martes, 16 de noviembre de 2021

 


   ...Hola, buenas noches. A continuación la tercera parte del capítulo 1.3 de Andrómaca y Felipe.

1.3.-  —La Confesión—


     Entonces Felipe, viéndose inmerso en los acontecimientos que estaba viviendo por aquellos días, tampoco atinaba a entender por qué todo esto estaría ocurriéndole; cuando en el pasado en situaciones similares vividas por otras personas, era él precisamente quien más las criticaba. Y; entonces cuando en estas cosas pensaba, enseguida evocaba la figura de su humilde aunque sabía abuela, doña Heriberta. Quien para casos como el suyo solía expresar:

“…Ayayay mihijito, ayayay…! Es que naiden, pero naiden, escarmienta en cabeza ajena. Uhmjú…!”

…Cuando esto recordaba, Felipe sentía que le escaldaban la piel a latigazos, pero sin embargo y, sabiendo que la abuela tenía sobrada razón entonces más bien se solazaba en sus palabras y recuerdos. Así que, como contrapartida del dolor que todas estas cosas que ahora siendo adulto le ocasionaban, traía a su memoria algunos episodios gratos de su lejana niñez —en verdad una cosa de niños; al menos, comparado con lo que hasta hoy estaba viviendo—, mientras contemplaba la delicada figura de Eliodoro dormido inocentemente, aún en su regazo.

…Así; recordaría Felipe en ese momento la vez aquella siendo muchacho y, durante una de sus tantas travesuras, cuando entonces quedó atrapado entre centenares de espinas que le infligieron un intenso dolor en todo el cuerpo; lo cual sucedió cuando la abuela, una tarde como era su costumbre, le pidió que fuera al monte y trajera para la casa un bojote de buena leña. “…Pero eso sí, que sea de cujiyaque…!”  —Sentenció.

“…Luego yo −evocó−, queriendo combinar como era mi costumbre el trabajo con la sana diversión, se me ocurrió llamar a mi amigo de siempre; “Anguito”. Su propio nombre en la pila bautismal era en verdad, Ángel. Ángel Ramón Lezama. Su padre don Liborio tenía un arreo de burros y unos conucos por los lados en que estaban los cujisales de la leña; y, como sabía que a esas mismas horas los animales debían ser llevados a pastar por aquellos predios, entonces me animé a ir, a buscarlo.

…Ya junto al amigo, montamos en pelo en un par de burros del grupo que llevábamos, los cuales solamente tenían por aperos un sencillo lazo de cabezá hecho con unos precarios y, ajados mecates de yute; para de inmediato, taloneando a los briosos jumentos salimos disparados en una sola carrera por las calles del pueblo desde el patio de la casa de Anguito, hacia lo que todos llamábamos “el  monte”.

  ...Era muy divertida la alocada cabalgata en lomo de aquellos animales, a lo largo de las calles y en zigzag por entre las gentes, los carros y camiones. Los conductores en la calle se asustaban con el tropel y la algarabía en el desbarajuste, complicando aún más la situación los otros muchachos del barrio que nos seguían y, que a lo largo del camino se alborotaban también, sumándose en carrera a pie detrás de nosotros en toda aquella frenética locura en que íbamos… Incluso, en otra oportunidad como ésa, el burro de Anguito que era el más díscolo entre todos, en un acto de soberana y hambrienta torpeza se metió por la puerta de la sala de la casa del telegrafista del pueblo; al verla abierta, justo al entrar su esposa doña Domitila llevando un frondoso racimo de topochos pintones, puesto en un rollete sobre la cabeza. Esto fue todo un episodio, esa vez… Ya lo verán más adelante…!

 …Pero siguiendo con el tema de la leña para la abuela Heriberta aquella espinosa tarde, dejamos atrás la última calle del poblado sumida en un pandemónium y, haciendo gala de avezados jinetes en ciernes enfilamos la carrera a través de un feo basurero a las afueras, donde la gente botaba toda clase de peroles, escombros de construcción, sucios cachivaches, y viejo artefactos domésticos en desuso; “donde curiosamente alcancé a mirar por cierto a un triste rey zamuro parado en ese momento, encima de los restos mortales de un ventilador de pedestal, todo enclenque y, ya vencido. Por tanto, ambos iguales en su desgracia…!”  

…Justo al caer en un suave y hermoso manto de paja Guarataro perfectamente aplanada, peinada, pigmentada de forma electrizante aquella cálida tarde no se sabe por qué causa; o, efecto natural. Que más bien parecía una cobija vegetal cuyos destellos policromos en su variada gama de verdes al sol, en combinación con las ráfagas de brisa que discurrían a través de nuestros afiebrados cuerpos al galope, daba la sensación de que nos introducíamos en otro mundo. Uno muy diferente. “…Enigmático y fantástico a la vez, cual los recreados por el mismísimo H.G.Wells; vistos en constante movimiento, desde su asombrosa máquina del tiempo…!”  —Recordó en éso el joven Felipe, de una vieja película; entonces de actualidad.    

  …El maravilloso lugar por donde sudorosos corríamos −sentía yo−, era conocido sin embargo por todos en la Atascosa  como “La Salineta”, y era un sitio muy normal. A cuyos lados tenía por la izquierda  los más  variados arbustos y frondosos árboles: Mamón, Tadare, Matapalo, Alhelí, Pino criollo, Lirios, Pata e’ Ratón, Indio Esnú, Drago, Javillo, Guácimo, entre muchos otros; con una muy conocida quebradita de frescas aunque a veces turbias aguas, que iba serpenteando por entre sus raíces. Seguida a intervalos por abejucadas y retorcidas matas de Coco e´ Mono, sostenidas al sinuoso borde del barrialoso barranco que se formaba; cuyos enigmáticos frutos son unos cuencos de color marrón  oblongamente acampanados y, aterciopelados, que cuelgan dramáticamente de una hebra de bejuco que los une al pequeño arbolito.

     Los que al ser movidos acompasadamente por la suave brisa y, debido a sus pequeñas marcas semejantes a ojos que también tienen, cerca de la base del bejuquillo, entonces el visitante ocasional que los mira de pronto queda invadido por la impresión misteriosa de la observación furtiva, casi voyerista, de algo o alguien que lo acecha;  al desnudar su cuerpo para refrescarse en el plácido curso de agua.

“…Es más; a veces creen oír los bañistas el característico griterío de una horda de Araguatos con sus rostros semejantes a dichos cuencos —en forma de las enigmáticas caritas que cuelgan de los árboles en las dos orillas del caño—; que intimidantes y mostrando sus amarillentos colmillos, se avecinan  al lugar y, peligrosamente, vienen armados con sus bolas de excremento dispuestos a bombardear al intruso. Ahora también, asustado nudista…!” —Se imaginó de nuevo, Felipe.

 …Del lado derecho de La Salineta, en cambio, discurría un largo bosque formado por agrisados cujíes —objeto de la vespertina búsqueda, al menos para mí—, espinosos Punterales,  y una sucesión de mogotes de enrevesada tramoya que con estos se unían y, la gente del lugar suele llamar “Jalapatrás”; cuyas largas y curvadas espinas en sus ramificaciones flexibles como resortes, dan la sensación a la desafortunada víctima que cae en sus garras, de ser succionado al interior de sus entrañas. Que en combinación con el temor y la ansiedad por su dolorosa atrapada, le transfiere a estas plantas un verdadero respeto.

 …Fue allí precísamente en una de éstas,  adonde fui a parar aquella vez cuando perdí el control de la cabalgadura al romperse el debilitado mecate que usaba a modo de riendas, haciendo que el burro pegara un brinco en sentido contrario a donde pugnaba yo por dirigirlo; saliendo disparado de inmediato por los aires, para aterrizar dramáticamente en el mismo centro de una de aquellas temibles  marañas, succionadoras de hombres.

…Lo que ocurrió después como podrán imaginarse, fue una penosa y delicada acción de rescate, por parte de un piquete de parroquianos que armados de sus filosos machetes acudieron al llamado de Anguito, quien tuvo que regresar al pueblo y volver con ellos, para ayudarme en aquellos dolorosos momentos de apuro…!)

     Mientras Felipe estas ya lejanas cosas recordaba, sólo deseaba algo así como el imposible lo cual era poder retroceder en el tiempo —verbigracia, al estilo del imaginativo autor inglés ya citado—; para poder hacer las correcciones de los errores en los que había incurrido a lo largo de toda su vida, especialmente en el último de sus tramos.

     Es por eso  que la evocación de aquel dolor, causado por las espinas del Punteral y el Jalapatrás en tiempos de su niñez, lo cual él creyó en aquel momento como el dolor más terrible que jamás había sentido, tan sólo era eso y nada más; un juego de niños. Comparado con el que en su adultez, habría de experimentar. Era este pues, el de ahora, un dolor terriblemente más intenso, moral, íntimo y, profundo; el cual no tenía ni la màs remota idea, de cómo hacer para aliviarlo.

  …Entonces para evadirse de la realidad una vez más, con lo que tan sólo conseguía un poco de alivio a sus penas, y a su dolor, Felipe continuaba recordando:

(…El día aquel en que, andando de nuevo con Anguito, fuimos a los conucos por petición de don Liborio, su padre, quien nos había encomendado revisar la cerca de alambre de púas; porque había encontrado evidencia en su visita anterior de que algunos animales grandes se estaban metiendo al sembradío. Siendo reparada por él, esa vez. Por lo que debíamos asegurarnos que no hubiera boquetes ni roturas en la misma, que permitiera la entrada del ganado, ni de los venados; lo que pondría en peligro el maíz, los frijoles, las ahuyamas y las patillas.

     Aquel día además, por cierto, procedimos a reparar el “espantapájaros” que había en el centro de la pequeña plantación, el cual se había caído, quizás por acción de la fuerte brisa que usualmente soplaba en el lugar… Algo que  nunca había visto hacer y, lo cual causó en mí en ese momento, algo de temor, porque don Liborio cuando los hacía trataba de reproducir en los mismos un cierto toque de locura, de cosa mortecina; qué sé yo —pensé entonces.

     El espantapájaros una vez repotenciado y repuesto en su lugar habitual, al ser movido por el viento agitaba sus remozados brazos al aire como en un esfuerzo por saludar al observante; pero, con un cierto halo de siniestralidad, lo que quizás hacía que las aves depredadoras del plantío especialmente los Pericos  y Tolditos, se mantuvieran a raya pero siempre al acecho, sobre sus palos preferidos que flanqueaban el perímetro del tosco espacio agro productor.


                                                         ..Continuará.


viernes, 5 de noviembre de 2021

 

                       

     Muy buenos días, tengan todos ustedes. Aquí estamos de nuevo para dar continuación al capitulo número 3; de Andrómaca y Felipe. La confesión.



      1.3.-                         —La Confesión—


  ...Uno de aquellos días justo cuando Felipe se alistaba para ir al pueblo, lo cual ya no ocultaba a su desesperada esposa, había recibido un mensaje enviado por Victoria;  donde daba cuenta de algo que no esperaba, lo cual sabía vendría a amargar aún más, su desastrosa situación amorosa y conyugal.

     Tal noticia no era otra, sino que, Victoria le decía que estaba embarazada de él, razón por la cual el hombre era todo un manojo de nervios ese día. Allí mismo le comunicaba que fuera a visitarla de inmediato, para hacerle saber más al detalle, sobre este hecho.

     Felipe tenía varios días sin visitarla, tal vez porque ya presentía algo en ese sentido. Es por ello que, tal ausencia en él, tenía nerviosa a su la mujer quien pensara que enviando un emisario con su carta, haría que las cosas volvieran más o menos a la normalidad (¿?)… Así que, Felipe, una vez leída la misiva se armó de valor al ser sorprendido en el acto por su esposa; a quien enseguida encaró definitivamente, diciendo:

−   ¡Mujer, te he fallado vilmente!

…Ahora mismo, me preparo para ir tras Victoria, de quien, ya tú debes saberlo, estoy locamente enamorado. He decidido terminar con esta farsa, por lo que te pido nos separemos en justo divorcio…! —Dicho éso, entró en una especie de mutis instantáneo; no obstante, esperaba la reacción de su esposa, quien entonces aulló como una loba herida.

− ¡Bastardo! ¡Canalla! ¡Una y mil veces bastardo!

…Tiras por la borda todo mi amor y el respeto de nuestros hijos, tan sólo por una fugaz aventura peregrina…?

 …Y entonces, agregó:

− ¡Vete  ya!!!

− Desvergonzado, infeliz; está visto que no eres digno de permanecer a nuestro lado…!

     Al pronunciar estas duras palabras; aquella mujer furibunda en la que entonces Andrómaca se había convertido, en una reacción casi automática parecía se quitaba de sobre sus hombros una pesada Clámide de inmundicias, que con estoicismo en los últimos dos años tal parece soportó como vestido. Aguantando a diario el irrespeto y la traición del hombre amado; del que siempre se había sentido orgullosa, calificándolo aun como el amor de su vida… Pero, ya no más. Estaba harta y, su increíble situación nunca antes imaginada, quedó así develada. No obstante su aparente reacción de fuerza, acto seguido y con estrépito, la burlada mujer empezó a derrumbarse a partir de ese momento.  

     Felipe mientras tanto, con el  rostro entre sus manos, dio media vuelta y en silencio se alejó; quizás para siempre, de aquel lugar que con tanto trabajo y esfuerzo había edificado con el apoyo de toda su familia, hoy en día en discordia, precísamente a causa de sus debilidades, falta de entereza y, en especial,  también de integridad. Jamás pensó caería en semejante condición de desgracia.

“…Era como si algún espíritu funesto, no proclive a la felicidad, de esos que parecen flotar en el inframundo de La Atascosa, hubiera derramado sobre la madeja de su destino los más agresivos ácidos que a partir de allí la debilitarían, hasta hacerla pedazos  rompiendo los hilos que la conforman; nacidos en la rueca de las eternamente laboriosas Parcas, que inexorables van formado el limitado manto de la vida… Entonces, de su alocada vida…!”

   Finalmente llegó Felipe aquel aciago día a casa de la joven mujer, objeto de sus alocadas pasiones y, la causa de su tragedia en aquel tramo de su existencia. Allí se enteraría con lujo de detalles sobre su inesperada paternidad; ahora nada grata, e inoportuna. Lo que sin embargo aceptó con pasividad y resignación, pese a haber ocasionado una gran angustia en su ánimo ya resquebrajado, por la ruptura que con su amarga confesión sellara la pérdida de su familia original; dejándolo envuelto, en las más oscuras y pavorosas sombras de pesar.

     Meses más tarde nacería Eliodoro, aquel párvulo llegado al mundo por la accidentada e ignominiosa unión, entre Felipe y Victoria.

     Para el atribulado padre este niño venía  a ser el insólito yugo de unión entre él y su madre, ahora también su nueva pareja, convertida en los últimos tiempos en su verdadera obsesión, haciendo que ante los ojos de todos allí en La Atascosa actuara como embrujado —a decir de los parroquianos del lugar, mediante la acción de la inefable magia, del enigmático Indio Colavita—; por cuanto, ya no concitaba ningún tipo de respeto entre todos aquellos que otrora, lo habían conocido como un hombre digno y seguro de sus actuaciones. Al punto que, fue visto por todos en un tiempo ya ido como una suerte de héroe popular, habiendo quedado todo aquel legado de respetuosidad e hidalguía, en el más lejano pasado.

     Para la madre del tierno Eliodoro sin embargo, su llegada al mundo no era otra cosa más que su seguridad en el logro de la tan ansiada libertad económica, por tantos años fraguada, ahora derivada de la ya menguada aunque todavía importante fortuna de su marido forzoso. Situación que por años ella deseó y manipuló, llegando a pergeñar toda una maraña de estratagemas para hacerse con los reales de su hombre sin importarle a quién o quiénes, estaba afectando con sus calculadas actuaciones calificadas de deshonestas e ingratas, por parte de Andrómaca;  pues ella, desde que llegó al seno de la familia empezó a trabajar su aviesa idea de apropiación, que la llevaría a convertirse en una persona muy diferente a la que había sido cuando llegó. Tanto es así que era vista con extrañeza y, hasta con reserva, por su propia familia de allá de Calabozo.   Situación que desde hace tiempo habría servido incluso para acabar con la amistad entre su padre y Felipe, muy buenos amigos alguna vez; quienes entonces sencillamente, hasta se odiaban.

     Irónicamente, la llegada al mundo de aquel muchacho si bien no tuvo el verdadero significado que humanamente debía haber tenido para sus padres, por ejemplo en términos de una auténtica expresión maternal por parte de su progenitora, entonces por el contrario fue vista por ella como un cheque al portador; derivado de sus desviaciones obsesivas por el dinero. Pero con los años, también sería ese niño ya hombre que buscando defender el honor, la seguridad e integridad de su madre, el protagonista de una inesperada actuación que finalmente se traduciría en un trágico desenlace (fratricida tal vez?). Que mucho después arrojara otra oscura sombra de pesar y de dolor, aún mayor, en el entorno de aquellas familias; entonces y por siempre, desgraciadas.

 ...Dicho nacimiento pasaría a ser, por tanto, el colofón de aquello que comenzó como un simple juego, después un capricho, más tarde una obsesión; para rematar siendo un auténtico drama que después, degeneraría en una dolorosa desgracia. Prometiendo ser el fin de su propia existencia, pensaba el aturdido padre ya sin uso de razón. Pero que, ni siquiera podía imaginarse el verdadero horrendo final que le depararía todo aquello, consecuencia de sus múltiples errores. Desembocando al final según la cruda realidad en un hecho de características mucho más funestas, terribles y repugnantes que jamás se imaginó. Involucrando de una manera realmente inesperada, precisamente, a aquel hijo que acababa de conocer; ahora tan delicado y candoroso; hoy entre sus temblorosos brazos. Ese hermoso e indefenso niño que a diario, sostenía en su regazo como la pequeña cosa inocente que en realidad era.

     Totalmente libre de todo signo de maldad, de malicia o, de cualquier otro pésimo atributo regularmente presente en la vida de los adultos; ya habituados a aquellas malas acciones que los distancian cada vez más de las sabias palabras de El Señor, hasta llevarlos a la irremediable muerte. Muchas veces violenta y, despiadada.

 …Censurada desde los comienzos de la historia por aquel lapidario: “No matarás”. Del quinto mandamiento que Moisés trajo para la humanidad entera, como legado de El Creador; al bajar de la montaña, aquel lugar sagrado en el desierto del Sinaí. El que junto a nueve más, acertados mandatos todos, conforman un decálogo sagrado que sirve de faro —más brillante, luminoso y guía, que aquel otrora majestuoso; de Alejandría—, en la navegación del hombre justo e inteligente a través del océano de la vida; salvándolo de esos oscuros e innumerables escollos que ésta, en su decurso le interpone.

    Con tan contundente advertencia celestial sobre la naturaleza homicida de los hombres y, en una eventual materialización de tales supuestos, no lograría Felipe entender jamás ni nadie en su sano juicio cómo aquel ser tan bello, desguarnecido, libre de todo signo de perjuicios, pudiera llegar a ser el ejecutor de nada, ni hipotéticamente hablando; mucho menos en la toma de otra vida, también salida de sus entrañas, como sería Wenceslao. Muchísimo mayor que él, además… Por lo cual le pareció escuchar sin embargo, similar a desleídas y agoreras voces del futuro, cómo seguía resonando aquel mandato divino en la memoria colectiva del religioso pueblo de La Atascosa.

 …Donde un día y, por un instante, todos creyeron ver ante sus ojos −supuestamente− la terrible repetición fratricida del Génesis bíblico protagonizado por  Caín y Abel. Pero esta vez, ahora, los nuevos actores serían dos hermanos hijos de este pueblo y, de un mismo hombre; Felipe Gómez. Para quien dicho acto sería con toda la seguridad y certeza, impuesto por el tribunal de su conciencia como el resultado de su única y verdadera culpa. Por lo tanto cargaría consigo a partir de allí e ineluctablemente, con todo el peso de la divina ley.  Tal vez compartida con  Victoria y Andrómaca, que por ser parte activa también en el origen y posterior ducción de los mismos en sus vidas,  indudablemente también dejarían su impronta en ellos.

…Viéndolo bien de acuerdo con el caso planteado, tan sólo serían ambos jóvenes paradójicamente, los verdaderos siniestrados en todo aquello. Independientemente de quién, entre ellos, fuera nominalmente la víctima o el victimario; ya que, la dicotomía planteada en circunstancias tan particulares entonces, dejaba de tener sentido; porque ambos de algún modo eran una cosa y otra, a la vez. Interpretes circunstanciales en aquel fatídico círculo vicioso no por propia  voluntad, sino, por la de sus padres. Al dejar estos abierta, la funesta puerta de aquel lugar común llamado “destino”; que al momento de ser traspasada cuando no debían hacerlo, irresponsablemente también dejaron pasar el lastre de sus debilidades humanas. Que a la larga, quiérase o no, se impondría en aquellos −su descendencia− como un sello distintivo; lacrando todo cuánto en adelante, pudieran tocar.

    ...Y; bien, mis amigos. Hasta aquí llegamos por hoy..!

   ...Continuará.

martes, 26 de octubre de 2021

 



     Muy buenas tardes mis amigos, de nuevo por aquí para continuar lo pautado, en relación a la entrega de mi libro "Andrómaca y Felipe"; esta vez comenzaremos con la primera parte del capítulo 1.3.- La confesión.


  1.3.-                        —La Confesión—

     lo.

     Por cuanto aquel hombre ya desquiciado empezó a visitarla de forma regular en el pueblo, fuera de lo estrictamente laboral, pareciendo estar ahora decidido incluso a dar por terminado el matrimonio con su esposa. Aunque Victoria en un principio lo rechazaba argumentando las razones expuestas por el hijo de aquellos, el Cura, en su carta recibida en días pasados; y, queriendo hacerle el honor al religioso por esos momentos tan difíciles, simplemente se negaba a recibirlo bajo esa nueva premisa —Pareciendo haber recobrado de pronto bajo los razonados argumentos expuestos por el joven Párroco, la sindéresis y, sensatez.

   Pero con ello lo que hizo fue alimentar  más fuertemente y, de una forma muy conveniente para éste −y de ella?−, la desesperación de Felipe que ya no se aguantaba y, como dice la sabiduría popular, en el espíritu de sus muchos dichos y refranes: “…Tanto va el cántaro al agua, hasta que se rompe…!”. Válido en el caso de la insistencia, casi enfermiza, de aquel hombre. O; el otro que reza, en referencia a los planes ocultos de esta mujer y, para sintetizar los deseos de ambos: “…El que come tierra, siempre carga su terroncito en un bolsillo…!”

…Por lo que de todas maneras, aun así, llegaría el momento en que Victoria cedería. Recibiendo de nuevo con renovado agrado, las cada vez más descabelladas propuestas de su ferviente enamorado; porque ahora ella, además, lo deseaba intensamente también como mujer.

   Fue en una de esas habituales, elusivas e insistentes visitas de Felipe, cuando éste rotundamente le declarara sus verdaderos sentimientos prohibidos a Victoria, quien de inmediato le correspondió. Logrando ambos al fin, el momento cumbre para entregarse con desenfreno y sin limitaciones de ningún tipo, a la consumación lujuriosa tan esperada por ambos, de sus amores profanos; donde aquel individuo, ahora desconocido, se dejaba arrastrar por el deseo carnal y la pasión mórbida que la joven Victoria le inspiraba. Actuando irresponsablemente a espaldas de todo aquello por lo que siempre había luchado —pero; en contra de su voluntad, él entonces se justificaría.

 …Dejándose llevar de la mano por el hado que le sirve al señor de los pecados y, casi como un imberbe adolescente, olvidando toda una vida de rectitud. Pero lo que es más aún, traicionando la confianza de su esposa e hijos quienes, a la sazón, ya no tenían la más mínima duda acerca de cuáles eran sus aviesas intenciones.

 …En especial Wenceslao, que había venido notando paulatina y sostenidamente un odioso enfriamiento en su otrora ardiente relación con Victoria; que si bien él, como joven que era lo asumió de una manera franca y natural, sin embargo con el tiempo aunado a sus obligatorias ausencias del pueblo por motivos de estudio, se fue dando cuenta de que tal vez la estaría perdiendo para siempre. Pero jamás pensó seriamente que hubiera otro motivo distinto de tal distanciamiento, mucho menos que fuera por causa de su papá. Aunque en el fondo llegó a imaginar tímidamente algo como éso y, al pensar en ello, se negaba rotundamente a tan concreta y tortuosa realidad. Porque ahora era cuando más la amaba.

 …Persuadido ya Wenceslao de la difícil situación en que estaba inmerso, a veces trataba de razonar buscando comprender su retorcida realidad que lo golpeaba sin piedad, resultando ser para él una lucha interna sin sentido en contra de su misma familia; pensando que no podía ser cierto lo que estaba viviendo y que, tal vez se trataba más bien todo aquello de una funesta jugarreta del destino…Como suele decirse en estos casos de momentos tan desesperados y, cuando se está en medio de una inmensa y terrible desorientación.

     Pero el joven ya desesperado  en medio de la horrible oscuridad de sus tribulaciones, caía al fin irremediablemente en la dura y absurda convicción de que su rival, su contendor que además le había arrebatado el único y su primerizo amor en la vida, era nada más y nada menos que su propio padre. Una extraña situación que hizo estallar en su ánimo con contundencia letal aquella pétrea, aplastante y, lapidaria realidad; introduciendo un cambio de tal magnitud en su vida que jamás se lo habría imaginado.

 …Y; desde que Wenceslao se convenciera de semejante “detalle” en su vida, comenzó por albergar en su mente y en su corazón primero, una incontenible frialdad de ánimo que pasaría a ser luego un gélido sentimiento de repulsa hacia la nueva pareja conformada por Felipe y Victoria. Pero en especial en contra de su progenitor; para después —cual toledana daga, como punta de estalactita clavada en lo más profundo de su ser, lo mantenía gimiendo de rodillas por su tan temprano fracaso— convertirse aquello aun, en unos irresistibles deseos de aniquilación;  hacia ambos por igual.

 …Unas personas que habrían hecho de su existencia un verdadero infierno. Cuando en el pasado, fueron para él dos de sus más grandes motivos de amor y, felicidad; todo lo cual ahora veía con estupor desmoronarse ante sus ojos, como dos vulgares quimeras hechas de arena; sostenidas precariamente, a la orilla del mar. Algo que sin quererlo entonces vio claro y, simplemente, abrió sus ojos por primera vez; comprendiendo que siempre habría carecido de bases sólidas a la hora de construir, pues todo a su alrededor, había sido edificado en el aire.

 …Wenceslao no se imaginaba ni en su más remota y violada inocencia, que toda esta situación derivada de su relación con Victoria y, la de ésta con su padre, le tendría deparado para  más adelante, todavía, la más cruda y cruel de las tragedias… Sólo que, irónicamente para ese momento, no se daba cuenta de lo verdaderamente involucrado que a futuro, estaría en ella; pues simplemente entonces, ya estaría muerto. Pasando a ser él, quizás, como una especie de cordero de sacrificio sobre el cual recaerían las culpas, quedando reservado para un holocausto que entre todos de una u otra forma ayudaron a preparar; donde cada quien fue colocando piedra sobre piedra y, un leño tras otro todos encendidos con su fulgurante llamarada, hasta levantar el necesario montículo pétreo sobre cuya cima yacería inerme, inanimada, la cadavérica triste estampa de Wenceslao Gómez Katay. Para ser devorado sin piedad, por las candentes lenguas de fuego avivadas por el maléfico soplo del fatum de su corta existencia.

     “…O; tal vez en su muy particular situación, sería atormentado por las dentelladas de las fatídicas hermanas del Érebo: Alecto, Tisífone y Megara, (según Virgilio). Enviadas tan olímpicamente por los poderosos rectores del heleno cielo a su triste despedida de este mundo —solazados aquellos entonces en sus bacanales juegos—, a cobrar lo suyo; cuando los verdaderos culpables quedarían impunes −Victoria, y Felipe−, al gritar estos el nombre de la terrible triada infernal en perjuicio de otro; y, en detrimento de su humana persona: ¡Erinias! En contra de un hombre inocente. Wenceslao.          

     En vez de hacerlo entonces, también,  como cuando Orestes aun siendo culpable que no era este el caso, fue juzgado por el Areópago ateniense absorbiéndolo de sus culpas; pese a ser éstas, unas  bien terribles. Usando para el procesado, aquella vez, la antífrasis significativa de la benevolencia de sus verdugos: ¡Euménides!  

 …Para al menos de este modo aliviar la carga de su ignorada víctima, por parte de los verdaderos responsables de esta historia siniestra; que gritaran desesperados movidos por el peso de la culpa en su conciencia, aquel otro nombre. Embebidos y sudorosos como estaban en el clímax obsceno de su  placer concupiscente, donde la voz cantante la llevaba el padre, de un joven e inocente enamorado...!”

                         ---  o  ---

     La ya impúdica Victoria, mientras tanto, disfrutaba aquellos furtivos encuentros en su guarida del pueblo dejándose llevar por su “amor sincero”, que ahora decía profesar a Felipe; pero además, ella sabía que con éso, tendría por fin a su disposición la tan ansiada libertad económica que le abriría las puertas de una vez por todas, a su espíritu de codicia y afán triunfalista de puro lujo. Conformado en los últimos años por un alto grado de ostentación, derroche y, consumismo sin control; lo cual no se esforzaba en ocultar.  “Atributos” tan negativos que,  ya para todos se habían convertido en una fatídica mácula que opacaba su real belleza, despertando en la gente que la rodeaba cualquier tipo de comentarios y chismorreos,  con el agravante de que también, se le asociaba cada vez más de cerca con el temible personaje del pueblo, Ruperto Colavita alias El indio; quien por estos tiempos era percibido como el artífice tras bastidores en la funesta transformación de la personalidad, de Victoria Sarmiento.

     “El indio Colavita” llegó a ser visto en esta etapa por la gente, muchas veces ávida de un perverso sentido del deseo y, siempre con la tirria por delante en casos como éste, un tipo con un extraño concepto de la sexualidad, atrapado en su lujuria reprimida; en la inexplicable relación con su nueva y flamante amiga —viejas pacatas de pueblo, decía ella, al respecto—. Cuando era “el segundo hombre que la visitaba en su casa”; por lo que estaban convencidos de que éste,  en sus frecuentes contactos a solas, la “manipulaba” con desvergüenza, a su favor mediante el uso de ocultos brebajes y, su charlatanería habituales.

 …Una cosa que en el más estricto sentido literal podría ser cierta. Pero, cuan lejanos de la verdad estaban, pues Victoria ciertamente pudiera ser quien utilizara al indio, si es que se hablara de alguna relación de dependencia entre ambos. Más allá de sus contactos meramente clientelares; o,  de simple trabajo. Puesto que, con su astucia había sabido ganarse para su causa y, sin reservas, al taimado y aprehensivo personaje; quien por cierto no sería, precisamente, ni el más lejano prototipo de hombre para tan hermosa, calculadora y,  exigente fémina que ella era.

     Para El indio Colavita por su parte, la verdad sea dicha, era más que suficiente con que una mujer de su calibre, talla y atributos tan sobrados, lo aceptara a su lado como su único colaborador; y además, creyera en su magia. Algo muchísimo más importante para él que cualquier otra cosa, incluso, que ella misma como tal. Por lo que en este punto, las cosas andaban parejas.

     En cuanto a Felipe, respecto a los comentarios malsanos en boca de la gente y allegados de Victoria, tal parece que hasta ahora no se daba por enterado, toda vez que, en ningún momento hacía mención alguna respecto a tal situación; como si adivinase la verdadera animosidad en el comportamiento de aquel extraño individuo en relación a su nueva pareja. No obstante insistían en que, su comportamiento era más bien permisivo, tolerante, de seguro por su propia metida de pata y, mal juicio. Pero él, aducía en su defensa que prefería callar para no causar ninguna discrepancia entre él y su amada, junto a la cual “estaba disfrutando de lo lindo” —según comentario malicioso, hecho personalmente a un amigo—; con aquellos “amores perrunos”. Según los calificaba Andrómaca; que para ella y sus hijos, estaba aquel protagonizando. 

                      ...Y; bien. Hasta aquí lo dejamos hoy. Espero lo disfruten...!

                                                                 ¡Chao!


sábado, 28 de agosto de 2021



     Buenas tardes amigos míos, aquí estamos de nuevo. Hoy les traigo la segunda y última parte del capitulo número dos, de mi libro:  "Andrómaca y Felipe".                


                                —Consagración, y Rendición—

                                     (...Segunda y última parte)

 …Pues sus legítimos padres habrían fallecido de una forma muy trágica en dos episodios tan desgraciados, casi que con el mismo sino de la fatalidad y, en menos de un año. Su madre; allí mismo donde hacía pocos meses había nacido, estando el muchachito acostado  en una pequeña cesta de moriche en la parte más alta de la ribera junto al rio, debajo de la fronda de una arboleda que ambos tenían por vivienda. ¡Todo fue tan inesperado! Después de alimentarse y, estar ella lavando en la orilla del cauce unos trastos de uso diario en la manipulación de los alimentos —tal vez totumas o, algunos cuencos de madera—, de repente en una crecida inusitada del rio la humilde mujer se asustaría por un estruendo repentino tal vez de grandes piedras y cantos rodados, como solía suceder, arrastrados por la corriente; perdiendo tal vez de pronto el equilibrio.

 …Estaría entonces parada la desdichada indiecita sobre unas lajas mojadas, cayendo de inmediato a las turbulentas aguas; las cuales con toda su furia se la llevaron rio abajo golpeándola una y otra vez contra las afiladas y enormes rocas, a través de las cuales el violento caudal zigzagueaba… En la macabra escena tan sólo se escuchaban los alaridos y gritos desesperados de la pobre india, pidiendo auxilio; siendo encontrada horas después, aguas abajo, toda destrozada dando vueltas en círculos repetitivos a derecha e inversa en una resaca. El niñito, apenas de meses, sería recuperado sano y salvo por los rescatistas; llevándolo de inmediato a la plantación.

    El año anterior, a sólo meses de aquel trágico suceso, había perdido el niño a su propio padre, quien en una rutina de caza en la selva se enfrentó imprudentemente a un tigre mariposo, armado precariamente de un arco, pocas flechas y, su viejo machete tocón; cargando el pobre indio  —cazador  cazado, esta última vez—, con la peor de las partes. Cuentan los sobrevivientes de la tribu, acompañantes en su infortunio, que el desprevenido cazador fue arrastrado hacia las profundidades de la espesura en la jungla, perdiéndose su rastro para más nunca volverlo  a ver; ni vivo ni muerto.

   No obstante; aunque entonces había perdido también a su madre, quedando solo en este mundo, al indefenso niño nunca le faltaron cuidados pues fue diligentemente protegido de allí en adelante no sólo por su nana oficial, sino además por las demás mujeres del grupo de indígenas que trabajaba en la plantación, pero siempre bajo la estricta vigilancia y supervisión de don Aldo. Quien además; a medida  que crecía y, podía valerse solo, siempre lo tuvo a su lado ya fuera en la casa o en la oficina, llevándolo incluso a pasear por los caminos, y por las veredas del sembradío, todas las tardes cuando evaluaba el rendimiento de la jornada.

   Jugaba con él y hasta le enseñó a comunicarse en su propio idioma, el italiano, legándole aun su acento toscano. Lo trataba en verdad como si fuera su hijo —quizás como una forma de reivindicarse con aquella noble gente, que de alguna manera eran el soporte en la obtención de su buena fortuna—; cuando en aquel inhóspito lugar lejos de la civilización, Aldo Colavita consumía sus días de vejez alejado de su propia familia, añorando su legendaria, lejana y, culta Toscana. Allá en su querida y bella Italia.

  Siendo por aquella época en que, según dicen, al llegar algún visitante externo ocasional a la finca, podía verse al pequeño indiecito por todas partes siempre pegado a la manga de los pantalones del viejo don Aldo; y, al preguntársele cómo se llamaba, de inmediato el muchachito respondía en su más patética inocencia, como haciéndole honor al apellido de su afortunado “padre”, diciendo;  mientras arrastraba a modo de cola una deshilachada colcha estampada con la icónica imagen de la Torre de Pisa a punto de caer. La que siempre llevaba enredada entre sus dedos,  chupándose un pulgar:

  “…Cola… Cola, Colavita…!” —Decía, casi gritando.

   Acto seguido, pegaba una sola carrera; siempre con varias indias viejas detrás, tratando de contenerlo. De esa etapa en su vida, es que le viene el nombre con el cual desde entonces fue conocido este indiecito: Ruperto Colavita; sin embargo, más le gustaba ser llamado −tal como quedó dicho−, “El Indio Colavita”.

 …Además, dicen que por aquellos días de su infancia, se escapaba de la casa de don Aldo para irse a un sector fuera de la plantación donde  sabía estaban “los otros” indios; que nunca veía trabajar por allí. En los predios de la plantación. Eran los mayores, los más ancianos, que según sus creencias poseían y atesoraban el antiguo conocimiento y, magia ancestral de la tribu; acumulados durante siglos de vivencias bajo la única protección de la selva, para beneficio de su pueblo. Los cuales además, eran sumamente respetados por todos.

…Durante tales incursiones que de usual eran prohibidas, aunque toleradas de algún modo por estos patriarcas tribales y, tal vez debido a las dolorosas calamidades ocurridas en la temprana vida del menudo jovencito, a veces se hacían de la vista gorda cuando lo sorprendían merodeando por las cercanías de su campamento. Conducta validada desde un punto de vista de sus creencias como algún tipo de señal procedente de los dioses, que habrían despertado de algún modo en el  muchacho la obtención temprana de sus conocimientos; obligándolos a ellos, sus depositarios, a apoyarlo de manera muy especial.

…Una vez aceptada su presencia en las cercanías al poblado conformado por las churuatas donde estos maestros residían con sus propias familias, no sin cierta reticencia por lo menos al principio, gradualmente fue siendo integrado como uno más de entre los suyos y, en poco tiempo hasta se fue granjeando no sólo la confianza de todos sino también, su respeto y consideración. Siendo tomado finalmente como discípulo por el más anciano de la congregación.

 …Sin embargo lo que más le gustaba al joven indio y, lo hacía sentir más a gusto, era entrar en contacto con los chamanes del grupo. De quienes se nutrió, y aprendió muchas cosas sobre la vida, la muerte, la magia, la mitología; pero especialmente, sobre el conocimiento y el manejo de las innumerables especies vegetales que ha atesorado por milenios la fronda de la inmensidad del bosque; que todo lo rodea en su entorno. Apareciendo en su consciencia como la materialización del único mundo existente; y, conocido para él.

 …Por todos estos antecedentes, puestos a rodar de boca en boca por el pueblo a partir de las confesiones iniciales del baboso de don Clotilde, aunado a tantas cosas fantásticas que se afirmaban de él en cuanto a su trabajo y, por qué no decirlo, amplificadas por esa “extraña necesidad en la gente pueblerina de inventarse su propio héroe”, se fue creando en torno al personaje en cuestión una fama arrolladora que lo más seguro ni siquiera se merecía; ganada desde un principio, por la preparación de sus infalibles “filtros de amor” que con tanta insistencia le eran solicitados, sobre todo por clientes del sexo femenino. Así, queda claro que la ligereza de parte de de don Clotilde, más bien favoreció sobremanera al indio Colavita; agenciándose con ello a su favor, un mayor y creciente número de clientes.

 …Se decía también que hasta había sido capaz de, prácticamente, levantar a un hombre del lecho de muerte con sólo hacerle unos pases de mano por encima y, frotar en el pecho del difunto unas enigmáticas ramitas de tallos azulosos sacadas del bolso que siempre llevaba colgado a un lado, en bandolera. Extraño suceso aquel día, puesto de manifiesto ante un nutrido grupo de parroquianos que dieron fe de lo ocurrido. Cuando casualmente, pasaba el cortejo por su vecindario y, quedara conmovido el indio por un mar de lágrimas de la viuda e hijos; que lloraban a cántaros,  por haber perdido a su ser querido. Dibujándose a su alrededor después de éso, un aura de misterio y, mitificación, sin precedentes.

 …Luego del extraño suceso nunca antes visto en ninguna otra parte, según dijeron los que lo vieron, el mismísimo “muerto” ya liberado de tal condición se paró de la hamaca que usaban como parihuela para trasladarlo al camposanto, por sus propios medios y, cuidándose de que nadie lo ayudara; entonces sorprendiendo a todos la recogió, la dobló y hasta un nudo le hizo con las cabuyeras, terciándosela al hombro. Para luego regresarse por donde mismo habían venido, al menos con su familia y los más allegados; pues el resto y, no es para menos, huirían despavoridos del lugar. Manifestando que eran cosas del demonio.

…Aunque un tiempo después se supo, a decir de algunos, que todo habría sido una vulgar patraña puesta en práctica por el indio con la complicidad del supuesto muerto y, alguno de sus familiares; con lo cual darían por saldada una vieja deuda que aquel tendría con Colavita.

…Posteriormente, en los detalles dejados filtrar por un antiguo novio de la hija de don Marcelino —el "muerto vivo"; como sería conocido, de allí en  adelante—, disgustado con la muchacha “por no dejarse” antes de tiempo, dijo que su futuro suegro habría sido tratado el día anterior con un brebaje preparado por el indio supuestamente con hojas de “adormidera” y, otras cosas más, cuyos efectos probados eran de unas cuarenticinco a cuarentiocho horas; tras lo cual, Colavita lo reviviría en el momento justo con otra de sus yerbas preferidas, la “mandrágora azul”. Haciendo que todos los allí presentes se creyeran el cuento.

   Muchos de ellos sin embargo, fieles a la consabida leyenda del héroe particular en que todos quieren creer, ya señalado, no daban crédito al desmentido del novio disgustado; haciendo crecer más bien de allí en adelante la fantástica fama del indio Colavita. Y; por el contrario, sería justo a partir de este hecho, precísamente, en que muchos  comenzaron a llamarlo: “El Iluminado”, de La Atascosa.

    Tal vez fue por todo esto y mucho más que, aquel infausto día de la caída del Cura don Cecilio en la calle Tropezón, todos creyeran en la leguleyería del individuo de marras pues además, cosa rara en un indio era buen conversador,  cuando le interesaba; haciendo su agosto desde aquel mismo instante y, por un buen tiempo, con los ya descritos amuletos en forma de collar.

   A raíz de este odioso episodio con el Párroco del lugar y, aprovechado de forma tan burda por el extraño individuo convertido además en un vulgar mercachifle, cosa que a sus seguidores no importó, fue que la fama del indio llegó a conocimiento de muchas más personas en el pueblo y sus alrededores; especialmente al entorno donde se movía Victoria Sarmiento, quien para entonces ya se hallaba atrapada hasta el tronco en su  propio dilema. Sin saber qué más hacer, para avanzar.

   Algo diferente tuvo que haberse operado, sin embargo, en la conciencia del indio esa tarde de Semana Santa frente al grupo en procesión con la imagen de El Nazareno, a lo largo de la calle Páez; en que prácticamente cayó fulminado al suelo por la enorme carga espiritual que lo rodeaba. Integrándose a la marcha como uno más de entre los fieles, en una supuesta actitud de reconversión que de seguro −según se dijo−, lo retrotrajo a las creencias con que desde muy niño el devoto de don Aldo lo habría instruido. Como buen “católico, apostólico y romano” que aquel se declaraba; independientemente de toscano, que en verdad es lo que en realidad era.

…Tanto así, que hasta había mandado a construir en la plantación al lado de su casa de residencia, una pequeña capilla con campanario y todo; usada por él para rezar, e invitar a sus amigos en las esporádicas visitas que le dispensaban y, en que solían leer en conjunto la Santa Biblia.

  Entonces y,  siempre con el indiecito a su lado, imitándolo en todo. Mientras esto hacía, especialmente los domingos, y los días formales del calendario religioso tradicional la puerta principal del local y las dos ventanas que la flanqueaban, permanecían abiertas para todos.

  Usualmente ocupada en esas ocasiones por algunos nativos, que seguramente sólo lo hacían por pura curiosidad, pero con el correr del tiempo se iría incrementando su número hasta llegar a ser considerable. Eso sí, eran pocos los que trasponían la puerta para ir a sentarse en los largos escaños más próximos. Si lo hacían parecían estar atraídos más bien, además, por la extraña y suave música que emanaba  de un viejo tocadiscos emplazado en un rincón al fondo; donde don Aldo solía colocar, a un volumen moderadamente bajo, música sacra medieval. O; en ocasiones especiales, la de sus músicos favoritos y, paisanos suyos además: Giuseppe Verdi y Giacomo Puccini…!).

 …Así; de esta forma tan extraña, finalizaría aquel Miércoles de Ceniza del año ´63. “Más espectacular que el del año precedente” según las opiniones de muchos, aun pese a la caída del viejo Cura del pueblo aquella vez; y, con ello, desde esa amarga experiencia, el nacimiento del nombre para una vieja calle entonces sin identidad… Donde por otra parte, el pueblo sería testigo de la rendición de un hombre que, aunque temido, no fue capaz de sostenerse en pie ante la arrolladora fuerza de la fe… Pero sobre todo, porque se le rendía tributo después de al Nazareno, también al joven paisano Leoncio Gómez Katay, que aquel ya lejano día se estrenaba como Párroco en funciones; y, precísamente durante su consagración, allí en su propio pueblo.

                                                “¡Gracias a Dios!!!”

                    …Dijo de nuevo eufórico, esta vez, el señor Marchena.



domingo, 22 de agosto de 2021

 



     Buenas tardes, mis amigos. Continuando con mi segundo libro "Andrómaca y Felipe" y, habiendo concluido ya el capítulo anterior —1.1.- Los huéspedes—, hoy les traigo el segundo capitulo:

                         

 1.2.-                       —Consagración, y Rendición—


     Miércoles de Ceniza del año 1963. La iglesia repleta a reventar de feligreses de la Atascosa y, sus alrededores. Con las autoridades civiles y eclesiásticas en pleno perfectamente activadas, dispuestas de nuevo para el caso; siendo entonces el verdadero personaje después de Cristo Jesús en ese lugar y, en aquel preciso momento tan especial, sin duda alguna que el joven Párroco nacido y criado de allí, en este pueblito donde era conocido por todo y, de todos. En ése cuyas calles aún eran testigo de la presencia juguetona del mismo muchacho humilde y sencillo que otrora fue, cuando correteaba como uno más quizás detrás de una pelota, un papagayo, un trompo; o, cualquier otro objeto ordinario de juego en ese tiempo. Tantas veces con los bolsillos de su pantalón corto repleto de metras, jobo, o mamón; junto a otros niños que hoy, jóvenes adultos y, muchos de los cuales también allí. Rindiéndole tributo entonces con su presencia, por tan abnegada profesión  escogida; o, como algunos de los cuales decían,  más bien ésta lo habría escogido a él.

     Todos en el pueblo se sentían exultantes ese día, felices y contentos por la magnitud de tan extraordinario acontecimiento, de ver elevado a uno de sus hermanos a tan digna majestad eclesial; expresada por el gran fervor que sentían, desde la entrada al pueblo por Cinco de Julio en el Este hasta su salida por el  Oeste, sobre el Barrio La Rochela. Cruzando de Norte a Sur desde Los Paragüitos hasta La Voz del Llano, en los Barrios La Romana y La Quinta. Todo, enteramente todo, era indicativo del júbilo y la alegría de la cual por entero eran partícipes. Por motivo de que uno de sus hijos, seguía con rotundo éxito la senda marcada por el buen Padre don Cecilio; ya en el ocaso de su fructífera vida. Habiendo transitado éste, también positivamente, el camino a tan noble y preclara posición de la ordenación, dentro de la delicada carrera sacerdotal.

 ...De poste a poste sobre las calles y, por entre los árboles, se veían extendidas las bambalinas multicolores cual papagayos blandiendo al sol, sus ligeros cuerpos por efecto de la brisa y el calor llaneros; junto a los afiches con el fotostato a color del hijo homenajeado. Curiosamente empinado en algunos casos —como un rasgo de rareza y, en buena lid por lo demás—, por encima de la desleída figura en algún panfleto rezagado con el rostro de risa obligada de algún político participante, perdedor o ganador, es igual, en la campaña electoral anterior.

 ...Entonces las bambalinas, las guirnaldas, los retratos, la alegría y, el entusiasmo de la gente junto al fuerte aroma del incienso ardiendo cual zarzal, en el sagrado Monte Horeb del Sinaí y, también en las macetas con rojas brasas dentro del templo, hacían juego con la sacra melodía que emergía para dejarse oír, a través de los parlantes en lo alto del campanario; mientras sus bronces tañían dando por terminada la misa para enseguida dar comienzo a la procesión del Nazareno, acompañada por el sempiterno “Pópule Meus” de ese otro gran venezolano que fue; el insigne músico José Ángel Lamas. Quien con lo suyo quiso dejar esta extraordinaria pieza musical, como testimonio perenne para rendir tributo al hijo amado del Padre Celestial, en cada Semana Santa venezolana.

  …Ese día podía parparse también, a plenitud, la más viva santidad mezclada con una gran expresión de auténtica felicidad, en el viejo Cura don Cecilio Apóstol del Rosario. Que lucía radiante y rejuvenecido bajo su pulcra sotana blanca, con un único detalle en la misma, por atuendo de gala para la ocasión, consistente de una larga y purpúrea estola orlada con ribetes dorados; haciéndolo ver como poseído por algún espíritu de sanación que esa tarde tal parece, hubiera descendido como lengua de fuego purificador sobre su calva y bruñida testa. En un muy particular Pentecostés que el Señor, hubiera reservado tan sólo para  él.                              

   Mientras tanto al lado del viejo Párroco marchaba majestuoso el joven religioso Leoncio Gómez Katay que, caminando erguido en su elemental y purpúreo atuendo, destilaba también felicidad al igual sucedía con su anciano mentor (…Novel Sacerdote recién recibido con honores entre sus pares, en los reservados espacios bajo las arcadas del claustro de su Alma Mater; por quien hoy la comunidad entera que lo vio nacer era todo un espectáculo. Donde flotaba junto con el polvo de sus calles y en el brillo de los ojos en cada feligrés, cada habitante, la más sagrada esencia de la espiritualidad colectiva; envolvente y, misteriosa, del pueblo de La Atas cosa…!)     

    Iba ante todo el joven Cura, como tocado de una genuina aura de santa humildad. Ésa que por supuesto transmite la túnica del Nazareno a quien la viste y, dentro de la cual estaba aquel guarnecido, presidiendo junto a don Cecilio la sagrada procesión de ese magno día dentro de la litúrgica tradicional, en que luego de darle tres vueltas en redondo a la plaza Bolívar se dirigieron al Norte por la calle Tropezón, tomándola justo en frente al Mercado Municipal —en cuyas aceras colmada de espectadores se encontraba el popular “Zamuro”, carnicero de allí, arrobado por la sacralidad del momento presente; el personaje más emblemático del lugar, mirando con otros ojos tal vez con ganas de darle un crédito, a su cliente más destacado, el mismísimo Cura don Cecilio; y, entonces, sintió pena por la dureza en sus regateos habituales con él—, para entonces recorrerla pasando de nuevo por el famoso punto tan emblemático y premonitorio que la hizo famosa; debido a la caída del viejo Párroco la temporada anterior. Quien hoy para su regocijo estaba siendo asistido, precísamente, por este novel Sacerdote e invitado de honor; y, paisano suyo además.

   En el extremo Norte de la citada callecita torcieron a la izquierda hacia Los Paragüitos, hasta su intersección con la calle Páez, para por esta vía retornar al principio, retomando la calle Bolívar o calle real, en la esquina de la bomba del señor Vergel y, nuevamente hasta la Iglesia; de donde mismo habían partido, hace ya unas tres largas horas. De sincero y devoto compromiso cristiano, que imponía en toda su grey la más férrea voluntad ante tan extenuante exigencia; seguros todos de cumplir, con la más alta expresión de felicidad en cada uno de los participantes.    

  Por ello, ni siquiera aquel enigmático individuo conocido por todos como El indio Colavita, vecino ocasional que más bien huésped circunstancial de la calle por donde ahora pasaban y, hoy consagrado chaman fetichista de remate, pudo resistirse ante la imperiosa necesidad que aquel momento demandaba. Manifestando su rendición ante el Cristo Redentor, cayendo postrado de hinojos inmediatamente en señal de respeto −o;más bien por temor−; al tiempo que, se persignaba azarosamente con la señal de la cruz sin saber ni cómo hacerlo de forma apropiada. En un extraño comportamiento de su parte que claramente evidenciaba una total  confusión heredada de la fea intervención de los conquistadores españoles en la vida de sus antepasados, a través de la historia; creando inconsistentes lazos en sus creencias que a todas luces desdibujaban en su consciencia, la persistencia de sus demiurgos ancestrales. 

   Todo el mundo veía asombrado al temido hombrecito. Cuando estaba allí sudoroso, de rodillas ante la portentosa manifestación de espiritualidad superior, colectiva, auténtica y, muy real; a cargo de todo el pueblo en su conjunto. De seguro arrepentido por todo el irrespeto causado con sus actos a la divina memoria del Nazareno, cuando el año pasado −por ejemplo− hizo de la caída de su humilde servidor, don Cecilio, un perverso negocio con el que se lucró; mediante la elaboración y consagración amañada y, maliciosa, de reliquias prohibidas por la iglesia. Vendidas en su nombre. Asegurando entonces que si no usaban el collar de su autoría, estarían contribuyendo a la posibilidad de mayores desgracias para el pueblo; según él así lo veía, en aquella nefasta señal… Pero, quién era en realidad este hombre…?       

 …Mientras tanto, imperturbable, seguía su curso la penosa y sobrecogedora marcha con la imagen del Nazareno a cuestas, por las calles de aquel pequeño pueblo llanero. Que en combinación con la sacralidad de la música del maestro Lamas viajando en la brisa, acompañada por el fuerte olor del incienso y, el particular aroma de la parafina quemada en las chisporroteantes velas ardiendo por doquier en manos de los fieles, le conferían al acto esa lejana tarde tan especial, una genuina y auténtica espiritualidad; digna tan sólo del recordatorio mismo de aquella histórica entrega, vivida en Jerusalem, por el sagrado personaje cuya iconografía y epopeya eran el centro de atención esos días y, todos los años, por esta misma época.         

 (…Ruperto Colavita, alias “El Indio”, vivía todavía en casa de don Clotilde  González, al lado de la casa–taller del finado y ex dueño del lugar don Claudio Milano Montessori; a quien todos llamaron simplemente, “El Italiano” −trágicamente fallecido−. Quien hace un par de años atrás habría hablado con su vecino, siendo amigo y trabajador suyo a la vez, para mediante un cierto acuerdo económico entre ambos dar alojamiento al indio en su propia casa; mientras este trabajara igualmente para él, en su negocio. "Carpintería Véneto". Pero como don Claudio había muerto hace poco, la semana pasada y, de una forma tan extraña que el pueblo entero quedó horrorizado, entonces estaba el sitio cerrado ignorándose qué iba a pasar con éste y sus trabajadores; por lo que se rumoraba según se habría dicho, estando aún su viuda e hijas presentes en el sepelio, que vendría alguien de Italia −quizás, un pariente cercano− a encargarse del mismo. Lo que no era seguro y, por ahora era tan sólo éso, un rumor.

 …Razón por la cual el indio estaba a punto de marcharse de allí, entonces sin el aval del promotor del acuerdo con su casero, don Clotilde; que no soportaba ya sus raros comportamientos especialmente el de sus extraños rituales nocturnos. Estimulado además por mucha gente alarmada con sus cosas raras en el vecindario, que querían se fuera pronto. De todos modos sabían que estaba construyendo su propia casa en el monte a las afueras del poblado, lo que facilitaría las cosas para todos.

…Sería justo ahí, en la acera frente a la tristemente famosa carpintería de la calle Páez, donde se encontraba arrodillado aquel pequeño pero temido hombrecito, huésped incómodo ya para muchos en La Atascosa; impactado por la piadosa pero al mismo tiempo poderosa imagen de El Nazareno.

 …Allí, donde un día encontraron a su incestuoso dueño colgado de un cadalso automático mecanizado de su propia autoría, perfectamente construido en madera. El cual poseía un especial atributo digno de ser patentado por su creador, consistente de que el suicida ya no necesitaría deshacerse del tradicional banquillo en estos casos, sino que el aparato de forma autónoma hacía su trabajo completo mediante un poderoso dispositivo de trinquetes y contrapesas llamado por el usuario en este caso como counter grávity, independientemente de la acción del infortunado usuario. Tal como don Claudio lo dejara escrito en sus memorias fúnebres, en su rara manía de querer llamar las cosas que él mismo hacía, en inglés y, también así lo hizo aquel aciago día. Quien sin embargo, falleció arrepentido según las evidencias dejadas al pie de su extraño artefacto de muerte, por haber desgraciado a su familia.

 ...Después el negocio sería regentado por un sobrino suyo, procedente de Italia, pero ya no tuvo el prestigioso lustre de otros buenos tiempos; aunque sí, la vergonzosa mácula de la tragedia horrible inscrita con el tiempo como por un dedo divino, sobre el velillo de la pátina acumulada en su petulante cartel de identificación… Donde el propietario daba fe, específicamente, de que no sólo era un carpintero, simplemente; sino, “CARPINTERO EBANISTA” —entrecomillado, en mayúsculas y, escrito con trazos de Sapolín color rojo". 

                          “¡Aaah, tiempos aquellos, cará; de cuando don Claudio…!” 

 ...Solía decir mucho después don Clotilde, dejándose llevar por la nostalgia y, cuando traía a colación estas cosas; cuyo taller fue en realidad un verdadero emporio de creatividad, para bien o para mal… Pues, así como se dio aquí la existencia de esta máquina tan perfecta, horrible y macabra con la cual aquel se quitara la vida, también se recuerda en contrapartida, entre otros, aunque este muy especial, un hecho inédito que llenó de orgullo a todo un pueblo. En que, hasta un precioso regalo nunca antes visto salió de las manos de sus laboriosos artesanos, para honrar a Su Eminencia don Mariano Victorino Martell, Obispo de la diócesis entonces, a la cual estaba adscrita la parroquia; radicado en Calabozo.

 …Sería  aquella, una excelsa poltrona de descanso; bella y distinguida, perfectamente construida en madera fina, ricamente decorada con metales y piedras preciosas, que según dicen todavía reposa entre los lujosos muebles de colección del palacio de verano del Papa, en Castelgandolfo; allá en el mismo lugar de igual nombre en la costa del Lago Albano, en Italia. Adonde llegara como “regalo especial al Sumo Pontífice, de parte del pueblo venezolano” y, según lo decidiera don Mariano —para quien fuera construida inicialmente—; en un excepcional gesto de desprendimiento de su parte, como dueño original de la misma.

                         “¡Aaah, tiempos aquellos, cará; cuando don Claudio…!”

      …Remató diciendo de nuevo, don Clotilde; rascándose entonces el cogote.  

…“El Indio Colavita” como también le llamaban era mañoso, taimado, impredecible e indescifrable, ducho en las artes del ocultismo y en el conocimiento ancestral del uso de las yerbas del monte, “aparte de ser un buen carpintero a decir verdad”, reconocían algunos de sus detractores; tal vez por éso, don Claudio lo trajo al pueblo después de todo, durante uno de esos tantos viajes que le gustaba hacer por el Orinoco en donde combinaba la cacería y la pesca, con la aventura… Aunque también se dice que fue más bien porque le gustaban todas esas cosas ligadas a la superchería y las malas artes; turbia charca donde su indígena amigo se movía como pez en el agua… Precisamente por éso, por lo del ocultismo, había ido tomando en el pueblo aquel oscuro personaje una cierta notoriedad.

 …Fue casualmente por esos días y, luego de la rara desaparición de don Claudio, cuando los pobladores comenzaron a ver lo incongruente y disparatado que era este asunto de que un indio —que realmente lo era, dicen que de la etnia Maquiritare; o, Pemón, no se sabía bien—, llevara por nombre un apellido de raíz italiana; lo cual sin embargo, empezó a aclararse cuando Clotilde González le echó el cuento a algunos  en un botiquín de Los Paragüitos sobre los verdaderos orígenes del siniestro personaje. Yéndosele el yoyo esa vez al hombre entre cerveza y cerveza, junto a un grupo de amigos y, queriendo lucirse con las féminas que los acompañaban en la mesa; rompiendo así bajo los vapores etílicos y el “tetero esparramao” a su alrededor, entre las damiselas presentes, el viejo compromiso de fiabilidad respecto a su curioso amigo ya fallecido.

 …Información  ésta que obtuvo de viva voz, de parte del mismísimo don Claudio Milano Montessori, quien trajera el indio al pueblo; y también, fungió siempre como su protector mientras estuvo en vida.

…Le habría contado don Claudio a Clotilde, entonces, que a los pocos días de haber nacido el pequeño Maquiritare −o; Pemón?−, por allá, en algún recodo a las márgenes de un río del Territorio Federal Amazonas donde perdió a su madre, fue criado de allí en adelante en una plantación de explotación de Sarrapia perteneciente a un individuo paisano suyo; cuyo nombre era, Aldo Colavita. Quien afortunadamente para el pequeño y, ya con el tiempo, pasó a ser como si fuera su propio padre; puesto que don Aldo lo llevó a su casa y fue criando al infortunado niño como suyo, habiendo contratado para ello y su exclusivo cuidado, a una nodriza de su propia raza.

                                                   ...Continuará.


          ...Buenos días mis amigos. Hoy les traigo la tercera parte del capitulo numero  cuatro de mi libro "Andrómaca y Felipe",...