bucles, en color rojo encendido, el sugestivo nombre de su dueña: “La Madama”. Colocado groseramente en el elaborado pórtico de madera,  sobre la  puerta principal construida con el mismo material; ambas reliquias coloniales robadas del citado emplazamiento religioso pre existente… En definitiva, era un lugar muy concurrido donde pululaba a diario entre una veintena de clientes birriondos, todo tipo de damiselas; ofreciendo sus placeres cárnicos al mejor  postor.

  …Vino a ser en aquel sórdido entorno, en que Felipe Gómez y Eustorgio Sarmiento en un retorcido recodo de sus vidas, trabaron amistad por pura casualidad la primera vez, en sus tiempos mozos. Cuando echaban una canita al aire para aliviar sus penas durante las largas temporadas de tan caluroso estío, enfrascados en prolongadas sesiones de juegos, tragos y, también meretrices; las que poco a poco arropados por el disipado ambiente, dejaron de serles extrañas… Sería como por una infausta intervención del demonio en uno de esos años en El encuentro, en que Eustorgio Sarmiento en un arrebato de locura fue pasando de falda en falda por la pieza de cada fémina allí presente; en un extraño reto con unos desconocidos y, en que viera colgado sus calzoncillos en la misma percha junto a las pantaletas de cada una de tales señoras, esa misma noche. Mediante una absurda apuesta que de todos modos perdió pese a su titánico esfuerzo en un ardoroso despliegue de testosterona jamás visto en un hombre, en competencia contra el avieso jefe de unos vaqueros venidos del pueblo de Chaguaramas;  que no lo perdonaron a la hora de cobrarle. Para entonces enterarse un par de semanas después cuando ya no estaba allí, y todo se había consumado, de haber sido timado por el chaguaramero de marras y, La Madama en cuestión, en quien se habría confiado en su papel de depositaria y contabilizadora de cada uno de sus viriles actos tan bien agenciados actuando ella misma de mirona, muchas veces; pero no sabiendo el muy pendejo, que estos dos sinvergüenzas también eran amantes… Perdiendo en consecuencia aquel hombre en tan temerario e irresponsable lance, mucho más de la mitad del ganado que llevaba, provocando allí mismo una desbandada entre los peones que trabajaban con él y, hasta quedar enteramente solo.

  …A partir de aquello, entonces, se ahogaría Eustorgio con su impotencia hasta no tocar fondo en la infausta alberca del licor. Habría quedado en la ruina en ese mismo instante, de no haber sido por la oportuna intervención y ayuda en el conflicto, de su fortuito amigo Felipe Gómez —donde incluso salieron a relucir algunas armas de fuego aquella noche—; quien habiendo visto las posibles consecuencias de lo ocurrido, tuvo que anteponerse a los acontecimientos luego de la amarga situación generada en los días por venir, cuando  aún tenían que permanecer allí. Viéndose forzado a intervenir de arbitro apoyado en su propio equipo —que también andaba con sus armas al cinto, algo muy común en esa época y lugar; dispuestos a usarlas además, si fuese necesario—, para zanjar las diferencias; evitando así quedara Eustorgio en la lona como quien dice y, justo desde aquel mismo momento…!)

  …Recordaría Victoria con tristeza todo aquello, compilado al atar cabos de todo cuanto su propio padre le dijera y, escuchara decir a otros, a lo largo de su vida; en relación con el triste destino de su viejo.

     Por supuesto sería éste el último viaje que hiciera don Eustorgio por allí, porque a partir de aquel momento, muerto de la vergüenza, se fue sumiendo cada vez en la más terrible de las desgracias; al caer en cuenta del estúpido error cometido. Perdiendo de todos modos poco a poco lo que le quedaba, para costear la constante borrachera en que de sólito, se hallaba embebido; hasta quedar prácticamente en la indigencia.

    Cuando aquella insólita noticia de El Encuentro llegó a Calabozo, cundió como reguero de pólvora por toda la localidad y, fue a partir de ésta que aquel hombre perdiera todo crédito en su comunidad; por lo que ya nadie confió más en él.  Aquello fue como un círculo vicioso, porque mientras más rechazo recibía de sus vecinos, más se hundía en el licor y en el juego, hasta que tal situación llegó a oídos de su viejo amigo… Un buen día después de todo aquello, Felipe viajaría a Calabozo con el pretexto de visitar a su hijo Leoncio, quien entonces estudiaba para Cura en el Seminario de esta ciudad; pero en realidad, a lo que también iba  dispuesto, era a ofrecerle algún tipo de ayuda a su otrora compañero de farras, para apoyarlo de algún modo,  en fin, a hablar con él con el propósito de hacerlo desistir de su absurda actitud que cada vez, lo tenía más arruinado. Pero que muy pronto, además, lo llevaría a una prematura muerte.

     Se mantenía don Eustorgio en aquellos tiempos difíciles,  con uno que otro trabajito que hacían sus hijos mayores. Uno de ellos era, precisamente la primera, Victoria; quien para aquel momento de la visita de Felipe estaba recién llegada de la capital del País, donde había terminado con éxito y mucho esfuerzo, sus estudios de administración en la Universidad Central de Venezuela. 

         ...Continuará.

         ...Chao, amigos. Espero les haya gustado y, envíen sus comentarios. 

          ...Buenos días mis amigos. Hoy les traigo la tercera parte del capitulo numero  cuatro de mi libro "Andrómaca y Felipe",...