sábado, 29 de mayo de 2021

 

29/05/2021


  ...Muy buenos días mis amigos. De nuevo por aquí con ustedes, en la continuación de mi libro: Andrómaca y Felipe   (Capítulo # 1).


  ...Ahí lo tienen:


     Al ver por primera vez la impactante joven que le presentaban, no pudo soportar con tranquilidad el fuerte impacto producido por tal acercamiento y, fue allí, cuando de inmediato le propuso al amigo llevársela con él, para que le administrase su finca allá en La Atascosa; algo que enseguida don Eustorgio recomendó con insistencia a su hija, la cual aceptó gustosa, diciendo:

“…Será un honor para mí y mi familia, servirle; señor Gómez. En próximos días estaré visitándole, después de resolver unos asuntos por aquí…!” 

…Dijo, sin titubeos, la espigada muchacha.

  “…Gracias, señorita Victoria, el honor es mío ¡Caramba! Allí estaré, esperándola con ansias…!”

 …Contestó Felipe, nervioso, atropellando sus palabras claramente deslumbrado por la impactante belleza de la chica que tenía al frente y, cuya tersura en sus manos al momento del breve contacto en el saludo, se negaba dejar escapar. “Recordarían ambos después este hecho, muertos de la risa, en sus románticos encuentros”.  

                                                                --- o ---

     Se desplazaba Victoria de nuevo, aquel día, como siempre en el desvencijado vehículo del chofer de la finca “La Gomera”, que así era como en realidad se llamaba aquella parte donde trabajaba. Pero esta vez habría una gran diferencia en el rutinario viaje; pues éste, iba a ser especial y, por añadidura, el último de la serie.

 …De pronto, el silencio habitual quedó roto cuando sorpresivamente dijo el chofer:

  Señorita Victoria, que Dios la acompañe allá en su nueva estancia; por mi parte y la de mi familia son éstos nuestros deseos, por cuanto estaremos siempre a sus órdenes por aquí. ¿Oyó…?

  Gracias, señor Clemencio…!  Tan sólo atinó a decir la joven mujer, visiblemente sorprendida.

 …La repentina rotura del mutismo crónico de Clemencio, provocó una explosión sonora tan inusual en los oídos de Victoria en ese instante, que enseguida sintió escapar  como una tromba en el viento todo el silencio acumulado en la llanura; incluso, desde que saliera de su propia casa. Logrando distinguir entonces de nuevo como allá en Guardatinajas en sus tiempos de niña, el misterioso ulular del viento, el discreto trinar de los pájaros y hasta el suave aroma de las flores; aun con el imperceptible rumor de sus pétalos buscando acomodo según su propia naturaleza, para dar forma a las corolas. Así como también el zumbido de los cigarrones, sobrevolando toscamente por encima de todas ellas. En los Lirios, Jazmines, Cuarentonas, también en los Capachos del campo; cuyos verdosos, tiernos, y flexibles tallos luchaban por sostenerse erguidos, en el barro del camino.      

     Que se replegaban pero aún así trataban de volver atrás, con renovado estoicismo, a su posición original cuando eran removidos con violencia por acción de las llantas del vehículo; tras pasar zigzagueante por el lodo en una leve depresión de la sabana. En aquel Agosto, especialmente lluvioso.

 …Así mismo también podía escuchar, no sin temor, el atemorizante ronquido de dos  parejas de zorros almizcleros, quizás con mal de rabia; allá a lo lejos. Vistas sin embargo sus espumantes fauces, que con insistentes dentelladas trataban de pelar las múltiples cuerdas verde grisáceas, con fuerte olor a mapurite, colgantes de las tantas macollas de epífitas que inclementes invadían las copas de los árboles de Caruto y Merecure, típicos en aquella época del año; para luego caer en haces, como vencidas cortinas hasta el suelo… Configurando acaso, bajo la húmeda fronda arbórea de aquellos árboles tan apreciados por los llaneros, el símil de una exposición a campo abierto de los singulares “Penetrables Cinéticos, del maestro Jesús Soto" —pensaría Victoria, evocando sus pasados años en los cultos espacios de la Ciudad Universitaria allá en Caracas; donde aparece este venezolano alternando en las importantes muestras artísticas de esta casa donde se vencen las sombras; al lado de otros de  la talla del franco alemán Hans Arp, y el húngaro aunque desarrollado en París, Víctor Vasarely—.  Impregnando al mismo tiempo todo el ambiente con su intimidante, peculiar y clásico aroma; tan propio de las sabanas de aquí, en los tiempos de agua… Que para las gentes de la comarca, como ahora Clemencio, es como decir en su sencillo lenguaje llano:

     “…Fo, fo, si hiede a zorro,  cará…!”

…Dijo éso precísamente el hombre, de nuevo, ahora sacando a la muchacha de sus elucubraciones artísticas citadinas.  

…Todo lo cual hizo que Victoria se erizara de nervios, al recordar un episodio similar en tiempos de su infancia; cuando allá en su pueblo, en uno de los tantos fundos que tuvo su padre entonces, fue perseguida desde el monte hasta su propia casa por un par de estos animales, mientras trataba de recolectar unos frutos de Merecure a la orilla de una quebrada. Cuando de pronto, todo quedó invadido por aquel mismo y recalcitrante aroma, que quedaría grabado para siempre en su memoria. Siendo quizás esto, lo que le hizo ver ahora las espumantes bocazas en los animales aun a lo lejos, que a pesar de estar bastante retirados del lugar por donde ellos iban pasando, enseguida prefiguró en los mismos semejante característica; mientras aquellos con los ojos inyectados en sangre y, como unos focos de advertencia, creyó que muy pronto se les abalanzarían encima… Como aquella vez, en Guardatinajas.

    Esto hizo que se dirigiera de nuevo, ahora con el temor reflejado en su bello rostro, al conductor de la quejumbrosa camioneta; diciéndole:

     ¡Vamos, vamos ya señor Clemencio; apúrese, acelere…! —Dijo.

   Sí mi niña, eso intento, pero este barrial no me deja; no jile…!

…Dijo Clemencio; mientras a punta de chancleta y palanca, se esforzaba en verdad por satisfacer las apremiantes demandas de su asustada  acompañante.

    Por lo que a Dios gracias, y en respuesta a tan denodados esfuerzos del chofer de la vieja  “pick up”, se estremeció ésta una vez más para dejar atrás las curvilíneas marcas en el barro fresco, desde el cual se levantaban de nuevo y, como por arte de magia, las Cuarentonas y los Capachos. Que sin embargo se movían graciosas en su pulcra belleza con sus suaves y cadenciosas oscilaciones al viento, como despidiéndose de quienes con tanta prisa habían pasado a través de su contrastante y pegostosa muladar. Emulando orgullosas en su humilde pervivencia, aun siendo llaneras, la digna belleza milenaria de la flor de Loto… Y; fue sólo entonces, cuando los entejados techos de “La Casa Grande” —como también era conocida por todos, la residencia de habitación del matrimonio Gómez Katay— comenzaron a despuntar allá, a lo lejos, que Victoria Sarmiento recobró de nuevo la calma. Moviéndola casi de forma automática, a hurgar entre el bolso que apretaba entre las rodillas de sus bien torneadas piernas, en busca de los efectos personales que le hicieran falta para acicalar su linda cabellera y, retocar su agraciado rostro.

     En cuanto llegaron, traspuso por fin el carro la entrada desde el Suroeste. En el lado opuesto al arco de acceso a la bella casa donde en poco tiempo, la joven Victoria encontraría el amor; sólo que en su triste caso, sería el preámbulo de algo muy oscuro y bochornoso en toda su vida. Yendo a estacionarse la vieja camioneta debajo de una hermosa arboleda cuyos miembros para ese momento, siendo esta su temporada, estaban bien cargados y maduros.

 …El aroma que emitían los frutos al aire mientras las verdes hojas tamizaban la luz solar a través de su follaje, imponían al lugar un remanso de frescura y solaz tan especiales, que inspiró en Victoria una inmensa paz espiritual, haciéndole recordar sus lecturas de Hesse; que casi le hacían divisar, sentado allá delante de uno de los frondosos mangos al frente, al otrora imberbe y muy piadoso Siddhartha… Transmutado entonces en ese preciso instante y, por decisión divina, en el mítico y luminoso Buda; quien incólume la veía a través de sus párpados cerrados mientras permanecía allí, con un secular estoicismo en su sempiterna posición del loto. Para gloria de los hombres y, también de los tiempos.

     Victoria bajó del vehículo con su bolso de mano por la puerta que entonces le franqueaba Clemencio, quien ya tenía sostenida en su diestra la pequeña maleta con sus pocas pertenencias. Luego la tomó suavemente con la otra por uno de sus brazos y, la guió por donde no hubiera tanto barro, evitando de este modo se estropeara los lindos dedos de sus pies; que se asomaban hermanados, a través de la abertura por delante de sus sandalias. Dirigiéndose así a dar la vuelta por un costado de la casa, para luego acceder al corredor principal de la misma; del lado frontal al gran arco de entrada opuesto a por donde habían llegado. Allí mismo fue recibida por la señora Andrómaca, quien de antemano le había mandado a preparar una amplia y acogedora habitación, amoblada con buen gusto y tiernos detalles de mujer –de seguro por ella−, que competían en esplendor con el del patio de los mangos; desde cuyos ventanales se divisaban hermosos una vez más, pasando a ser éstos sus secretos confidentes en los azarosos devaneos por venir.

     Tal habría de ser la impresión que tuvo la recién llegada huésped de honor de la familia Gómez  Katay, cuando cruzó el umbral de aquella puerta hacia lo que sería de aquí en adelante, su nuevo hogar; por obra y gracia del amigo de su padre.

     Después de instalarse en sus aposentos, Victoria fue llevada a su oficina habitual que estaba al lado de la que ocupaba el señor Felipe, pero dentro de un mismo espacio; aunque su propio sitio esta vez había sido refaccionado un poco, haciéndolo algo más acorde con su estilo. Siendo reordenado con igual delicadeza que sus habitaciones, a lo que ella sólo tuvo que imprimirle su propio y muy particular, toque personal.

     Hacía tres meses ya de estar allí, en esta nueva etapa de su primer trabajo. Instalada en una vieja oficina ubicada en un gran espacio común dentro de un galpón semi industrial, improvisado lugar de donde se manejaba la administración de la finca, aun desde los tiempos de los abuelos de Felipe; hasta que, con motivo de su contratación y mudanza se trasladaron definitivamente las operaciones, a unas instalaciones más acordes y modernas. En unos espacios escogidos para tal fin dentro de la propia "Casa Grande". Quedando las oficinas independientes esta vez, contigua una de la otra, respecto a la de su jefe.

     Victoria Sarmiento era una joven mujer que aparte de su sobrada belleza y hermosura, transmitía a su trabajo además, un gran profesionalismo; demostrado con creces hasta entonces desde el primer momento de su llegada, cuando vino para hacerse cargo de los asuntos administrativos de la familia Gómez  Katay. Durante su estancia en el lugar había dado consistentes muestras a sus empleadores, también a la gente del hato en general, de que tenía un perfecto dominio de su trabajo, en lo relativo a la cosa administrativa y económica para lo cual fue contratada; rebasando en consecuencia las expectativas de su empleo y, al descollar en su desempeño en todo cuanto hacía. Modestia aparte, en lo personal era muy bien apreciada por sus buenas acciones y, cualidades humanas, entonces tan ponderadas.

     Así fue pasando el tiempo dentro de una gran normalidad, hasta que poco a poco la muchacha fue dando sutiles giros en torno a su personalidad, que de verdad empezó a preocupar la gente. Porque al parecer llevaba algo oculto en su fuero interno que por supuesto nadie sabía, empezando de pronto a manifestarse dejando sorprendidos a quienes entonces la veían, aunque expuesto muy sutilmente al inicio, para definitivamente transfigurarse en otra persona tan diferente a aquella que antes fue; todo lo cual tenía a las personas que la conocían, o al menos así lo habrían creído y, necesariamente tenían que alternar con ella, ahora con las alarmas encendidas en una constante observación.  

     En este punto para la joven Victoria y su entorno las cosas ya no eran lo mismo. Su situación había pasado a otro nivel, en que últimamente venía dando claras muestras de distinta tesitura en relación a las habituales, ya ante todo el mundo; y, en consecuencia, se fue rodeando de un ambiente negativo que a todas partes la seguía. Surgiendo de pronto a su alrededor, un cuadro bien complicado en el que de una forma muy incómoda a diario se debatía y, la llevaría forzosamente a replantearse con toda crudeza, primero su situación de permanencia en este  lugar y, también algo mucho más profundo aún; su futuro.

     Era obvio que algo raro estaba pasando en la vida íntima de la otrora agradable jovencita, pero por supuesto nadie se imaginaba qué podía ser; porque eso sí, ella en estas cosas era muy cerrada. Cuando desde un principio dejó muy claro su posición al respecto.

     Una tarde estando sola sentada ante su escritorio de trabajo después de una dura jornada, tres años habían pasado ya desde su llegada; y, entonces, comenzó a cavilar en torno a lo que sería su inmediato porvenir. En que cada vez con mayor insistencia el señor Felipe se le insinuaba, más abiertamente, cubriéndola de atenciones innecesarias que a veces le hacían sentir pena con la señora Andrómaca y, hasta con el resto del personal; puesto que aquel no se medía ya, en sus impropias sugerencias.

     Razón por la cual ya algunas personas algo suspicaces que habiendo conocido desde un principio el buen comportamiento de la joven, comenzaron a entender lo que estaría sucediendo. Empezando ella a debatirse por tal motivo en un perfecto dilema porque además del señor Felipe con su esposa, a quienes por una parte se debía en su condición de empleada, tenía que hacer frente por otra a las fuertes sugerencias del jefe tratando de conquistarla, pero en medio de este inusual empecinamiento con ella estaba también Wenceslao, su hijo menor; con quien sin embargo tal vez por ser un joven, casi que de su misma edad, se venía desarrollando entre ellos una bonita amistad que inexorablemente había llegado a un punto, en el que ambos sentían una atracción muy especial; incluso de tipo sexual… La cual ya compartían y, habían consumado por primera vez recientemente, en el transcurso de estos mismos días —por tal razón, el motivo de sus actuales elucubraciones—; en una extraña situación tan irresistible en que una cosa llevó a la otra,  hasta que humanamente se hizo imposible contenerlo. Dejándose llevar en el acto y, sin preocuparse más en detenerse, simplemente disfrutó del mismo; porque tal vez lo deseaba, al sentirse genuinamente atraída por el chico.

     Lo cierto del caso fue que Victoria después de aquello se sintió especialmente agradada de tales experiencias, además de extrañamente triunfal aunque no sabía cómo explicar este sentimiento, de acuerdo a lo ampliamente meditado todos estos días, sobre el particular; una situación que afrontaba con entera satisfacción por cuanto se sabía una mujer abierta y decidida, “sin los prejuicios tontos de la gente sin educación” −pensaba, justificándose−, pero sin embargo como es natural sentía un cierto temor de caer también en equivocaciones que después, tuviera que lamentar. Pudiendo transformarse a futuro en un lastre, para la vida plena que se habría propuesto vivir.    

     Wenceslao Gómez Katay por ahora,  tan sólo era un guapo y agraciado joven sin experiencia alguna en la vida, como tal, que luchaba por labrarse un futuro a través de los estudios mediante el apoyo decidido de su acomodado padre, pero por supuesto, aún sin fortuna propia; cosa que no cuadraba muy bien con los recientes planes de Victoria, concebidos en secreto en lo profundo de su mente y, en un momento cuando se habría fijado como objetivo más inmediato la promesa de sacar de la pobreza a su propia familia; especialmente a su querido padre. Algo en lo cual todavía no sabía muy bien cómo actuar para hacerlo, aunque creía tener un buen plan para lograrlo.

     Sabía perfectamente que el camino hacia el cumplimiento de sus objetivos sería uno hecho de piedra, de duras rocas de aquí en adelante pero que necesariamente tenía que pulverizarlas, si quería tener éxito. La lucha tenía que ser tenaz y despiadada, aun cuando tuviera que enfrentarse a la desagradable situación de pasar por encima de algunas personas por las que tenía sin embargo, un cierto aprecio, tanto de aquel que la había traído el señor Felipe, de su hijo el joven y desesperado enamorado Wenceslao, así como también de la mismísima Andrómaca; con quienes compartía en primer término, este peligroso "affaire".

    Mientras tanto, Felipe seguía empecinado en sus continuas muestras de desbordante “amabilidad” hacia la empleada estelar, pese a que ésta aún, no daba muestras de sentirse atraída por él. Entonces sí, más bien por el muchacho aunque ciertamente, era de su preocupación también e inquietaba su ánimo, el espinoso tema tabú de la esposa engañada; del que ni siquiera pese a su desenfado y decisión, tampoco parecía zafarse por completo. Obviamente un inquietante paso que de seguro tendría que afrontar en su espinoso camino,  representativo para ella de algo así como el escollo más difícil de salvar hasta llegar a su aparentemente inalcanzable,  veta de oro; que no estaba dispuesta a rechazar… La cual explotaría a sus anchas con el uso de sus herramientas más poderosas que, al ser puestas en juego, de seguro la pondrían a su entera disposición. En la tan ansiada búsqueda de recursos que le cambiaría el rostro a la ridícula condición de pobreza de esta hermosa y confundida mujer; que, según su claramente errado criterio de naturaleza tan sólo crematística, sería de beneplácito para su familia, especialmente en el caso de su amado padre.

     Ante este turbio panorama de contenidas penurias entre su gente, en combinación con su ya desagradable estancia en ese lugar, fue entonces cuando esa tarde, Victoria tomara la determinación de hacerle el juego al Sr. Felipe Gómez, al tiempo que daría rienda suelta a sus más oscuros sentimientos por Wenceslao; una cosa y otra, a la vez. Peligrosa licencia en una situación tan crítica, al dejarse arrastrar por la lujuria y, la codicia; pero jamás se imaginó que aquel peligroso juego de amores triviales que al principio le pareció divertido e inocente, se convertiría en una tragedia que la dejaría marcada para toda su vida. Siendo éste quizás, el más alto precio que tendría que pagar en su búsqueda por dar un salto hacia el cambio de condición social que tanto deseaba. También, por querer darle un golpe de timón en positivo según y como veía las cosas, a su díscolo destino.

  …Desiderátum que sólo ella sabría cómo cambiar según se lo figuraba (¿?), haciendo que sus invisibles e imprevisibles hilos obrasen siempre a su favor; y, así llegó a pensarlo creyendo que lo lograría, en su más supina ingenuidad aquella tarde. Una mujer totalmente inexperta, en ciertos asuntos de la vida; únicamente bella y hermosa y en la flor de la juventud; pero cuán equivocada estaba en cosas del amor. Pues Victoria, por tal equívoco se hundiría en tan insondables profundidades dentro de la incertidumbre de un tortuoso y prohibido romance, con lo cual también, en el desprecio de mucha gente en el pueblo que la creyó culpable desde un principio… Cuando algunos vieron en ella los primeros cambios de personalidad que la iban tornando avasallante e insoportable, aunque al principio parecían ser tan sólo los atisbos de una comedia en ciernes aunque pasajera, que no llegaría a nada como muchos otros casos similares en el pueblo —donde de usual nada ocurría; aunque ahora las cosas, sin embargo, comenzaron a pintar muy diferentes. Con una mujer calculadora que igual le hacía el juego al hijo, pero también al padre. Obrando en consecuencia de tan patética situación, la inminencia de una destructiva colisión—; pero en este caso, sí que sería muy real.

  …Dando paso a partir de allí a una grave tragedia, sin precedentes hasta entonces. Que conforme se desarrollaba con los días pasaría a ser aquella una, grande, triste y lamentable; enlutando finalmente a dos de las más respetables familias del pacífico pueblo, de La Atascosa.

…Trocando un necio y conformista principio escuchado durante años, por la entonces niña Victoria y que,  enarbolaba su padre, cuando jaquetonamente lo escuchaba  vociferar:   

“…Hijos míos; el destino, es el destino y, el suyo, será el que cada quien se haga. Pero si te equivocas, ya no valen los lamentos. Dijo una vez un filósofo…!”

  …Solía decir esto el muy bellaco, don Eustorgio, pretendiendo sentenciar a su favor el espíritu de semejante pensamiento, si es que había realmente alguno en él, cuando trataba de justificar sus propios infortunios; ante su familia y los amigos que, aún le quedaban.  

 …Y; fue así finalmente, mediante sus calculadas maniobras con las que pretendía aparecer “como si no quebrase un plato” —bastante leves e imperceptibles en un principio, empero— y, tras la diligente aprobación del taimado señor Felipe, que Victoria Sarmiento comenzó a vivir bajo el mismo techo junto a sus empleadores; a instancias precísamente y para su propia desgracia, de la mismísima señora Andrómaca, quien desde un principio también fue seducida por sus falsos encantos. Viendo presentarse con este hecho como por arte de magia, la oportunidad de oro que Victoria siempre había estado esperando; cerrándose así el círculo en torno a la primera fase de su peligroso plan de apropiación de la fortuna del confiado don Felipe.

 …A quien reduciría  primero con sus encantos, una vez a su lado, entonces con más tiempo disponible para hacerlo y, sabiéndose una mujer sumamente favorecida por la plenitud de su hermosura; confiada además en los sobrados atributos de las delicias amatorias que sabía ella tenía… “A partir de allí, el resto sería tan sólo, pan comido como quien dice...!” —Solía decirse para sus adentros, la muy taimada; precísamente, tal cual esa tarde en su oficina en que entonces encontraba.   

    Todo transcurría hasta aquí, visto el asunto por fuera de los pensamientos íntimos de los involucrados, en una cierta normalidad. Siendo la relación entre empleada y patronos aparentemente de la más absoluta armonía; incluso con los hijos del matrimonio, quienes estudiaban afuera en ciudades del centro del país, como era el caso de Wenceslao que cursaba en Caracas la carrera de ingeniería en petróleo. Mientras que su hermano mayor, Leoncio, se había decidido por abrazar los hábitos haciendo carrera en la iglesia; cumpliendo sus primeros años de formación en la ciudad de Los Teques, para más tarde radicarse en el Seminario de Calabozo hasta los actuales momentos.

     Con el correr de estos años los hermanos fueron aprendiendo a dispensar un trato muy especial a Victoria, cada uno según su particular carácter e intereses en la vida. Desarrollándose entonces una bonita amistad expresada incluso en las cartas que aquellos, regularmente enviaban a sus padres, cuando estaban ausentes; haciendo de esto un reflejo de su amor y cariño hacia la muchacha, donde siempre se referían a su persona y pedían para ella muchos saludos. Un amor demostrado al máximo cuando los chicos venían al pueblo, a su casa, sobre todo en tiempos de diciembre; o, durante la Semana Santa como era el caso del futuro Sacerdote.

     Justo en días recientes ya pasados, el joven seminarista Leoncio Gómez Katay fue traído al pueblo invitado por las "Damas de la Congregación de María", en un principio para asistir al anciano Párroco don Cecilio Apóstol del Rosario en los asuntos cotidianos de la comunidad eclesiástica; especialmente en las sucesivas y largas homilías durante las exigentes procesiones por las calles de la población, en esa semana tan especial:

"…Pues, el viejo Cura ya no está para esos trotes, propios de las exigencias de la semana mayor…!" —Solía decir una de las fieles, aunque con mucho respeto, fundadora de la citada agrupación mariana promotora de la incorporación del joven religioso a la Parroquia; la señora Estela de Rondón.

 …Con sus largas y extenuantes caminatas en medio del calor abrazador del llano y, la multitudinaria presencia de sus parroquianos portando la imagen del Santo Sepulcro a cuestas; máxima expresión litúrgica del Viernes Santo y, un asunto por aquí que es ley inobjetable en el arraigo de la fe, en toda la feligresía.

(…Por cierto cuenta la gente mayor que un día durante una de estas largas romerías callejeras, don Cecilio se tropezó de pronto con una piedra, cayendo inesperadamente al suelo; aunque a Dios gracias, saldría ileso del infortunado episodio —recordó Victoria con agrado apartándose como a veces lo hacía, de sus truculentos pensamientos, algunos de los pasajes de su estancia entre aquella gente referidos por su jefe en algún momento de distención; en que a veces se explayaban y, obviamente tratando como siempre esa vez, de impresionarla.

…No obstante, esto hizo que de allí en adelante calle donde ocurrieron los hechos empezara a llamarse con el revelador nombre de "Tropezón"; por lo cual, aún hoy en día, es así como se la designa. Un extraño episodio que de inmediato comenzó a ser catalogado tanto por los más crédulos como por los menos, como un “acto milagroso” según los primeros y, más bien visto como una "señal agorera" por parte de los otros; a cuyo juicio simplemente, era indicativo de que en el pueblo algo malo iba a suceder.

…Empezaron a debatirse a partir de entonces así, tozudamente ambos bandos, en su incipiente posición maniquea sobre el bien y el mal, en medio de sus destempladas voces; sin embargo, sabiéndose eran unos pacíficos vecinos de toda la vida, muchos de ellos hasta familia, lograron conseguir ese día un punto de equilibrio en medio de sus diferencias y, ahí mismo se afanaron por igual en brindar ayuda al anciano y adolorido Párroco… No sin antes persignarse con la señal de la cruz, sólo los más comprometidos por su fe, eso sí; por lo que entonces, enseguida se escucharía la voz de una mujer que iba de rodillas sangrantes pagando una promesa, la cual entre lágrimas exclamó:

   "¡Se salvó por un peliiito, vale…! Cayó aquí mismito junto a mí, pero no pude hacer nada, ya lo ven…!" —Hizo un gesto de dolor, mostrando su impedimento.

…Otro que estaba al lado contestó, pero con sorna:

   "…Qué ironía,  misia; no ve que es calvo el pobre curita…?"

   "Aaah no, mi hijito! Yo no lo digo por éso; y, usted lo sabe. Hablo en serio, falto de respeto…!" —Se defendió enérgicamente, pese a su condición, la señora; golpeando al hombre en las canillas, con una de sus muletas—. Entonces el otro se quedó quieto, ante la contundente respuesta de la señora y la mirada inquisidora del resto de los feligreses; por lo visto dispuestos a hacer que se comiera, las mismas velas encendidas que llevaba en sus manos, si era necesario.

…Hasta hubo algunos que desde aquella tarde, como promesa para el alejamiento de los malos espíritus comenzaron a usar unos extraños collares hechos con semillas de peonía; alternados con otros de brusca, de forma inter diaria. Mientras que en los días de por medio, usaban uno muy diferente hecho con trozos de tuza, de mazorcas cosechadas en menguante intercalados con pepas de Coroba;  fritas en manteca de raya, además. O; sea, en cualquier caso siempre llevaban dos collares puestos, todos los días de la semana y, por todo un año. ¡Valga pues, la inquieta imaginación popular!!! 

…Cabe recordar que el iniciador de tan estrafalaria práctica, era un hombrecito tomado por todos no como muy creyente que digamos, llegado al pueblo procedente de Cabruta  o, de  Caicara, no se sabe a ciencia cierta de dónde fue que vino; o, lo trajeron. Tenía por nombre Ruperto Colavita, a quien todos apodaban simplemente: “El indio”. Entonces alguien en alguna concurrencia afirmó que habría sido traído por un amigo suyo,  “El Italiano don Claudio Milano; para que trabajara en su taller de carpintería de la calle Páez, que tenía por nombre Carpintería Véneto. Hoy en día, trágicamente fallecido y, mediante su propia mano; sí señor…!”

…Argumentaría algo nervioso quien hablaba, persignándose enseguida, con la señal de la cruz...!)

     Así pues —siguió recordando Victoria, esta vez, cosas que vivió luego dentro de ese mismo tenor—; desde que ocurrieron tales hechos que involucraban al Cura don Cecilio en una situación tan desagradable, las damas matronas del pueblo que formaban parte de las Marianas comandadas por la señora Estela de Rondón, acordaron concertar una reunión bajo los auspicios de sus padres, con el joven Cura Gómez Katay, destacado en Calabozo  —todavía no lo era en realidad, aún seguía siendo un seminarista, al menos por un par de meses más; pero a todos sus paisanos ya les gustaba llamarlo así, de forma anticipada— y, nativo de La Atascosa; para que aceptara su propuesta de venir a visitarlos en calidad de asistente del Cura en funciones. Previo un permiso especial de sus autoridades en el Seminario, por supuesto.

…Sería su primera aparición en público como Párroco auxiliar −por así decirlo−, en ocasión de las misas y actos litúrgicos especiales de la venidera temporada de Semana Santa de aquel año, siguiente al estropicio del viejo Párroco;  y, aliviando así la carga de trabajo al bienaventurado de don Cecilio, también nativo de aquí. Para llevar esto a cabo, ya con la aprobación de los padres del joven Leoncio, enviaron sendas cartas de solicitud y aprobación; tanto al Cura en ciernes, además de, a las autoridades del Seminario.

 …Transcurridas varias semanas las humildes Marianas recibirían con beneplácito una comunicación oficial de la iglesia donde se daba luz verde a su respetuosa petición, iniciándose de allí en adelante las visitas del seminarista y religioso al poblado que lo vio nacer y, dando cumplimiento de este modo a los deseos de su agradecida grey; la cual ahora más que nunca colmaría con su masiva asistencia al templo, los actos litúrgicos que allí se celebraran… Período declarado de júbilo por las autoridades civiles de entonces en el pueblo encabezadas esa vez por el insigne vecino don Antonio Marchena, quien dijo en la iglesia aquel miércoles santo, en honor del ilustre hijo de don Felipe y, su señora esposa la señora Andrómaca; lo siguiente:

"…Noble pueblo de La Atascosa, recibamos con alegría, humildad y mucho fervor, al querido paisano Leoncio Gómez Katay. Nuestro piadoso hermano nacido aquí, entre nosotros, ungido por la gracia divina del Señor como su fiel y devoto servidor;  depositario de nuestra fe, ante su santa gloria…!"  

 …Dicho éso, entonces agregó:

  "¡Aah, ajá! …Pero sí es verdad, chico! Se me olvidaba decir también, que para beneplácito y alivio del sufrido don Cecilio, aquí presente; que ya no se tropezará más con infortunadas piedras en su camino —dijo jocosamente el ilustre vecino, en clara alusión a la caída del anciano Párroco, los días santos del año anterior—. Quien en esta vez a Dios gracias, tendrá a su lado el apoyo perfecto en el Padre Leoncio…!"

 “¡Enhorabuenaaa!!!”

…Remató el hablante, muy a su modo.

     Después de aquellas acertadas y chuscas palabras de don Antonio Marchena, todos aplaudieron jubilosos, sin salirse mucho de los cánones establecidos por la majestad del recinto; entonces tronaron con encanto sublime a través de los empolvados y vibrantes vitrales de la iglesia los acordes melódicos de los Cantos Gregorianos, procedentes de la vieja pianola. Ejecutada con absoluta maestría para aquel acto, por el novel monaguillo Temistocles Leonardo Buonocuore −Temi−, como también le decían y, también nacido de allí. Acompañado por una selección de jóvenes intérpretes del bel canto, avanzados músicos de cámara del templo.

"…En verdad, todo aquello fue bien bonito!"  

 …Musitó Victoria, entonces a solas con sus pensamientos.

…Estaban allí aquel día en la misa, al igual que todo el pueblo en pleno y, en primera fila junto a las autoridades, la familia del joven Cura incluido su hermano menor Wenceslao,  recién llegado de Caracas esa misma tarde. Sentada entre éste y sus padres estaba Victoria Sarmiento, al lado de la señora Andrómaca. Mientras Tanto la joven a ratos tocaba con un codo al muchacho, como para llamar su atención en relación a algo curioso que ella considerase oportuno; o, porque alguien, amigo o amiga en común, manifestara interés en saludarlos cuando ella viera que éste, no se percataba de tal intención.

 …En general se comportaban Victoria y Wenceslao con total naturalidad, viéndoselos muy animados en sus conversaciones —cuando estaban fuera del templo, porque dentro de éste, guardaban la más rigurosa compostura; excepto por los toques de codo ya indicados, tal cual esa vez—; por cuanto realmente podía decirse que configuraban la pareja perfecta. Tanto, que un hermano de Felipe también allí presente ese mismo día y que tenía por nombre “Chuíto”, comenzó a insinuarle basado en ciertas “cositas” que dijo haber observado en algún momento recientemente pasado, sus apreciaciones al respecto; pero entonces aquel, negándose a escucharlo simplemente replicó:

"…Caramba, Chuíto…! Tú, en todas partes andas viendo fuego; más bien debiste ser bombero, chico…!"

“Cállate vale, mira que estamos en la iglesia…!” −Concluyó enfático.

     No obstante; Chuíto insistió, dando por terminado  sus comentarios:

  “…Está bien Felipe, ya lo verás tú mismo y, entonces te convencerás…Ya lo verás mi hermano, ya lo verás…!" —Dijo, entonces sentencioso, el otro.

“…En realidad, Chuíto Gómez tenía buen ojo para aquellas cosas, además en este caso en verdad había visto algo más; tal como trataba de decírselo a su hermano y, en verdad tenía razón. “Lo que tal vez por inexperiencia de juventud, Wenceslao y yo no supimos mantener en secreto; apropiadamente. Que más tarde, Felipe me sacaría en cara para avergonzarme y, entonces él hacerse la víctima. Pero, como dice mi papá, a lo hecho pecho…!"  

 …Se lamentó Victoria, al pensar en aquello, al tiempo que intentaba darse ánimos. En seguida recordó también, el secreto revelado después, entre aquellos dos hombres.

“…Resulta que una vez, diría Chuíto a Felipe cuando al fin un día, este aceptó escucharlo, en ocasión de una visita por su finca donde acostumbraba hacer un recorrido cabalgando descuidadamente por aquellas tierras, que le eran tan queridas y además, traían a su memoria alegres escenas de juventud en aquellos parajes junto a sus padres, hermano y amigos... En que montado sobre un potro rucio mosqueado que tanto le gustaba cuyo nombre era “Cucharilla”, llegó al morichalito que había a la mitad de los terrenos  para dar de beber al animal; cuando de pronto, a lo lejos ve lo que parecen ser dos jinetes, pero al acercarse más al sitio, comprueba que en realidad eran sólo dos caballos que pastaban en el prado, aunque estaban ensillados y, amarrados con un cabestro más o menos largo de una de las palmas de moriche, lo que les permitía un buen rango de pastura en torno al árbol.

  …Al ver aquello de ese modo se apeó cauteloso, no fuera a ser que se tratara de intrusos pescando sin permiso en el río, buscando sorprenderlos, para lo cual amarró su propia cabalgadura también en el mismo palo y, con mucho sigilo, se enrumbó hacia el arroyo para entonces divisar, aún más sorprendido, una pareja dentro del agua; tan distraída en sus asuntos, que ninguno se percató de su presencia.

     Es entonces cuando Chuíto se agacha detrás de un mogote de hierbas medio secas, de las muchas que por allí había, dispuesto a asegurarse de quiénes eran aquellos; pero enseguida su curiosidad se transformaría en asombro. Uno de marca mayor; pues, la pareja en el caño no era otra más que, la joven Victoria Sarmiento totalmente en cueros enredada como culebra sobre el cuerpo también desnudo de su sobrino Wenceslao, que daba brinquitos en el agua como poseído por una diosa. Después de mirarlos por breves instantes, incrédulo y, todavía sin ser visto, reculó volviendo atrás para entonces montar nuevamente sobre su caballo y, salir cabalgando a trote suave, hacia la casa principal.

  …De regreso, Chuíto venía haciéndose todo tipo de conjeturas, ilusiones y fantasías, sobre la fogosa relación que vio consumarse con tanto frenesí. Pero pensando luego que en realidad no había nada malo en ello, puesto que eran jóvenes, sin compromiso alguno −al menos, hasta donde él sabía− y, además su día libre; pues, era Domingo. Llegó a La Casa Grande sin siquiera darse cuenta, prácticamente llevado por su caballo. Desmontó, le dio de comer y beber al animal para luego despedirse de sus parientes. Se marchó así a su propia casa; en la próxima finca que quedaba en las cercanías, a unos diez minutos de viaje en su viejo Jeep Willys…!”


... Hasta aquí llegamos hoy. Saludos y, espero que les guste. Chao...!

miércoles, 28 de abril de 2021

 

    

   ¡Muy buenos días, amigos míos! Mil disculpas porque en verdad, los tuve algo abandonados aunque por supuesto, jamás olvidados. Esto porque de nuevo, estuve resolviendo ciertas cosas de mi interés allá afuera. Pero bien, aquí estamos. Esta vez para dar inicio a lo prometido en mi anterior entrega. Como supongo han podido ver, se trata del segundo libro de la serie de cuatro (Relatos oníricos de La Atascosa), titulado: "Andrómaca y Felipe". He aquí su portada, tal y como aparece en las Editoriales donde se halla en venta al público, como son Amazon Kindle y, Autores Editores. Además, aprovecho aquí la ocasión para mostrarles también, la imagen actualizada del libro anterior: 




                                                                          



                          ...A continuación Andrómaca y Felipe, capítulo número 1



   1.-                              —Los Huéspedes—   

   

   Varios años habían pasado ya, desde que Felipe Gómez se estableciera en familia en su propia tierra con aquella mujer foránea llegada al pueblo un día, en un viejo circo que anualmente los visitaba. Ella en realidad siempre había estado allí, curiosamente,  tan sólo que él no lo habría notado y cuando esto sucedió, con el tiempo se hicieron una pareja inseparable, ejemplar, muy querida por todos pero en el fondo, en verdad, odiada por algunos especialmente de su mismo sexo, en el caso de la mujer; y, no se sabe el por qué… Si por el natural don de buena gente que la joven tenía en contraste con su condición de recién llegada, por ser una huéspeda que más bien para muchas, una simple e incómoda arribista, poseedora del mejor partido del lugar en aquellos momentos y, por tal razón, enemiga gratuita de ciertas pretendientes locales que se consideraron desplazadas, aunque sin ella proponérselo. Pero que, por consiguiente, frustraba inocentemente sus naturales esperanzas.

  …Debido tal vez, también, a su particular belleza; o, si fue por el misterioso aura de exitosa artista circense que de continuo la cubría, haciéndola desenvolverse entre los que la rodeaban, con envidiable soltura y total desparpajo… Ante  todo esto, lo cierto es que así fue como sucedió, en ese mundillo soterrado donde solían ser muy extrañas las veleidades amorosas entre los miembros de ambos géneros en medio de las rígidas posturas imperantes, propias de aquella época. Pues eran ésos otros tiempos, patéticamente románticos sin embargo, en que los hombres como Felipe Gómez se creían capaces de hacerle el amor a la mujer deseada hasta en la misma jaula de los leones —con éstos adentro por supuesto, de lo contrario no tendría gracia; usando un lenguaje circense que en semejante situación, venía muy a tono—; pero sorpresivamente, en el caso de él, la idílica pareja conformada con la que ahora era su esposa de pronto se derrumbó. Aunque siempre, por esas extrañas y fortuitas cosas del amor. Cuando las flechas del alado Cupido volvieron a hacer blanco en el noble corazón de aquel hombre, siendo esta vez el motivo de sus ocultos anhelos una espigada y broncínea criatura que tenía por nombre Victoria; la que poco a poco fue tomando fuerza en su pecho hasta desplazar de su lugar a su inocente media naranja: Andrómaca Katay Polidourius. Así fue cómo entonces, llegaron a conocerse, también a separarse después de un breve pero intenso y, tórrido romance, aquellos inesperados amantes: Andrómaca y Felipe.

     Sin embargo compartieron felices alguna vez por largas temporadas, en la casa de la añosa finca heredada del padre de este hombre y, donde juntos además, procrearon sus dos únicos hijos, Leoncio y Wenceslao; con los cuales hasta hace poco, vivieron en “perfecta armonía”. Pero nadie se imaginaba ni siquiera el buen Felipe que un mal día llegaría, cuando sería el triste protagonista de una caprichosa e irresponsable acción, en que el destino les tendría reservados una inesperada situación que fue tomando cuerpo con el tiempo, hasta convertirse en una inverosímil y odiosa tragedia; la cual enlutaría por entero, al inocente y apacible pueblito de La Atascosa. Un bucólico lugar en el llano guariqueño donde usualmente no pasaba nada, pero esta vez sí sucederían en éste,  fatales cosas nunca antes esperadas.  

 …Todo comenzó cuando el señor Felipe Gómez trajo a su finca para unos trabajos administrativos, a una joven mujer procedente de una familia amiga, del pueblo de Calabozo. La muchacha en cuestión desde un comienzo se dedicó con gran profesionalismo a ejercer sólo su labor, ganándose cada día la confianza de su jefe;  y,  también de su señora esposa.  Al principio toda su relación giraba en torno a lo netamente laboral, no obstante un día −sería tal vez éste, el detonante de su perdición−, la misma señora Andrómaca inocentemente y sin ninguna pizca de suspicacia, le propuso a su marido que la señorita Victoria debía venirse a vivir con ellos a su propia casa, dado que pernoctaba en una a considerable distancia de allí, aunque dentro del entorno de la vivienda original de la familia y, que fuera la antañona morada donde desde siempre residieron no sólo los padres sino también los abuelos de Felipe; originales fundadores de todo aquello.

  ...Se trataba ésta de "La Antigua", como todos por allí entonces le decían, sobre todo después que se construyera esa otra parte nueva mucho más amplia y adecuada a los nuevos tiempos, ocupada tan sólo unos pocos años por sus originales dueños, justo antes de morir y, donde ahora residían los actuales propietarios después de su matrimonio; herederos del lugar. La cual quedaba retirada como una media legua entre ambas.

  …Convirtiéndose este caso de la recién llegada muchacha con sus repetitivos viajes de ida y vuelta por el campo, en algo que se estaba haciendo harto incómodo para su buen desempeño profesional, debiendo ser llevada y traída a diario por el chofer de la finca en su vieja camioneta, vadeando en el trayecto un par de caños por entre gran número de reses y, toros bravos; sin contar con el acecho de los animales del monte, tales como zorros, linces, cunaguaros y serpientes. Aparte de repentinos torbellinos de pegones, aricas, guanotas, matajeyes y, lengua e’ vacas; que de pronto solían adueñarse del aire circundante en los caminos, haciendo de éste su campo de  batalla. Tornándose las cosas mucho más peligrosas y, aún más complicadas, para el seguro desenvolvimiento entonces, de la joven mujer.

    Cada día era lo mismo. Cuando Victoria tenía que cumplir el rutinario periplo de ir desde su lugar de alojamiento en aquella solariega casona, donde había sido ubicada por sus empleadores, para poder llegar hasta "La Casa Grande" de la finca y, viceversa; donde actualmente trabajaba.

“…La vetusta casa en cuestión estaba ocupada en parte desde hace tiempo por el chofer y su familia, junto con otros peones del hato; de quienes por lo menos, tenía su compañía. Los que por años vivieron en estos espacios con sus familias y, en contraprestación, cultivaban la tierra en medianía con el propietario. Sin embargo Felipe, entonces a cargo, los había dejado libres de este compromiso con claras reminiscencias coloniales, dándoles el tratamiento debido de trabajadores normales; una razón más, para ganarse el respeto y la confianza de todos ellos…!”

  …Así las cosas; iba y venía a diario la muchacha dando tumbos a diestra y siniestra en aquel viejo carromato, muchas veces bajo el calor abrazador del llano, sumándose a ello la solitaria compañía del introspectivo chofer, que durante todo el trayecto no emitía el más mínimo comentario o muestra de socialización, con lo cual pudiera entretenerse… Entonces ella, sólo podía evadirse de tan incómoda situación pensando en su familia y, en su propio pueblo. Por cierto, de similar o igual ambientación que este lugar donde ahora trabajaba pues venía, de otra zona del mismo Estado llanero en que las cosas son más o menos las mismas, a las de por aquí; por cuanto procedía específicamente de un lugar llamado Guarda Tinajas, aledaño a Calabozo.           

   ...Entonces Victoria pensaba enseguida en su viejo padre, don Eustorgio Sarmiento. Un hombre ambicioso aunque trabajador, pero que no había podido cristalizar de forma permanente ninguno de los proyectos que acometiera en su vida, buscando lograr la prosperidad, al parecer por siempre proscrita para él; quizás, por su desmedida afición al licor, el juego y, en sus tiempos mozos, también a las mujeres de vida alegre. Se esforzaba sin embargo por mantener unida su numerosa familia, la cual últimamente era sostenida con precariedad debido a su mala cabeza, pese a que tuvo momentos de alguna fortuna en el pasado; pero que hoy, bien pudieran catalogarse como de muy pobres…  Pensaba además, en cómo fue que ella había venido a recalar por estas tierras; por lo cual evocaría de nuevo a su papá, esta vez en su relación de amistad con el hombre que entonces le daba cobijo bajo su propio techo… Al respecto le habría dicho don Eustorgio, en alguna oportunidad, que se había hecho amigo del señor Felipe Gómez cuando ambos por mucho tiempo se toparon con sus rebaños de ganado en un sitio emblemático del llano conocido como “El encuentro”. Donde concurrían año tras año, junto a ganaderos y criadores de toda la región para transar sus operaciones de negocio; comunes a su propia naturaleza comercial. Al tiempo que aprovechaban la estadía en el lugar para recuperarse mientras se distendían un poco de la larga travesía desde sus lugares de origen, en tierras más altas ya sin agua ni pastura por aquella época; en su acostumbrado camino hacia estadios más ricos en esos elementos tan vitales y, con mayores oportunidades de alimentación para los animales. Especie de “tierra prometida”, algo distante aún de allí, bastante al Sur del Estado en  las proximidades al Orinoco.

(…El encuentro, como tal, en el llano, es un nombre que ya por siglos ha indicado a los llaneros un lugar de múltiples propuestas en el devenir estacional de sus labores con el ganado; y, en el caso específico del Estado Guárico, uno entre varios en el ámbito de esta extensa sub región en el país −Venezuela−, por supuesto también hay uno que se denomina igual. Donde por décadas además, ha habido un hato que por naturaleza, si se quiere, lo identifica. Sólo que este punto en la actualidad, no es ni la sombra de lo que otrora fue aquel emblemático y mítico enclave, durante los períodos inmediatamente pasados de su historia.

  …Empezó siendo el lugar en sus comienzos, básicamente una encrucijada de caminos en medio de la nada —se imaginaba la joven Victoria, recordando aquellas cosas que al respecto solía escuchar de su padre—, que tenía ante todo una vieja romana de machete bajo un improvisado cobertizo con un desvencijado retrete a unos veinte pasos, imprudentemente a favor de la brisa, muchos corrales en la vecindad usualmente repletos de buenas reses, junto a un puñado de terrosas y polvorientas rancherías de pernocta a su alrededor… Pero que, muchísimo antes, yendo más hacia atrás en el tiempo y, si uno se esforzaba en hacer el ejercicio imaginativo de divisar dicho punto en perspectiva aérea superior, sobre la sabana, entonces se revelaba sorpresivamente ante la simple mirada del observador algo así como el sepulcro de una gran cruz, emplazada en la pampa solitaria; incrustada bajo el relieve de su gramínea piel cubierta de mustios, greñudos y pajizos guarataros. Similar al resultado en la vieja usanza, de herrar el peludo cuero del ganado. Puesta ex profeso tan sagrada marca en ese preciso lugar, cuenta la leyenda, por una orden de catequistas coloniales de la iglesia católica cuando desfilaban por allí siendo sitio obligado en sus correrías, buscando sumar algunas almas indígenas a su causa; y, en su largo camino hacia el oriente. “…Al menos para entonces, porque con ello según así lo creían en virtud de sus acciones, sería después también, al paraíso”. Pensaría convencido alguno de sus Diáconos.

…Señalado el conocidísimo punto desde allí y, durante muchos años, cual relicario geográfico además, por las ruinas del humilde monasterio dedicado a San Nazario; ubicado a un costado del brazo izquierdo del gran "crucifijo enterrado". Con su sencilla capillita de oración, rodeada por un par de docenas de cruces de hierro y mampostería barata semejante en su persistente continuidad, a los abalorios de un rosario; en señal de las tumbas de los pioneros que se aventuraron por allí para caer rendidos al principio, bajo el curare de las flechas de sus autóctonos moradores durante la oscura centuria del siglo diecisiete… Pero incluso así, sería tal la determinación de los pastores nazarianos en su empeño por dejar una marca en el tiempo, que de todos modos fueron forzando a los nativos pobladores de aquellas comarcas a que fueran abandonando, de a poco, sus milenarias costumbres paganas de adoración; cambiando de raíz el significado cosmogónico de sus demiurgos ancestrales… Pasando a ser todo éso y, con el tiempo, el conjunto perfecto de elementos sacros de un clérigo exorcista para ahuyentar de por allí a cuanto ente demoníaco prevalido no sólo en su audacia, sino también en sus malas artes,  osara  invadir  aquellos "santos predios".      

…Sin embargo la sacralidad de aquel sitio de tradición añeja, de hecho se debatía dentro de grandes contradicciones; toda vez que con el correr de los años en lo adelante y, a fuerza de tanto andar de la gente que fue siguiendo la senda de sus originarios precursores en sotana, aunque no precísamente por su trabajo religioso sino en el aspecto exploratorio que estuvieron obligados a realizar, irían cambiando su faz topográfica de inocente emplazamiento de paso; a fuerza de ir arriando los hatos por sus empolvadas trochas y, buscando la mejor manera de abrirse camino hacia el Orinoco… Donde también fueron prosperando a finales del siglo diecinueve ya para el veinte, todo tipo de negocios vinculados a la actividad humana alejada de las urbes, y grandes concentraciones humanas; siempre con ese característico aire de cosa improvisada, de tienda de campaña, que si bien la encuentras hoy con algún grado de prosperidad, ya no será tan así para mañana… Con los típicos negocios en estos casos tales como bodegas, boticas, comederos, posadas, talleres de talabartería y, de herraje; cantinas de expendio de licor, tugurios donde se apostaba a las  cartas en diferentes juegos de envite y azar. En los cuales serían los preferidos el ajiley, que era sin duda el campeón; seguido del truco y la popular caída. Luego venían otros, también muy solicitados; carga la burra, siete y medio, batea, macuare, dados, tejo, bolas criollas y, uno que se puso muy de moda ya al final en la época de los años sesenta, llamado Rummy. Que tenía sus propias cartas, y eran de origen francés, muy diferentes a las habituales españolas acuñadas por la conocida firma peninsular "Heraclio Fournier"… Hasta uno muy famoso llamado “rojo”; que al ser sugerido por algún cliente tremendista queriendo jugarle una mala pasada a otro, un tanto despistado al desear saber éste cómo se jugaba el mismo, se forzaba enseguida casi automáticamente la imaginativa y bien cotejada respuesta del inoportuno mamador de gallo… Pudiendo ser ésta una, escatológica o, tal vez de muy mal gusto −según como se la viera−, a lo que simplemente decía aquel muerto de la risa: “…Si te agachas yo te co…” Ahí se detenía y, dejaba a todo el mundo en suspenso; para entonces aterrizar de refilón, rematando el muy zafio: “…O; si no, yo más bien te saco un ojo. Ja ja ja, ja ja ja!”.

…Pero además, había un anexo al local de los juegos que estaba reservado exclusivamente para otra función también ya distintiva del lugar en los últimos tiempos, expendio de una especie muy antigua en el mundo, por cierto. Construido groseramente por sus impulsores usando para sus fines algunos materiales sustraídos de forma vandálica de las ruinas de la iglesia de enfrente, otrora orgullo de los monjes Nazarianos; horrendo sacrilegio al que por cierto se refirió el último religioso de rango que por allí pasó, cuando iba a la toma de posesión de su diócesis en Ciudad Bolívar. Vaticinando entonces este Obispo que:

"…Los culpables de semejante bochorno, carentes del más mínimo respeto por las cosas del Señor, arderán calcinados irremediablemente por toda la eternidad, en las pailas del infierno; purgando así, aunque sea en parte, tan terrible latrocinio…!"

 "…Y; lo digo yo, que sé de éso. Sí señor…! Agregó; con convicción. Como si materialmente hubiera estado allá, en ese mismo lugar al cual se refería.  

 …Dicho local ostentaba en su identificación pintada con encendidos trazos de muchas vueltas y bucles, en color rojo encendido, el sugestivo nombre de su dueña: “La Madama”. Colocado groseramente en el elaborado pórtico de madera,  sobre la  puerta principal construida con el mismo material; ambas reliquias coloniales robadas del citado emplazamiento religioso pre existente… En definitiva, era un lugar muy concurrido donde pululaba a diario entre una veintena de clientes birriondos, todo tipo de damiselas; ofreciendo sus placeres cárnicos al mejor  postor.

  …Vino a ser en aquel sórdido entorno, en que Felipe Gómez y Eustorgio Sarmiento en un retorcido recodo de sus vidas, trabaron amistad por pura casualidad la primera vez, en sus tiempos mozos. Cuando echaban una canita al aire para aliviar sus penas durante las largas temporadas de tan caluroso estío, enfrascados en prolongadas sesiones de juegos, tragos y, también meretrices; las que poco a poco arropados por el disipado ambiente, dejaron de serles extrañas… Sería como por una infausta intervención del demonio en uno de esos años en El encuentro, en que Eustorgio Sarmiento en un arrebato de locura fue pasando de falda en falda por la pieza de cada fémina allí presente; en un extraño reto con unos desconocidos y, en que viera colgado sus calzoncillos en la misma percha junto a las pantaletas de cada una de tales señoras, esa misma noche. Mediante una absurda apuesta que de todos modos perdió pese a su titánico esfuerzo en un ardoroso despliegue de testosterona jamás visto en un hombre, en competencia contra el avieso jefe de unos vaqueros venidos del pueblo de Chaguaramas;  que no lo perdonaron a la hora de cobrarle. Para entonces enterarse un par de semanas después cuando ya no estaba allí, y todo se había consumado, de haber sido timado por el chaguaramero de marras y, La Madama en cuestión, en quien se habría confiado en su papel de depositaria y contabilizadora de cada uno de sus viriles actos tan bien agenciados actuando ella misma de mirona, muchas veces; pero no sabiendo el muy pendejo, que estos dos sinvergüenzas también eran amantes… Perdiendo en consecuencia aquel hombre en tan temerario e irresponsable lance, mucho más de la mitad del ganado que llevaba, provocando allí mismo una desbandada entre los peones que trabajaban con él y, hasta quedar enteramente solo.

  …A partir de aquello, entonces, se ahogaría Eustorgio con su impotencia hasta no tocar fondo en la infausta alberca del licor. Habría quedado en la ruina en ese mismo instante, de no haber sido por la oportuna intervención y ayuda en el conflicto, de su fortuito amigo Felipe Gómez —donde incluso salieron a relucir algunas armas de fuego aquella noche—; quien habiendo visto las posibles consecuencias de lo ocurrido, tuvo que anteponerse a los acontecimientos luego de la amarga situación generada en los días por venir, cuando  aún tenían que permanecer allí. Viéndose forzado a intervenir de arbitro apoyado en su propio equipo —que también andaba con sus armas al cinto, algo muy común en esa época y lugar; dispuestos a usarlas además, si fuese necesario—, para zanjar las diferencias; evitando así quedara Eustorgio en la lona como quien dice y, justo desde aquel mismo momento…!)

  …Recordaría Victoria con tristeza todo aquello, compilado al atar cabos de todo cuanto su propio padre le dijera y, escuchara decir a otros, a lo largo de su vida; en relación con el triste destino de su viejo.

     Por supuesto sería éste el último viaje que hiciera don Eustorgio por allí, porque a partir de aquel momento, muerto de la vergüenza, se fue sumiendo cada vez en la más terrible de las desgracias; al caer en cuenta del estúpido error cometido. Perdiendo de todos modos poco a poco lo que le quedaba, para costear la constante borrachera en que de sólito, se hallaba embebido; hasta quedar prácticamente en la indigencia.

    Cuando aquella insólita noticia de El Encuentro llegó a Calabozo, cundió como reguero de pólvora por toda la localidad y, fue a partir de ésta que aquel hombre perdiera todo crédito en su comunidad; por lo que ya nadie confió más en él.  Aquello fue como un círculo vicioso, porque mientras más rechazo recibía de sus vecinos, más se hundía en el licor y en el juego, hasta que tal situación llegó a oídos de su viejo amigo… Un buen día después de todo aquello, Felipe viajaría a Calabozo con el pretexto de visitar a su hijo Leoncio, quien entonces estudiaba para Cura en el Seminario de esta ciudad; pero en realidad, a lo que también iba  dispuesto, era a ofrecerle algún tipo de ayuda a su otrora compañero de farras, para apoyarlo de algún modo,  en fin, a hablar con él con el propósito de hacerlo desistir de su absurda actitud que cada vez, lo tenía más arruinado. Pero que muy pronto, además, lo llevaría a una prematura muerte.

     Se mantenía don Eustorgio en aquellos tiempos difíciles,  con uno que otro trabajito que hacían sus hijos mayores. Uno de ellos era, precisamente la primera, Victoria; quien para aquel momento de la visita de Felipe estaba recién llegada de la capital del País, donde había terminado con éxito y mucho esfuerzo, sus estudios de administración en la Universidad Central de Venezuela. 

         ...Continuará.

         ...Chao, amigos. Espero les haya gustado y, envíen sus comentarios. 

miércoles, 6 de enero de 2021

 


  Buenas noches mis amigos...!


...A continuación, el final del capítulo número doce del libro que hemos venido  tratando. Con lo cual, damos por concluida la primera parte del mismo. 


    La segunda parte de este libro lleva el nombre de su  protagonista y, es una historia única no por capítulos−,  de una niña que desde su nacimiento vino marcada con el sino de la tragedia. Sin embargo también llegó a ser una artista consumada muy querida por todos en el pueblo de La Atascosa, al que fue llevada de muy joven desde su pueblo natal, Altagracia; y, donde finalmente muere prácticamente de desengaño y, perdida en los caminos de la locura. Su nombre es: 

Bonifacia Alviárez.


...Pero esta parte, no será publicada aquí. Quizás más adelante. La próxima entrega despues de ésta, será el segundo libro de la serie. 




1. 2.-         Penúltimo viaje       



  …Vimos allí con asombro, varios de sus famosos bocetos de primera mano, incluso aquel cuyo nombre es el mismo del bar, inspirado por cierto en una escena nocturna del mismo; clara influencia del gran Henri de Toulouse Lautrec, que ya lo había pintado y, más antes también, Auguste Renoir. Asombrados incluso éstos −sus aventajados acompañantes−, por la metamorfosis que para bien del arte estaba experimentando aquel gran artista, sin lugar a dudas el más grande del siglo veinte, que habría entendido y concebido el mismo tan sólo como medio emocional de expresión y, no como una búsqueda de la perfección idealista de la belleza en sí.


  …Algo que ni siquiera ellos mismos, sin embargo, podían entender ni tolerar por lo menos al principio, cuál era la naturaleza de semejante cambio que por consiguiente lo alejaba del camino fácil, para retomar su trabajo con un nuevo enfoque; una y otra vez, pero siempre sin dejar de lado su inagotable búsqueda… Pues no se sintió tentado a sucumbir, ante el éxito alcanzado hasta aquel momento. Jamás ni nunca.



    Después de haber caminado varías veces por las mismas calles y callejuelas, aun hasta repasar quizás por las mismas sin saberlo, por fin, bien avanzada la tarde, nos topamos con la entrada del famoso bar; era casi de noche ya, por lo que de inmediato la atmósfera de su entorno nos hizo sentir la presencia de aquel gran mago de la plástica junto a sus amigos.


 Entonces sin pensarlo dos veces entramos y, quedamos asombrados por lo que allí vimos —tal como dije antes—; lo que es para mí, la más grande experiencia que haya vivido jamás en toda mi existencia. Al principio creímos estaría cerrado pero no fue así por fortuna y, sencillamente allí estábamos por fin; entonces nos sentamos primero en torno a una mesa en un rincón desde donde pudimos palpar en tiempo real, tal vez el mismo ambiente reinante de cuando aquel gran pintor, tras cuyas huellas andábamos. Luego cambiamos de lugar varias veces durante nuestra estadía en el mítico bar, donde alternábamos cómodamente con algunos otros visitantes de los que algunos dijeron, habrían venido por razones similares a las nuestras… Todo era bullicioso, un solo jolgorio, "pero al mismo tiempo poseía un cierto orden y calidez característico diría yo que con las audaces, monocromas pincelada cruzadas y, de masas geométricas, dentro de una rica composición cubista" —apuntaría con certeza mi amigo Hildebrando, en aquel momento.

"…Antojándonos emocionados de ver en las muchachas de la curvatura en una de las esquinas de la amplia barra, a tres de ellas que hablaban descuidadamente con sus copas de licor en mano, de meñique levantado y, haciendo gestos parecidos a los de "Las señoritas de Aviñón"; donde observamos una, parada del lado derecho, que pese a su particular belleza tenía cara de perro bravo y, otra, sentada en un puff giratorio, un poco más abajo, con el parecido a la cabeza de un poni de esos que insertan en la silla de las barberías para que los niños se entretengan, y se queden tranquilos mientras los afeitan… Parecía más bien que llevaran máscaras, recordando aquellas usadas por los Zulúes y, otras tribus africanas, como las del Congo; cuando se enfrentaban a sus enemigos especialmente los del ejército belga, enviados por el rey Leopoldo.

  ...Incluso había al centro, entre tapas y snacks, un platillo a modo de naturaleza muerta con variadas frutas donde destacaban unas, aún con las turgentes formas del fruto más preciado de Dioniso (…Dios del vino y la vegetación en la mitología griega el que curiosamente, según la tradición, moría cada invierno y, renacía en la primavera; constituyéndose por tanto en un símbolo de la resurrección de los muertos. Algo muy conveniente para aquellos dos amigos que de nuevo, una y otra vez querían volver a estar por siempre allí, en ese mismo lugar.); que estaría provocando ya en todas ellas, ciertos movimientos parecidos a los ejecutados por las Ménades…!" —Anotaría Hildebrando,  al reverso de uno de sus dibujos a sanguina, de aquella escena; del que a su vez me pidió tomara una fotografía y, también al grupo de damas en cuestión, contra la barra.

    Hildebrando hizo allí aquella vez muchos dibujos, y estuvimos bastante rato divagando por ahí entre los parroquianos dentro del local, tomando varias fotografías que aun guardo con ilusión, para luego marcharnos; cuando la noche se había apoderado por completo de la ciudad, razón por la cual nos preocupamos al no conocer muy bien el sector donde nos encontrábamos. Incluso para   mí. 

   Fue necesario pedir ayuda a un gendarme de La Suretté que divisamos apostado en un cruce de vías, el cual para nuestro alivio accedió a ayudarnos. Estaba impecablemente vestido con su uniforme azul rey de grandes botones dorados y, un broncíneo casco con cimera en punta de flecha; gesticulando enérgicamente hacia los lustrosos vehículos que pasaban en un sentido y en el otro por las avenidas, mientras de vez en cuando hacía sonar un silbato esponjando sus cachetes aún más y, cuando esto hacía, veía moverse cómicamente sus mostachos; haciéndolo parecer por lo menos, a éste en particular en ese instante, como a un personaje infantil de esos que están grabados sobre algunas coloridas cajas de hojalata, donde vienen las galletas.

 

 

 Aquel mismo año antes de volver al país, en su seguimiento a ese maravilloso artista que fue Pablo Ruiz Picasso, Hildebrando viaja solo a Barcelona, España; con el propósito de lograr respirar —según me dijo—, la misma esencia de vida bohemia en otro lugar muy significativo durante la existencia de dicho artista. Sobre todo en sus inicios, cuando entonces era muy joven, el cual no podía ser otro que el emblemático café, “Els Quatre Gats”. Cuyo dueño Pere Romeu era su amigo y, con quien podía verse en sus propios retratos sobre las paredes, el que habría tomado como modelo de su negocio, uno de Paris donde fue socio con otro, Robert de Salis; y, esta fue, la “Taverne du Chat Noir”. Razón por la cual el estilo de este café catalán, era casi un calco al carbón de aquella taberna parisina.


Fue muy grato ver, por ejemplo, una copia del menú del café con asombrosas caricaturas de sus amigos y asiduos visitantes junto a él, en este famoso bar; al mismo tiempo, puede uno recrearse en la sala de representaciones teatrales del lugar, con las obras de su primera exposición individual allí; siendo él todavía un imberbe principiante. Pero ya, aun en estos ligeros trabajos se percibía claramente el embrión de la extraordinaria potencia que a futuro tendría su desempeño en esta materia.


Después de haber vivido grandes e inolvidables experiencias en el viejo continente, finalmente volvió Hildebrando de nuevo al país. Llegó a Maracay un día domingo, casualmente tan igual al menos sobre el almanaque, a como fuera aquel de su arribo a Paris, cuatro años antes; pero ahora, era el año1975.

 

La semana siguiente se embarcaría en un bus del viejo terminal conocido como la ARC en Maracay, muy cerca de la plaza Girardot, que  lo llevaría a San Juan de Los Morros para luego seguir camino al pueblo de La Atascosa, adonde llegó al día siguiente en horas de la tarde; cuando el tramo final desde Chaguaramas a tan sólo treintiún kilómetros de su destino lo hizo mediante una afortunada cola, en uno de los dos últimos buses que aún quedaban del famoso y legendario "Transporte Micouqui" —que ese día como aquel, venía del mismo lugar a donde por primera vez salió de su pueblo, para ir a Valle de La Pascua a sacar la cédula de identidad—, conducido casualmente por su Tío Pánfilo. Quien en ese momento −según dijo−, le hacía “el quite” al señor Jesús (Chucho) Bianco, que estaba de reposo por una afección no muy grave y, era el chofer   oficial.


 Cuando finalmente llegó a casa en su pueblo, tenía para ese momento cinco años por fuera, quedando  invadido de una gran nostalgia por todo lo acontecido en su vida —quizás también, de seguro, por no haber culminado exitosamente por lo menos en lo académico, sus estudios actorales allá en Francia—, al ver y sentir de nuevo todo aquello que le rodeaba; pero, ciertamente, reafirmándose en una clarísima convicción puesta de manifiesto al parafrasear al gran Neptalí Reyes −Neruda−, cuando dijo: “Confieso que he vivido.”…Algo que se acostumbró a decir justo a partir de allí, según lo explicaba, por todo el arte que vio, sintió, padeció, disfrutó y aprendió allá; cuando ahora estaba aquí, ya en su querido pueblo y, en unión para siempre, de su gente que lo acogió de nuevo con la calidez del recibimiento sencillo pero, profundamente auténtico. Colmado de todo el amor del mundo, como ningún otro.


…Mientras pasaban los días y se aclimataba de nuevo en sus antiguas costumbres pueblerinas, al caminar otra vez calle abajo por donde nació, Hilario de pronto estaba parado frente al mismo lugar donde quedaba aquel basurero que junto a sus amigos de siempre, que entonces no estaban esa vez a su lado, llamó “La Biblioteca” −que tampoco ya no estaba allí, como tal, pues lo habrían mudado a otro lugar−; por lo que todo el lugar se veía limpio, aunque completamente solo.


…Fue así, en ese preciso instante, cuando comenzó a fraguar en su mente la espectacular idea de construir un apropiado local allí, donde funcionara su auténtica biblioteca, una de verdad, real y tangible; como un merecido regalo para su pueblo… Estando en ese trance pensó en otro amigo suyo, el Arquitecto Juan Trias, quien para el momento sabía que vivía en Turmero, abrigando la esperanza de que al saber de sus planes éste también participaría; seguro como estaba de ser aquel hombre un aliado incondicional de las causas nobles. Por lo tanto, se convenció de que al planteárselo, muy pronto todo aquello sería una auténtica  realidad. Claro está, para esto habría que buscar dinero el cual pensó sería aportado por los organismos oficiales, si lograba hacerse una buena presentación y justificación del proyecto; en lo cual, además, su amigo Trias de nuevo ayudaría,  pues él tenía buenos contactos en el gobierno y, era un experto en estas cosas.

…Ahí mismo comenzó a imaginar cómo sería el edificio. Pensó en un amplio galpón a dos aguas, con unos sesenta metros de fondo por doce de ancho. Su altura hasta la cumbrera, unos diez metros; con seis columnas de orden Jónico al frente, distribuidas de la siguiente manera: Dos al centro, definiendo la puerta de acceso con una luz entre ellas de unos cuatro metros, las otras cuatro a los lados, retiradas unos dos metros entre ellas.

    Estas seis columnas sostendrían en la cima, un pórtico triangular que serviría de pantalla o marquesina, donde estaría escrito un sencillo poema grabado al friso, dedicado al burrito Bibliotecario. "¿Lo recuerdan?" Motivo central de inspiración junto con el basurero, en este proyecto… Y; allá en la cúspide, en línea con la cumbrera del tejado sobre el resto del edificio estaría una estatua en bronce de aquel humilde animal, que por lo general suele considerarse como antítesis del conocimiento, en la memoria colectiva del pueblo en general; o, del mundo…?

 

    De allí el homenaje al jumento, con sus lentes y todo. “Comiéndose en ese momento una revista, cual auténtico bibliotecario" como antaño lo dijera el amigo Roger Meza y, aunque en su caso, en actitud lectora como fuera visto en la instantánea fotografía hace ya tantos años; y, lo cual causara en nosotros aquella tremenda impresión ciertamente tan grata. Siendo el poema en el pórtico, en su honor, más o menos en este tenor:     


                                                      I

                         

                                        “...El burro Bibliotecario

                                            de la estirpe de Platero

                                           vino a saludar a Hilario

                                     quien ha vuelto por sus fueros

                                                           

                                                            II

                                        …El burro Bibliotecario

                                       medio hermano de Platero

                                       le confesó ese día a Hilario

                                     ¡Lo que cago es un tintero!!!

                                         

 

                                                           III

                                        …El burro Bibliotecario

                                          el del Hato Buena Vista

                                     le contó de nuevo a Hilario, que

                                            en lugar de los periódicos

                                          lo que come son revistas

                                              

 

                                                                IV

                                  …Bibliotecario aquel jumento

                                        Aficionado a las gacetas

                                   Dijole a Hilario ¡Un momento!

                                       Si no es por una de éstas

                                          Me moriré de jaqueca

                                                   

                                                                V

                                   …Bibliotecario en el almuerzo

                                          Se postrea con papelón

                                          Poniéndole de aderezo

                                        El reportaje a Tío Simón…!”

 

 

                                            

 …Así —siguiendo con los pensamientos de Hilario, evocando la descripción de lo que sería el edificio para la biblioteca de sus sueños, en sustitución de aquel famoso basurero de su infancia—; las dos columnas centrales con el portón que franquea el acceso al interior, serían tres metros más cortas que sus compañeras a los lados las cuales son de ocho. Amarradas arriba las primeras, cerca de la cima, mediante una estructura de hierro forjado que contendrá el nombre de la institución entre ellas y, la cual actuará, en sí misma, como dintel sobre las jambas que finalmente abrazarán los vanos de la puerta principal... Férreamente dibujado el escrito de la identificación por adornados sarmientos, de curvados y ensortijados bejuquillos con sus hojas, aun con frutos, a semejanza de la enredadera de una vid en un parral; donde claramente podrá leerse en cursiva, casi que de corrido: “La Biblioteca”.


 …Arriba, por encima del armazón de hierro con el nombre, a ras de los capiteles de dichas columnas con respecto a la parte inferior del  marco de acero del escrito y, en la parte superior del mismo enrasado todo esto por una viga de corona con cornisa sencilla a ese nivel, estarán enhiestas −paradas en la vertical de las columnas centrales−, sendas estatuas en bronce bruñido y patinado hasta llegar al nivel superior de las columnas restantes a los lados; representando la figura de una humilde mujer de falda larga, un poco más arriba de sus tobillos… Un brazo levantado sosteniendo con su mano e inversamente —la efigie de la derecha sostiene el cesto con el brazo izquierdo, mientras  la otra lo hace con el derecho—, una cesta repleta de manos de topochos en la cabeza; la cual también sirve de capitel a éstas. Conectado todo ello por sendos arquitrabes sobre las seis columnas en conjunción con el entablamento de amarre que las une; y, sobre todo lo cual se asentará la prometida marquesina con el poema dedicado al borrico. El que a su vez estará posado allá, aún más arriba, en la cúspide; como ya quedó dicho. Completando así finalmente una especie de frontispicio algo elaborado que a futuro, sería la característica más resaltante de la construcción; sede de esta muy particular institución —recreada en un solo instante por la sagaz imaginación de Hilario.


 …En similitud todo aquello salvando la distancia, al efecto arquitectónico de Las Cariátides, en el Erecteión; monumental templo de la Acrópolis ateniense, en Grecia.

La presencia de las efigies de aspecto femenino sobre la puerta complementando sus columnas de soporte, similares pero alternas, en el contexto general vienen también a homenajear a las distintas mujeres del pueblo que con su trabajo duro —aparte de ejercer el de madres—, son las forjadoras de futuro; además contribuyentes en el fortalecimiento de la economía familiar y, mejoradoras innatas de la calidad de vida de sus hijos. Y de su gente en general, siempre con su desinteresado aporte.

 …Es grato recordar por siempre y, por lo tanto, mientras transcurrían los años mozos de la vida de Hilario en aquel pueblo, la singular presencia de sus combativas mujeres: Leocadia, Leoncia, Misael, Arcadia, Macaria, Pancha, Pomponia, Domitila, Dorotea, Elvia, Damiana, Arsenia, Loida, Luisa, Teresa,  y Micaela; por nombrar tan sólo algunas que ahora vienen a mi mente −según él me lo dijo−. Que en el devenir cotidiano de sus vidas transitaban por sus calles, mientras ejercían el trabajo de acarrear sobre sus cabezas, distintas clases de productos; necesarios para la subsistencia propia y ajena, en el seno de su comunidad.

 

"…Cual desafortunadas habitantes Carias, allá en la vieja Laconia, sometidas por la acción de su destino a pagar la bochornosa traición de sus conciudadanos varones; quienes abrazando alianza con el enemigo funesto, las condenaron a sufrir las más penosas labores. Por eso es que, con su esforzado trabajo cotidiano se asemejaban mucho estas mujeres atascoseñas, a estatuas vivientes llevando a diario su pesada carga; al igual que aquellas del lejano pasado, llamadas Cariátides…!" —Anotaría Hilario, en su viejo cuaderno de apuntes.


"…Por eso es que al leer esta nota también me acuerdo —diría Norberto Montiel, El Golfo, recordando a su entrañable amigo—, tal cual me lo comentara Hilario un día, allá en Paris, estremecido de la emoción cuando pensaba en sus querencias; acerca del singular andar suave y sincronizado en muchachas y señoras, de su querido pueblo. Con sus respectivas azafates, cestas, o bateas en la cabeza repletas de frutos del campo; pan de horno, dulces y, conservas… Además de los insustituibles haces de leña de cujíes y de otras resecas chamizas, indispensable en esa época y lugar para sostener el fuego necesario que produce la magia; convertidor por ejemplo, de cualquier simple verdura en un rico manjar… Llegando hasta allí además tras la conversión de esa humilde leña en fuego, el legado histórico universal representado en aquel acto donde el osado Prometeo, sustrajo de la fragua de Hefesto la fulgurante llama de su hogar.


 …Entrega por demás incondicional que lo condenara a padecer, los más terribles castigos; encadenado a la más alta y lejana roca. Sufrimientos despiadados a que lo sometieran las terribles Erinias por mandato del mismísimo Zeus, convertidas entonces estas deidades ctónicas, en infernales e insaciables pajarracos ejecutores del castigo olímpico supremo; picoteando las entrañas del valiente sentenciado una y otra vez. No obstante,  algo que para el astuto Titán hijo predilecto de Gea, consideraba valió la pena; en beneficio de la iluminación y el intelecto para todos los hombres, sobre la faz de la Tierra…!"  


                                             ---  o  ---


…Mientras tanto, en el recinto de la “verdadera Biblioteca”; que ya no más el basurero aquel, de los tiempos de su infancia, aún seguía imaginando Hilario.


   Cuando accedemos a ella nos enfrentamos a un largo y amplio pasillo central, pero de inmediato la vista del visitante es obligada a dirigirse hacia lo alto y al centro, donde se halla suspendido mediante cables un elaborado vitral multicolor a través de cuyos planos se tamiza, la luz solar que entra a raudales al lugar; por las claraboyas en el techo y, los ventanales a los lados.


"…La majestuosa pieza vítrea, elaborada y colocada en su lugar por Hilario con sus amigos de la Escuela de Artes y Oficios de Maracay —Luego Escuela de Artes Plásticas Ramón Narváez—, escenifica pasajes de la guerra de Troya; en los cuales se confunden con los hombres en el fragor de la dura batalla, también los dioses del Olimpo… Junto a briosos caballos que con los ojos virados, el cuello torcido en un titánico esfuerzo por mantenerse con vida y, temerosos de ser pinchados en exceso por las inclementes espuelas de su propios jinetes, se resignan a soportarlo y hasta les dan las gracias cuando estos en alerta máxima, ante tanta muerte por doquier mueven las riendas con violencia, nerviosos, quitándose de encima para cualquiera de los dos el desastre de una ensangrentada pértiga.


Que peligrosa entonces vuela por los aires en medio de los intimidantes carros falcados, las flexibles lanzas de fresno, diamantinas espadas, puntiagudas picas, terríficas mazas y, escudos de boyunos cueros; haciendo un terrible juego con atemorizantes yelmos portadores de la cimera en crin. Cuando unidos estos últimos al innato espíritu asesino del ejecutante del infame acero, salen a relucir en quien los portan las improntas del gran Diomedes Tidida; a la par de las del Laertíada Ulises por la izquierda, Áyax Telamón y Áyax Oileo a la derecha.


…Mientras por el centro del terroso descampado pareciendo ser testigos en medio de la oscura polvareda, el crujir de la batalla y los quejidos de los muertos, se percibe la más flagrante violación del pacto de honor por los funerales del héroe griego caído; cuando ya se empieza a ver arder mas allá, prácticamente, el túmulo funerario en honor del fogoso, fiel y malogrado Patroclo.


…Ante cuyo exangüe cadáver permanece estoica, en sacrosanto silencio, la flor y nata de los aguerridos ejércitos Argivos, en especial Los Mirmidones. Quedando más abajo en la composición la divina figura del predilecto de los dioses, hijo de Tetis, el por siempre esforzado Aquiles de la gloriosa estirpe del justiciero y piadoso Éaco; rindiendo homenaje póstumo a su malogrado amigo y pariente, al poner según la tradición sobre sus apagados ojos las monedas que espera le den, el salvoconducto último ante Caronte. El eterno barquero del Aqueronte, siempre en sus incansables viajes de ida y vuelta a través de las candentes y sanguinolentas aguas de tan legendario rio, trasegando almas al inframundo.


 …Y, colocado de rodillas el glorioso Pelida en la cruda estera de esparto donde yace el cuerpo sin vida del imprudente joven, se ven caer sus lágrimas sobre la cobertura de la entrecruzada plataforma de troncos de álamo, con claras reminiscencias ecuestres; la que dramática se eleva contra el cielo encapotado de Ilión, por entre las negruzcas y ensortijadas volutas de humo, con sus patas abiertas parecidas al del engañoso caballo de Troya que, semi enterradas en la playa daba la impresión anticipara sobre los Teucros, la terrible cólera del Eácida.


(…Parido después de aquello por la ágil e inquieta mentalidad del Laertíada Odiseo, cuando transido de dolor observaba todo al concluir el entristecido acto. Tan atroz e infalible sería, que ni siquiera la perspicacia del brillante y avisado Laocoonte sacerdote de Apolo, lograría hacerlo derribar. Cuando dijera aquellas sabias, necias palabras pronunciadas en primera persona y, ante la presencia del mismísimo rey Príamo, advirtiendo a los teucro sobre un engaño…Sellando con ello su propio y cruel destino junto a sus dos hijos, muertos todos en el acto devorados por dos gigantescas serpientes que de pronto, vieron con pavor cuando emergieron de las encrespadas aguas. Las que se dice  fueron enviadas en castigo, por la diosa Palas Atenea; cuando entonces el religioso acababa de expresar su desconfianza, de parte de los dánaos —allí mismo ante el monumental obsequio sobre la playa— y, aún cuando estos trajeran regalos. Tal y como lo dejó dicho para la historia, casi que como un cruel epitafio digno de quedar escrito sobre su tumba: "Timeo Dánaos et dona ferentes…!”).


 …Rodeadas todas aquellas escenas, de crepitantes antorchas emitiendo violentos chasquidos con informes figuras de un humo denso, parecidas a caprichosas deidades aladas enviadas al combate por el dios Ares y, ya listas para la venganza; dándose tales ocurrencias por sobre las gibas de la negra arena apilonada por el ponto durante siglos, sumándolas a las tierras de la gloriosa Troya…!" −Según pude leer, y confieso que me gustó mucho, de puño y letra de mi esclarecido amigo.


…Así; al bajar la vista nuevamente nos ubicamos de vuelta en la humana realidad, para luego ver los otros detalles de la útil construcción. A los lados del pasillo central, separados de éste regularmente y, contra las paredes, están las salas de lectura, anaqueles repletos de ordenados libros, revistas, y periódicos; a una y otra mano dentro del  amplio espacio. Y; allá llegando al fondo, las oficinas, depósitos, y sanitarios. Más allá, en el fondo de la edificación, es cuando aparece la gran sala de exposiciones, con su espacio reservado para la curaduría.


 …A medida que Hilario se iba imaginando  todo aquello −según escribió−, podía ver una multitud de jóvenes entrando y saliendo de “La Biblioteca”. Lo que hizo pensara aun más allá, que estaría siendo testigo quizás en ese hipotético instante, del avistamiento de los futuros buenos y necesarios gobernantes para todo un país, de toda una nación; para todos y cada uno de sus habitantes sin exclusión ni distingo alguno… Sin perniciosas ideologías políticas, algunas de las cuales han hecho tanto daño. Tampoco raza ni religión, mucho menos posición social; en fin, por nada de éste ni de ningún otro mundo.


"…Por todo eso es que entonces, descorro el velo de la vida mezquina, individualista, de oscuros matices que al final sé, sucumbirán; ante la avasallante luz del conocimiento humanista universal que fluirá a través de las “claraboyas” de ésta, añorada biblioteca nacida en buena hora, de forma increíble, de un humilde basurero… Cual flor de loto, que pese  a su extraordinaria belleza nace, crece y, se desarrolla en el barro; aun siendo éste, como es sabido, mísero y mugriento… Como ahora en este caso, aquí en mi pueblo querido y olvidado… De siempre y, para siempre…!"


…Concluía finalmente así, en sus notas, Hilario Coba. Mi entrañable amigo Hildebrando; O, “Hilde”,  como con tanto cariño  mi  hermana Matilde —tal vez su amor frustrado—, y yo, solíamos decirle. Cuando cada domingo nos visitaba en casa.


“…Más tarde, después de Hilario haber estado absorto frente a tan emblemático lugar en la muy querida calle del pueblo donde nació, regresaría a su casa para luego proceder a escribirlo todo en un viejo cuaderno que con los años conseguí, de mano de sus parientes; y, se trata de estos extraordinarios pensamientos relatados aquí, que se cruzaron por su mente durante aquel su último paseo. Calle abajo en La Atascosa y, más allá…!


                                              ---  o  ---



 …Y; como siempre, una y otra vez la misma figura. Repetitiva, persistente, para entonces dolorosamente nostálgica. Con un Norberto Montiel −El Golfo−, agobiado por la soledad después de unos terribles fracasos en que perdió su familia, los amigos y, ahora, estaba allí en la cárcel, debatiéndose entre la vida y la muerte (…Cuando presuntamente habría hecho una mala defensa de unos tipos con muchísimo dinero, supuestamente ligados al mundo del narcotráfico, pero que él creyó por su cercanía con el gobierno de entonces —con algunos de cuyos miembros aquellos hacían sus negocios—, eran tan sólo afines con su otrora pensamiento ideológico; donde obviamente, las cosas no le fueron del todo favorables…!); y, pagando tal vez sin tener culpa el resultado de haber resucitado, el coqueteo con una vieja fantasía. Aún infestada, con sus vetustas ideas sobre la pretendida aventura de izquierda que creyó conquistaría al mundo entero, empezando por toda América. La que siempre habría soñado; aún vigente en su memoria, desde aquellos viejos tiempos de estudiante en la UCV.


…Y, otra vez:



“…De pronto, finalmente, como impulsado por un resorte Norberto Montiel alias "El golfo" se despertó, cuando escuchó una vez más el agudo y persistente sonido de un característico silbato ya muy conocido y, como siempre, acompañado por un rumor trepidante… Cuando cayó en cuenta que había sido traído de nuevo al mundo real, por la inoportuna acción del paso del ferrocarril que corría allá atrás, por encima de su casa —entonces restaurada, remozada y adaptada a los nuevos tiempos—; pero en su querida Maracay. Una clara analogía citadina que lo retrotrajo a viejas vivencias parisinas, junto a su recordado y entrañable amigo Hilario; o, "Hildebrando Brando". Con cuyos relatos había estado soñando un buen tiempo, antes del paso de la rumorosa máquina…!”.


 …Le pareció tan creíble esta misma secuencia después de tantas veces repetida, que en verdad aún entonces, la creyó real; pero no, esta vez algo había cambiado −ya no en sueño, sino en la vida real−. El Golfo se restregó los ojos con el dorso de ambas manos y lo que vio, le dieron ganas de llorar. Estaba tirado en el suelo sobre unos sucios periódicos, en un rincón de una pequeña, húmeda celda, de paredes mohosas y barrotes oxidados; acompañado con un pertinaz aroma de orín, que emanaba regado por la escuálida brisa, desde un cercano y mugriento retrete… Entonces, escuchó quizás por última vez el silbato del ferrocarril, que pasaba justo ahora por detrás del penal, en los valles del Tuy. Luego, tan sólo dijo: 

 

                                            “…Dios mío, qué he hecho…!


.    

      ..Chao, chao, mis amigos...!

 

 

          ...Buenos días mis amigos. Hoy les traigo la tercera parte del capitulo numero  cuatro de mi libro "Andrómaca y Felipe",...