sábado, 1 de diciembre de 2018






     Muy buenos días mis amigos, por aquí de nuevo con ustedes. Esta vez les traigo, las incidencias introductorias de mi libro número siete también a la venta en las tiendas Amazon, el cual trata acerca de una dolorosa tragedia ocurrida en los años sesenta en la localidad guariqueña de La Atascosa.  Protagonizada por dos individuos de amplia trayectoria en el paisanaje, muy queridos por todos en el pueblo. Sin embargo estas primeras líneas al principio no parecen indicar lo que realmente sucedió, como todos lo esperaban y, temían, pero dolorosamente estaría por verse en el desarrollo de las próximas horas. 


                          Veinticuatro horas para llorar

            “...Requiem aeternam dona eis, Domine, 
                       et lux perpetua luceat eis…!”   
                                           Pag. # 481
   
  …Serían las tres de la madrugada de un día viernes del mes de Octubre. Corría el año mil novecientos sesenticuatro, en un pueblo del llano venezolano donde para la época –a decir de algunos−, nunca sucedía nada importante. No obstante esta vez, algo de contundente impacto estaba por ocurrir en las próximas veinticuatro horas.

   Había un sinuoso camino de tierra rodeado de sabana por todos lados a las afueras de La Atascosa, locación donde se dieron estos hechos y, el cual discurría con dirección al Sur Oeste. Debido a la ubicación en que este se encontraba y, dadas las propias características del lugar, habría de conducir a cualquier parte; a muchos lugares o, sencillamente a ninguno. Lo que sí era cierto es que cada noche desde el viernes al domingo, tal cual aquel que viene a referencia, de sólito, un confuso jinete lo surcaba de vuelta a casa. La mayoría de las veces sin la certeza de que en realidad lo hacía, pues simplemente se entregaba al instinto de su cabalgadura; completamente embebido en una solemne borrachera
    
   Al arribar  a su morada, llevado virtualmente de la mano del noble animal que lo transportaba y, sin saber a ciencia cierta de cómo era que llegaba, Diego Nazario del “QuoVadis” Carrasco Palma se dejaba caer cuan largo era, en la entrecruzada maraña de su chinchorro de moriche. El que siempre permanecía colgado a un costado de la habitación, cimbrado de por sí, por la costumbre de sentir la pesada carga de su dueño que todos los fines de semana solía llegar dormido, ya antes de entrar en él. Quizás imposibilitado de terminar de cubrir los últimos cuatro pasos que, más o menos lo separaban de una espaciosa cama grande que también allí había. Esto sucedía siempre, de la misma exacta manera, cada vez que aquel hombre llegaba a su casa en tan pésimo estado de descontrol.  Pero aquella vez, para cuando ya se aproximaban las horas del amanecer permanecía todavía acostado pasando la resaca, sin embargo sabía que tenía la imperiosa necesidad de levantarse bien temprano porque lo esperaba −como todos los días−, una nueva jornada de trabajo en el hato; aunque había algo en él que no lo dejaba, a lo cual tampoco quería resistirse.  Más bien, se dejaba llevar por esas caricias que lo envolvían en un éxtasis de calidez insuperable, del cual jamás, hubiera querido salir. Y; embriagado por el dulce licor de aquellas repetitivas e insistentes demostraciones de cariño, que le erizaban todo su cuerpo, entonces decía prácticamente a gritos:

  Isaura… Isaura…Mi amada Isaura…!  ¡Huy, qué rico! Te amaré por siempre, mi amor…!
   ¡Hasta la muerte! –Se replicaba a sí mismo, con ardor−.
    
   De pronto, cayó en cuenta Diego esa mañana de que lo que estaba era soñando, porque no podía ser verdad tanta dicha junta –creyó él, erróneamente−; y no, ante la presencia de un hecho real. Producto del amor y el cariño tan grandes abrigado todos estos años, hasta donde ya más no le cabía, en el bondadoso corazón de “Rigoberta”, su fiel y puntual compañera tanto en los tiempos buenos como en los malos; quien, de un sólo brinco le había caído encima colmándolo con sus babosos, aunque cálidos lambetazos en el rostro. Dándole besucones a diestra y siniestra, por todas partes, al tiempo que frenéticamente movía su colita de contenta echada a horcajadas sobre él. Por lo que, barajustado, el hombre soñoliento se sacude el animal de encima de un sólo manotazo al darse cuenta de lo sucedido, tratando de incorporarse dando traspiés, todavía en la oscuridad. En sus estertores por volver de nuevo a la plena realidad, de pronto siente algo extrañamente frío en la punta de los dedos en uno de sus pies, mientras con ellos busca desesperado, sus alpargatas debajo del chinchorro. Es entonces cuando se percata de que los había metido, precísamente, en la blancuzca bacinilla que usaba como escupidera; la cual en el desbarajuste salió rodando con estrépito por el piso en círculos entrelazados, inclinada hacia un lado a punto de volcarse y,  haciendo una reguera con la saliva de borracho que contenía en su interior. Emitiendo en su díscolo y serpenteante viaje al mismo tiempo, unos desagradables crujidos al chocar con violencia, primero contra la piedra de amolar  acunada en un rincón del cuarto, después con muchas otras cosas, utensilios y herramientas de uso común en la faena diaria, que también el hombre acostumbraba mantener en aquel lugar.  
    
   Durante el alocado viaje de la cochina vasija sobre las irregularidades del piso de cemento de la pieza, se oían sus desagradables y característicos chasquidos cuando impactaba repetidamente con casi todo a su paso. Al hacerlo contra las cosas duras a lo largo de su curso, el peltre con que estaba hecha se descascaraba desprendiendo pequeños trozos redondeados e irregulares que iban dejando al desnudo el parduzco metal que le servía de base. Aparentando ser luego, negros lunares en el recipiente averiado de fondo blanco ya sucio,  en este caso; dando la impresión podría pensar alguien, que sería ésa la velada intención de Diego, aunque sin él mismo proponérselo en verdad. Porque con el tiempo el estropeado cuenco iba quedando con una apariencia muy similar a la piel de los perros de raza dálmata; irónicamente, tal cual era la de de su fiel y siempre alerta dama de compañía, regalo obligado que habría tomado dada las dolorosas circunstancias en que se vio envuelta, la trágica vida de su verdadera dueña. A la que por cierto le habría puesto Rigoberta para recordar con este nombre a su malograda novia, que en vida llevara ese mismo aunque un tanto estrambótico para una mujer tan bonita, que aquella era. Desaparecida un día en las encrespadas aguas del rio Caroní, durante una atribulada e infausta estancia de excursión amorosa por aquellos predios; el año pasado.
    
   Diego Carrasco  a secas, así le gustaba ser llamado; o, simplemente, Diego. Buscando siempre escabullirse a toda costa de su pomposo nombre no se imaginaba,  que dentro de poco sería el protagonista de la más terrible de las experiencias que hombre alguno pudiera experimentar, entre los apacibles habitantes de aquel pequeño pueblo que lo vio nacer. Aún mucho más grave e intensa, que la vivida durante el trágico caso de su amada novia, Rigoberta Morales Arciniega.  
    
   Por lo pronto se acababa de levantar Diego Carrasco aquel nuevo día, aunque de forma aparatosa y, todavía con sueño, del chinchorro en que había pasado parte de la noche; después que a duras penas regresara del pueblo donde hasta tarde había estado haciéndole compañía entre tragos y rancheras mejicanas a la voluptuosa Isaura García, su hembra de turno. El nuevo empeño de su vida; que habría llegado en sus largos días de desesperación, y soledad, para borrar virtualmente de raíz los recuerdos de aquellos luctuosos momentos al lado de la única mujer que auténticamente habría amado. Cuyo cuerpo sin vida tuvo que soportarlo a su lado cuando entre sollozos y gimoteos lo trajera de regreso, al reaparecer rio abajo después de tres días de ardua búsqueda; protagonizando entonces un penoso y amargo regreso con tan malas noticias a la casa de la malograda joven, originarios del pueblo de Chaguaramas. Cosa rara era aquella de su inusitada lloradera, en un hombre que como él, habría sido criado con la falsa creencia inculcada por su padre y sus abuelos  de que el llanto deshonra a los varones; por lo que desde siempre, tuvo como norma suprema aprendida desde niño muy común a todos los llaneros de su tiempo, siendo un error de concepto, mal interpretado además, no sólo como válvula de escape en la biología misma del individuo; sino también debido a viejos atavismos morales subyacentes en su cultura ancestral, que: “Los hombres no lloran”. Pero en su caso muy particular por la gran proporción de la pérdida sufrida y lo que ello significaba en su vida, habría de apartar Diego aquellos antiguos conceptos juveniles, rémora moralizante de sus mayores, dándole un giro particular al asunto que con el tiempo sería su nueva manera de abordarlo. Entonces;  a partir de allí, como una forma de justificar su llanto por tan irreparable pérdida, empezaría a decir a modo de chanza entre amigos:
“El hombre no llora… Pero, “jipea”…!
    
   Llegadas las seis de la mañana de aquel nuevo día (sábado), como era habitual, Diego Carrasco por fin se levantó impulsado por su particular sentido del deber después de su borrachera anterior; para encarar los trabajos de rutina en el fundo de su propiedad, heredado de su padre hace diez años atrás y,  que demandaba de él su continua atención y dedicación para seguir siendo el próspero enclave que siempre fue. Tal como sus viejos se lo habrían legado. Razón por la cual, con la cabeza aún zumbante, dándole vueltas como un bombo, finalmente se armaría de valor para poner manos a la obra una vez más.
    
    Mientras tanto la hermosa perra dálmata, contrariada por lo sucedido en el chinchorro la madrugada anterior y confundida por la displicente reacción de Diego hacia ella para aquel momento, se hallaba apostada en un lugar más apartado de la entrada a su alcoba, muy distinto a su sitio  preferido que era el suave tapete de felpa donde usualmente descansaba, junto a la mesa de centro de la sala –sitio más próximo que normalmente ocupaba, cuando las cosas entre ellos estaban bien−; con un gran jarrón encima donde regularmente había flores. Esperaba así con ansias el dócil animal a su, aparentemente para ella, por ahora, malagradecido amo; para acompañarlo como de costumbre lo hacía, en su diario trajinar por el monte, y la sabana.  Simplemente sabía que debía hacerlo porque era esa su responsabilidad, además, pese a lo ocurrido, no sentía rencor alguno por aquel; y, que tan sólo fue un mal momento pasajero el cual esperaba se resolviera. Pero Rigoberta había aprendido en el transcurso de la dilatada relación amistosa entre ellos, que al no sentarse en el tapete junto a la mesa con vista a la puerta del cuarto de su dueño, era esto una clara señal de su descontento; que él siempre había sabido apreciar y distinguir. Por consiguiente ahora, tal detalle debería ser tomado en cuenta para resolver lo que habría salido mal, causa de tal desasosiego en el fiel animal... Que por su parte, estaba ocupada lamiéndose los cuartos delanteros, acicalándose el lindo pelaje que tenía en ellos; cuando de  pronto escuchó el chirriar de las resecas bisagras del vano de una puerta, lo que indicaba que ya era el momento de marcharse. Porque la que acababa de abrirse era en la habitación donde Diego descansaba; la primera de las cuatro que tenía la casa por ese lado, a lo largo de un zaguán en herradura que se iniciaba a la derecha por un costado de la espaciosa sala de la vivienda, para luego conectarse con otro mediante un pasillo más ancho cubierto por un alero entejado con vista a los potreros,  en el lado posterior al fondo de la solariega casona. Igual arreglo arquitectónico se repetía por la mano contraria de la misma estancia donde ahora estaban a punto de reencontrarse, Diego Carrasco y su leal dama de compañía, que atendía al nombre de Rigoberta. Tal era aquella parte tan acogedora de la vieja construcción del hato, que databa del siglo pasado. Permanecía Rigoberta esta vez, retirada unos diez pasos de la puerta por donde sabía de antemano, aparecería en algún momento su querido dueño. Posada descansando frente a la boca del zaguán por donde corrían los otros cuartos de la casa, del lado izquierdo, contrarios a los que seguían luego del que Diego ocupaba, en el ala derecha.
    
    A los lados sobre las paredes, colgaban cuadros con motivos de cacería, pesca, escenas propias de la doma de caballos y, arreo de ganado; junto a los viejos y agrisados retratos familiares de Diego. Con otro, un tanto fuera de lugar por estos lares, que recreaba una soleada playa del mar Caribe llena de gente, tolditos multicolores y, a rayas. Comprado en el Paseo Colón de Puerto La Cruz, la primera y última vez que Diego vio el mar, andando en esa oportunidad con su novia Rigoberta Morales la vez que se le murió. Más allá, después de todo aquello, detrás de la noble perra podía verse un armario construido en madera barnizada de color marrón, con varias escopetas sostenidas en unos receptáculos, con la boca de los cañones hacia arriba; aseguradas con unas cadenas plateadas, enganchadas todas a un candado.
     
 ...En un compartimiento lateral del mismo mueble a la derecha de las escopetas, a través de un vidrio cristalino de seguridad podían verse en sus estuches de lujo, abiertos para que fueran admirados por quienes apreciaran estas cosas entre sus visitantes, cinco pistolas y revólveres de fabricación estadounidense; de modelos viejos, más bien antiguo. Destacaba entre ellos un revolver Colt calibre .44 especial, que hacía un vistoso juego con su impresionante trabajo de arabescos, grabado en el acero del cañón y también en torno a la masa, en los que mostraba además un discreto brillo; junto a su bello trabajo de artesanía, tanto en la cacha como en el estuche mismo que lo contenía. Incrustado en él, según su forma, en la suave textura del fieltro verde con que estaba hecho. Contenido como un todo, en una linda caja de nogal en cuya cara interna de la tapa abierta, podía apreciarse en su forro de seda blanca envejecida exprofeso, un dibujo en tinta china del edificio fabril donde Samuel Colt fundara su imperio armamentístico mecánico, junto al rio del mismo nombre, en Connecticut. Adornaba la cima del edificio central en el grabado, la estatua en broce de un potro parado en sus dos patas traseras en actitud desafiante. Cuya estampa en el animal, recordaba el mismo apellido del dueño, al mismo tiempo prolífico inventor.
   Cuando la moteada Rigoberta finalmente vio a Diego parado allá, con su robusta figura recortada entre el marco de la puerta, rematada la parte superior del mismo por una caramera de venado de doce puntas que con orgullo exhibía como trofeo de ambos en realidad; puesto que fue ella, quien con su agudo olfato, persistencia en el seguimiento de las huellas dejadas por la presa y, su valentía para enfrentarse a la misma, quien la acorralara entre unos matorrales. Materializando de hecho, el preámbulo de la luctuosa tragedia final en la negra muerte de aquel otro animal, el que finalmente caería rendido, ante los certeros disparos de la carabina morocha de Diego, se paró con la gracia que la caracterizaba y trotó decidida hacia él, sin resentimientos; pasando inadvertidamente y muy oronda por encima del amplio tapete debajo de la mesa de centro, puesta sobre éste. Encima de la cual, había un bello jarrón de boca ancha ejecutado en arte Murano, con flores resecas en su interior; prueba inequívoca de que la señora Petra, la que hacía los oficios de la casa, no había portado por allí aquel fin de semana. Lugar habitual donde Rigoberta, en otras circunstancias esperaba a Diego. Enseguida el hombre, al mirar de dónde venía la bella dálmata de inmediato se percató de que seguramente habría cometido algún error hacia ella,  recibiéndola de su parte con un cálido saludo en respuesta a sus nobles insinuaciones, mientras la misma trataba de poner sus dos patas delanteras sobre la cintura del recién llegado; quien la atajó con suavidad, agachándose para sostenerla entre sus brazos. Después le acarició cariñosamente la cabeza, también entre sus orejas y el pecho;  abrazándola, diciéndole con suaves palabras lo mucho que la quería y, que recibiera sus disculpas… Con lo que todo volvería a ser igual entre ellos, después de una olvidadiza y estrepitosa  borrachera. ¡Tan sólo éso, y nada más!
   
   Apenas si se asomaban con timidez las níveas líneas de claridad matutina por encima de las greñudas cabezas del palmaritar a lo lejos; dando la apariencia de un montón de gentes que también acababan de levantarse, haciendo cola para ir al baño, a la espera de asearse y peinarse frente al espejo de la laguna. Iniciándose de nuevo, una vez más, lo que ineluctablemente se tiene pautado para ellas, también en su efímera vida.
   
   Cuando Diego Carrasco visualizó aquello, aún aturdido, con determinación espoleó suavemente los ijares de su caballo de brega, al tiempo que emitía un ligero chasquido con sus labios que indicaba su inequívoca decisión de emprender la marcha siempre escoltado por su fiel Rigoberta. Poniéndose en movimiento hacia el apartado palmar que los esperaba,  para devolverles las reses que el día anterior, aprovechándose de los devaneos del patrón enamoradizo habían quedado de su suerte vagando al garete por el ancho rango del campo abierto. Fueron encontradas las reses echadas entonces en el suelo sobre la hierba humedecida por el rocío mañanero, rumiando cada una, su respectiva porción de las sabrosas bayas de fruta è palma regadas a montones por todo el lugar.  Era ésa, la rutina diaria de un hombre venezolano sencillo, habitante endémico del llano. Sólo que; en su caso, por ser uno muy mujeriego además de tomador, entonces se la pasaba metiéndose en problemas y, en extrañas situaciones con otros hombres que de una u otra forma se sentían afectados por sus desmedidas aunque naturales inclinaciones hacia el género  opuesto. Casualmente como en el caso del que aquí sería su víctima y, extrañamente también su amigo, don Petronio Corrales.
  
   Terminaba así la hora cero, en un día cualquiera de la convulsa vida de Diego Carrasco. Dándose inicio en consecuencia, a un corto pero significativo período de tiempo de veinticuatro horas en que, los diferentes avatares de su existencia hasta ahora, configurarían otros jamás soñados por él. Ni por ningún hombre común y corriente en circunstancias análogas a la suya. Será a partir de allí, precísamente, cuando arranque de forma efectiva el fatídico conteo de tiempo hacia su auto aniquilación; en la vida de aquel hombre. Que no sólo llorará contrario a lo que de niño, le fuera inculcado, sino que además lo hará, con lágrimas de sangre; en un odioso desmentido sobre lo que al respecto, su padre y sus abuelos opinaban… Y con él a la cabeza, convocará para ser acompañado cual plañideras tarifadas, a muchísimas personas más. Tanto de su familia como de otras, en todo ese pueblo que lo vio nacer; conocido como La Atascosa, en el mítico llano guariqueño.

     ...Hasta aquí, llegamos hoy. Continuará...!

viernes, 23 de noviembre de 2018


                                               




           Buenas tardes amigos. Hoy traigo para ustedes, lo que vendría a ser la introducción de mi libro número cinco, actualmente también a la venta en las tiendas Amazon de todo el mundo; haciendo con esta entrega un pequeño paréntesis en la historia por capítulos que he venido haciendo, del libro uno Evasiones de Hilario Coba.                                   
                            
                              
          ...A continuación, he aquí las incidencias, de:





                            

                                 *** MEMORIAS DEL PUNJAB***
                                 (La Gran Aventura de Andrómaca y Sayed)      


                                                     En honor a mi amigo:
                                                          Alí Mohammed.
                                                              (1971/1990)  

                                   

                                                                       I

     Con vertiginosos, resoplantes borbotones de candente blanquísimo vapor, va envuelta la pesada figura de una muy agrisada y, casi negra, maquinaria en movimiento de un tren; que rodando con estridencia a través de los oscuros recovecos de la vía férrea va escindiendo la noche, a través de la húmeda y sombría selva. Entonces encendida hacia adelante, también a los costados en un ángulo de unos sesenta grados desde su trompa, por las columnas de sus potentes faroles de arco voltaico que se empeñan en apagar a toda costa, las tenues luminarias de los indefensos cocuyos del monte; lo que irremediablemente ocurre,  con total impunidad. Igualmente, silencia con su tronío los rítmicos chirríos musicales de los grillos que asustados, huyen por su vida junto a los bichos de luz, brincando en desconcierto hacia lo más intrincado de la alfombrada espesura del biodiverso, dadivoso soto bosque; emplazado allá más abajo. Donde con bondad son recibidos como huéspedes momentáneos y circunstanciales, aventados con violencia de su nivel natural, pero escapando milagrosamente recobrando así la seguridad ya perdida; entre sus múltiples habitantes que por lo pronto, se encuentran en oportuna dormición.  
     
     Es allí cuando caen en cuenta haciendo un balance de sus repentinas penurias y, entre sentidos lamentos, que han sido obligados a abandonar por imperio de la fuerza sus propios espacios ya tradicionales pero también, a recoger sus atriles siempre desplegados que usualmente sostienen las delgadas hojas del papiro, donde a diario apuntan sus notas musicales; junto con los traslúcidos, muy minúsculos frasquitos en forma de ánfora contentivos de sus olorosas feromonas, con que las acicalan… Antes de echarlas a volar en alas del viento, para que vayan tras la búsqueda hasta el más recóndito de los rincones del mágico y caluroso carrascal, de alguna enamorada grillita que nerviosa espera posada de piernas cruzadas,  sobre el pétalo de una flor; contemplando el paisaje boscoso en donde habita y, pendiente por recibir, la anhelada señal de su amado.
     
     Sin  embargo allí verá pasar el tiempo y con él, también la vida —pensando así en lo peor, en lo que pudiera pasar, al dejarse llevar por un oscuro presentimiento; convenciéndose de que siendo de ese modo ya nada tendría sentido para ella, ni siquiera su existencia—, “deshojando lentamente la margarita” de sus tormentos con su ojosa mirada entristecida remarcada por sus rizadas pestañas de chica coqueta abandonada, olvidada, perdida en la sinuosidad del camino que conduce a sus dominios más familiares; y, por tanto, el legado de sus padres. Hasta donde al parecer, según sus aprensiones, se atreven a llegar aunque como un rumor apagándose en la lejanía los zumbidos pulsantes, de aquel acerado monstruo ensordecedor; causante de su odiosa debacle.
   
     Ante semejante arbitrio de unos recién llegados arribistas, se habría quebrantado así la natural persistencia de la solitaria pareja destinataria del abortado mensaje cifrado de su amado; que sin saberlo, con certeza estaría entonces sufriendo horrores y, lamentando, la amargura  de su cruel destino en algún lugar de la floresta… La que al ser violada en sus costumbres de siempre marcada por sus ancestros, actuará en consecuencia de algún modo que propenda a conservar su total integridad, dispuesta a defenderse a sí misma; pero también a sus más débiles criaturas. Por lo que decidida, se dispone a hacer valer su vegetal autodeterminación oponiéndose con lo único que tiene, su vida misma, al gigantesco artilugio mecánico que ha venido a interrumpir el sagrado proceso creador institucionalizado en siglos por los hados protectores de la vida en las selvas tropicales, mágicos habitantes de las profundidades en sus invernales espacios terrenales… Protestando inmediatamente la verde jungla con su enérgico rechazo, al despiadado demonio rodante de articulada siderurgia que con su rabiosa bullaranga tan sólo parece obedecer a la lógica de las leyes de la mecánica y, la termodinámica; sin más contemplaciones por lo ya creado. Quizás ni siquiera aquellas, que lo fueron antes que ellas mismas.
     
     En todo caso, la pretendida defensa con que de pronto responde la enorme y extraordinaria espesura de la jungla plantándose con valentía delante de semejante intromisión, es ejercida a costa de su propia integridad mediante la acción de sus fuertes, flexibles y retorcidas lianas; que emergen por cientos en caída libre cada cierto trecho del trazado y, a través, del tupido entramado conformado por la herbaria frondosidad desde sus altos techos de verdes hojas… Estrellándose cual soldados suicidas de un selecto ejército de obedientes y bien entrenados Muyahidines, convencidos a pie juntillas de que vienen a restablecer el orden impartido desde las sagradas escrituras del Corán; cayendo furibundos con todas sus fuerzas sobre el metálico capacete de los apersogados carruajes del aparato en frenético movimiento, que renuentemente y, sin embargo,  continuará  envistiendo la densa espesura en medio de la noche… Pero insistentemente por su parte, a juzgar por la férrea decisión de la jungla de no dejarse someter por el intruso, entonces se va dibujando en la determinación de ambos combatientes el deseo mutuo de quererse aniquilar; confirmándose en la disputa el despliegue de una verdadera batalla en que la naturaleza le seguirá respondiendo al invasor como ahora mismo lo hace… Mediante un enjambre de sus fuertes bejucos que con la resistencia del acero pareciera constantemente estar compitiendo entre sí, al querer asir de primero a la robusta maquinaria con toda su potencia acerina combinada; introduciéndose por todas partes en la forma de dedos, brazos y garras, a través de las sucias ventanillas de sus vagones —aún en las de vidrios rotos, con los que eventualmente pudieran lastimarse—, pero también por los distintos salientes y hendiduras propias de la configuración del modelaje tecnológico, del furibundo vehículo.
     
     Finalmente y, muy a su pesar, con todo el desempeño de hasta el último de sus soldados de elite que uno tras otro fueron cayendo ante semejante despliegue de poder, impunemente continuará en su frenética marcha —una vez recuperada la forma original de su cuerpo  afectado severamente en la degollina cruzada, por la acción de sus enemigos; comportándose extrañamente los materiales con que estaba hecho, sin embargo, como si estuvieran poseídos de una diabólica memoria—, el alocado tren en su rauda evasión; indetenible e imperturbable,  sabiéndose entonces vencedor del virulento ataque con que la selva intentaba detenerlo, aún mediante el uso de su "único y más reservado recurso armado”… Así que ya totalmente libre de nuevo como siempre ha sido, allá va el belicoso carromato largo y curvilíneo como un ciempiés, rasgando el velo de la fría aunque húmeda noche del Punjab con sus masivos y acalorados nubarrones que le salen en tropel por las anchurosas bocas de sus toberas, muy típico de estas bestias; con lo que va dejando tras de sí una despresurizada nube que poco a poco se integra a la humedad natural del boscoso ambiente, pero agregando al paisaje como detritus de su petulante intervención un acre olor a alquitrán, gomas, y aceite quemado de motor… Lo que provoca junto al odioso ruido que produce, la insólita perplejidad de los normalmente inquietos y azarosos monos gibones, habitantes endémicos de la región que por las condiciones del momento adquieren una extraña pasividad que los hace asomarse con desgano, aunque cierto interés sólo en algunos, a través de los claros entre las ramas de sus escondrijos; dejando ver cómicamente sus entonces agrandados ojos amarillos —semejantes a faros de azufre—, aguarapados en exceso, sin ninguna necesidad, por la despiadada intervención del hombre en sus sagrados asuntos domésticos particulares.  
     
     En definitiva se trata todo este embrollo lamentable, del despiadado tren de fabricación inglesa que en un santiamén pareciendo estar poseído por el más revanchista y obscuro espíritu de venganza —tal vez cual “Cristine”, la recuerdan…? El famoso carro rojo dos puertas marca Plymouth modelo Fury del año 1958, protagonista de la taquillera película homónima basada en la novela del mismo nombre, del prolífico autor estadounidense Stephen King—, exterminaría miles de vidas a su paso por el bosque en flagrante violación de sus espacios según los más sagrados preceptos de las milenarias tradiciones punjábicas, para la defensa de la  espesura.  
     
     Identificado por cierto este aparato para la posteridad —cuando en algún juicio se le aplique la ley, ya sea en éste o en otro mundo— con el muy significativo número 18847, quién sabe desde cuánto tiempo atrás, quizás de mucho antes de lo ocurrido aquí, en este país; y, el cual lleva encerrado en un ovalo ejecutado en alto relieve, sobre la fundición de metal en el frontal de su bullosa locomotora... Pero remarcado toscamente en su caso tal identificación por algún obrero cooperativista de precario pulso  (eufórico aún seguramente durante la resaca de un lunes, posterior a los naturales festejos en La India por su libertad bien merecida; y,  consecuencia directa de la independencia ganada en buena lid al mayor imperio del mundo con la obstinada guía personal de su viejo líder, también llamado por todos: “Bapu” —padrecito—. Quien usara en esta lucha como era ya costumbre, su única arma de defensa, la “no violencia”; por siempre sujetado con firmeza a la verdad, basado en sus más preclaros ideales y férrea convicción en la Ahimsa y la Satyagraha. Divinamente inspirado para la aplicación de dichos conceptos en la vida real, muy especialmente en el terrible drama que por aquellos días vivía su nación, en las  enseñanzas aprendidas de los sagrados Upanishads hinduistas, y de la fuerza moral −según él lo declaró en vida−, en las palabras de Jesús de Nazaret en el Sermón de la Montaña. Mateo 5, 1; 7, 28), sosteniendo tal vez un pincel con pintura roja entre sus temblorosas manos; probablemente durante alguna rudimentaria labor de mantenimiento para la compañía indo-persa a la cual entonces pertenece y que, se hizo cargo de la vieja línea de transporte, junto con todos sus activos… La cual, habría sido “cedida al pueblo” mediante concesiones graciosas del nuevo gobierno nacionalista indio de corte socialista moderado y, ahora también legítimo; heredero hoy con justicia de todo aquello que en tiempos del grosero régimen inglés, fuera regentado por corruptos agentes comisionistas  a nombre de la corona británica.


     (…Por cierto, régimen dictatorial extranjero impuesto en aquel país a mediados del siglo XIX, aproximadamente desde 1856,  hasta que fuera defenestrado del alto podio que ocupara por más de dieciocho lustros, en el año 1947. Gracias a las legendarias acciones de su eximio guía, aquel “faquir sedicioso que sube medio desnudo las escalinatas de palacio del Virrey”, tal y como con desprecio trataría de descalificarlo en su nota textual, Sir Winston Churchill; tal vez el más lamentable desacierto de su “gloriosa” carrera como hombre público —aún por encima de su propio desastre en Galípoli—. Lo que ciertamente no hizo mella en la intensión del pueblo hindú respecto de aquel ilustre aludido, al distinguirlo más bien con el honorífico título religioso de: Mahatma. “Alma Grande”; en su traducción del sanscrito y, lengua clásica de este pueblo milenario… Trastocando así para la historia, su verdadero y humilde nombre, Mohandas Karamchand  (Ghandhi), en ese otro que sería mucho más brillante; llevado por él con auténtico orgullo, como cosa rara en un individuo de su clase no afanado a la adulación, grandilocuencia, ni a los altos podios. Que a su entender lo cargaba a cuestas únicamente como “símbolo heráldico de su armorial”, de: Sencillez, humildad, temple, determinación, y coraje; por nombrar tan sólo algunas de sus cualidades… En un hombre que ha sido en verdad, bañado con la luminosa sabiduría del Sr. Rama cuyo nombre fue lo único que vino a sus labios en sus últimos momentos de vida, cuando ya casi dejaba este mundo; pronunciándolo antes de morir… Seguramente para pedir perdón hasta por el mismo causante de su desgracia; al caer abatido por las balas de un necio asesino. Siendo su vida sin lugar a dudas, un auténtico ejemplo  para toda la humanidad. "Oh, Rama...!" Fue lo único que se escuchó, ahogado por los gritos de dolor de sus auxiliares en la nutrida reunión; despues de los disparos...!).
    
    
   ...Por su parte, inocentes de las duras penurias que semejante máquina en que viajaban iba imponiendo en los más desvalidos seres del entorno, ocupando uno de los desmejorados camarotes del viejo tren y, adormitados en el reservado para los pasajeros de segunda clase, descansaba un hombre viejo ya bien entrado en años apoyado en hombros de su mujer echada también a un lado; rendidos por el sopor, y el sueño. Soportando la pobre mujer —menos mal porque al menos, estaba dormida—, la aún masiva complexión de su marido que sin embargo, la rebasaba en edad al menos por unos diez años; pero mucho más, vencida por su voluminosa y, estática carga.  Viajaban ellos solos esta vez, sin sus hijos que eran dos —Andrómaca, y Viktor—,  ni con ningún otro familiar, o amigo. Tan sólo podía verse como su acompañante de viaje, un escueto equipaje que reposaba holgado  sobre el largo entrepaño de mimbre, con forma de cesta, que corría a lo largo de las paredes del carro, allá arriba y, cercano al techo. La vista de los dos ancianos era en verdad, un contraste:
      
     Él; todavía algo fuerte, corpulento, con el pecho de un toro como el del legendario Minotauro, según decían sus amigos desde joven; aunque ahora bastante arrugado. Se le apreciaba robusto aún, de marcado aspecto boyuno, todo canoso, entonces un tanto encorvado y, bastante achacoso.
     
   Ella; muy flaca, alta, frágil, también encorvada, aunque conservaba todavía las reminiscencias de su belleza de tiempos idos. Exhibía aún la serena dulzura de su bien encuadrado rostro, pero visiblemente marcado por profundas arrugas, con acentuados surcos en “pata e’ gallina” a ambos lados de sus otrora, bellos ojos.  
     
     Se trataba esta pareja del matrimonio conformado por Sayed Katay Rawalpandi, y su inseparable esposa, Helena Andrómaca  Polidourius; quienes esa noche ya llevaban una semana de travesía desde el Caribe en América del Sur, en su prolongada aventura hasta La India. Habiendo hecho la primera parada de su largo viaje, ya en ese territorio, en la bulliciosa ciudad de Delhi, su capital —país de origen del señor Sayed—, donde se embarcaron de nuevo en otro tren para seguir viajando, entonces hacia el interior de aquella gran nación. Intentando llegar por este medio cabalgando a través de intrincados caminos y vías, a la budista ciudad de Dharamsala, en el Noroeste del Estado de Himachal Pradesh; y, también al noroeste, de esta república como tal. Hasta donde llegaba por cierto el trazado de la vía férrea por ese lado  —consecuencia de los graves daños causados por el violento terremoto del año mil novecientos cinco, en esta zona; momento en el cual, el imperio británico abandonó el desarrollo del tren más allá de esa montañosa región considerada desde entonces también, muy sísmica en extremo—, para luego continuar su viaje por carretera.
     
    No obstante saber que tenían la posibilidad de transitar por otros rumbos que le harían más ligero el viaje hasta su pueblo, la anciana pareja había tomado éste porque el señor Sayed quería complacer a su esposa Helena; en algo así como lo que sería, su regalo postrero. Puesto que, siempre ella le habría dicho que antes de morir, deseaba estar en un monasterio en Dharamsala ante la presencia del Dalai Lama; de quien sabía, vivía por aquellos tiempos en esa ciudad, hacia donde iban. Todavía les quedaría por  recorrer a partir de allí, después de éso, a los cansados esposos Katay−Polidourius unos ochenticinco, o tal vez noventa kilómetros más para llegar a su destino final; viajando en auto con rumbo siempre al oeste desde esta religiosa ciudad hacia y, a donde se dirigían. Hasta arribar a una pequeña población de nombre Shahpur ubicada en el Distrito de Gurdaspur, al norte de su querido Punjab. 
   
     Este pueblo Shahpur en el Punjab indio, por cierto, era el asiento amado final, de lo que fue la familia del señor Sayed en los lejanos tiempos de su temprana juventud al lado de sus padres, hermanos, muchos tíos y, demás parientes. Resultado de la que fuera en el pasado, mucho más lejano aún, su primigenia y numerosa parentela de antaño; cuyos patriarcas fundadores por el lado de su padre procedentes en principio del estado de Guyarat, más al oeste del país, se asentarían al llegar con sus familias, precísamente en esa zona; en las ya lejanas épocas de aquellos emblemáticos peregrinajes entre el mediano y, lejano oriente. Quiénes visitaran esta parte del mundo —oeste de La India—, por primera vez, estableciéndose definitivamente allí; a finales del tercer quinto del siglo diecinueve. Como consecuencia de las tradicionales, dilatadas, y penosas marchas del grupo originario que se dispuso a llegar por allí a este país, junto a tantos otros; en las postrimerías del siglo XVII a través de la Ruta de la Seda, procedentes de algunos lejanos lugares en el Golfo Pérsico. Pero una vez allí, con el correr del tiempo después de varias generaciones de integración familiar, de acuerdo con las distintas influencias culturales indias y punjábicas, su estirpe se iría decantando hacia diferentes creencias de las muchas que pueblan esta convulsionada región del mundo.
   
    Sayed Samir Katay Rawalpandi —era éste, su nombre completo—, de hecho tenía una mezcla de las principales tendencias religiosas y culturales que por allí había, viviendo en sana paz con todas ellas, pues no era un hombre radical mucho menos de pensamientos fundamentalistas; a propósito de las dos más renuentes y, reaccionarias de la zona. Eran éstas por una parte el Hinduismo, estratificado y variopinto; y, el otro el Islam, que por principio suele considerarse como único, y el más puro… En conjunción con una tercera, que viene a ser como la bisagra entre ambas,  por decirlo de alguna forma y, muy especialmente con base en su consagrado pacifismo: El Budismo. Tradiciones religiosas al lado de otras más, dentro de las cuales finalmente, se habría criado el joven Sayed.
      
   Su padre Yibril Abdelcader Katay era netamente islámico, aunque también un hombre justo y respetuoso de las creencias de los demás; mientras que su madre Prajapati Abhilasha Rawalpandi por su parte, una budista consagrada y, nativa del lugar. Pero sin embargo muchos de los miembros de la familia a las cuales pertenecían especialmente en el caso de su madre, era de tendencia hinduista. Así, pasaron a constituir un caso de unión muy particular que, aunque extraño, no era inédito en esos lejanos tiempos en los cuales estas cosas se arreglaban con una sustanciosa dote; y, sobornos muy sutiles por debajo de la mesa a algunos corruptos líderes tribales que, hechos los pendejos, "solían hacerse de la vista gorda". Dándose por aquellos días en que estas cosas pasaron, un raro caso de amor sublime en la pareja que ellos conformaban; con un inmenso aporte de tolerancia mutua entre ambos, culturalmente hablando.
     
     Cuando el pequeño Sayed era muy niño, igual se sentía feliz mientras acompañaba a su madre a los ritos y templos de su religión natural, el budismo; que asistiendo con su padre a los suyos. Como por ejemplo a las dos mezquitas que había para la época en su entonces pequeño pueblo, Shahpur. Incluso una vez su padre lo llevó a La Meca, en Arabia Saudita, y circunvalaron juntos el sagrado santuario de La Kaaba cuando cumplió su mayoría de edad; por allá en el año mil ochocientos noventa.
     
     …También solía recordar Sayed, con muchísimo cariño, las experiencias religiosas junto a su madre la piadosa Prajapati, aquellos lejanos tiempos de su niñez en que se acostumbraba en determinada época del año, entre algunos miembros adultos de su familia, irse marchando en peregrinación con muchas otras personas de su misma fe, por los diferentes monasterios del valle del Kangra;  cercano a su pueblo y, en el que los había por decenas.  
     
    …En aquellos viajes —decía—, lo que más le gustaba al joven Sayed era jugar con los monos que prácticamente convivían en casi todos los templos junto con los monjes, que a pesar de las desagradables travesuras de los micos, cuidadosamente los apartaban con extremada calma y bondad; al acercárseles nerviosamente, husmeando en las cercanías de sus tazas de arroz. O; cuando se les subían por sus azafranadas y, sencillas ropas, incluso hasta en sus rapadas cabezas, curucuteando entre sus oídos mientras ronzando masticaban frenéticos la dura corteza de la nuez del mango, que tanto les gustaba. Lo que eran risas y risas  entre el pequeño Sayed, y la comitiva que formada con otros niños de su  misma edad, que igual se divertían con estas cosas. Mientras lo hacían, veían que los primates se hartaban también de pitahaya, pomarrosa, y tamarindo; de los muchos árboles que en los alrededores había en los sombreados patios de los grandes monasterios. Luego todos los niños se entretenían lanzando algunos restos a los monos, entre risas y pequeños disparates en realidad sin ninguna malicia, pero al ser sorprendidos por los monjes eran reprendidos con severidad por lo que los religiosos estimaban habrían sido unas malas acciones de su parte; al considerar sagradas a estas criaturas, además.
    
   …Entonces cuando estas cosas sucedían, los traviesos muchachitos salían corriendo; unos apenados otros risueños, algunos hasta maldiciendo —según el tipo de carácter, o moralidad que ya fuera aflorando en ellos— a lo largo de los oscuros corredores del templo entre las almagradas paredes de adobe y, de bahareque, que normalmente circundaban este tipo de edificaciones en el valle. De todas maneras no se escapaban, porque algunos de los monjes más jóvenes los perseguían escoba en mano, y los obligaban a barrer los espacios que habían ensuciado usando unos grandes escobillones generalmente de millo, o, de hojas verdes del monte; confeccionados por los devotos religiosos allí en su propio monasterio. Les decían que si se negaban se lo dirían a sus padres cuando salieran, ya desocupados de sus labores de adoración a Buda, en el interior del santuario; lo que significaría una vergüenza muy grande para los representantes de estos niños quienes en sus próximas visitas no podrían traerlos de nuevo. Pues; quedaban “fichados” por así decirlo, porque los monjes registraban sus nombres y faltas en unas duras tablillas que usaban para éso, hechas por ellos mismos con fibras de bambú, y un engrudo aglutinante preparado con la cera y, miel de algunas abejas.


   ...CONTINUARÁ,,,!

sábado, 10 de noviembre de 2018






     Buenas tardes amigos, aquí de nuevo con ustedes para hacerles una nueva entrega de mi libro Las Evasiones de Hilario Coba, el número uno perteneciente a la saga de cuatro: Relatos Oníricos de La Atascosa. Hasta aquí, habíamos quedado en el capítulo cuatro, La Visita; ahora les entregaré el quinto, titulado: Los Vecinos.



    
1.5                               —Los Vecinos
     

     Recuerdan a la famosa Greta, “La pandereta"…?  Bueno, como ya es sabido, su verdadero nombre era Andrómaca. El cual llevaba con gran altivez aunque sin caer para nada en el más mínimo y fútil endiosamiento —a sabiendas que además, era una artista consumada—, estando ella en conocimiento de que era realmente bella; aunque sí, una regordetica mujer. Que cuando uno la observaba bien, claramente quedaba expuesta ante nuestros sentidos como un personaje salido de las sensuales telas del pintor colombiano Fernando Botero. Pero su verdadero orgullo en realidad venía de la antigua Grecia, país de origen de su amada madre, la Sra. Helena; quien le bautizó de tan significativa manera… Tal vez, como el magnánimo tributo de su parte a las mujeres caídas con sus hijos y esposos, inocentes ciudadanos de una gloriosa nación enemiga de la suya; cuando ambas se enfrentaron en una dura y cruenta guerra durante diez largos años frente a las costas de la aguerrida Ilión, también llamada Troya. Comandados los ejércitos defensores esa vez por el eximio héroe de los teucros Héctor Priámida, domador de caballos; y, marido de aquella cuyo nombre, serviría de inspiración a la progenitora de quien ahora, encabeza este arbitrio… En momentos en que, tan emblemática ciudad caería hasta sus cimientos quedando convertida en un horroroso infierno, bajo las masivas llamaradas de su incendio; para beneplácito del belicoso y oportunista rey de Micenas, Agamenón Atrida, en representación de todos los aqueos… Quien convertido en ese momento en un orate desquiciado, mandaba a sus hombres a avivar el fuego y, gritaba de euforia a voz en cuello por la derrota enemiga; pero de no ser por la participación de los dioses olímpicos a favor de los invasores, quién sabe cuál habría sido el resultado.
     
     En una de las tantas visitas del circo de sus padres al pueblo de La Atascosa, Andrómaca quedaría flechada por Cupido en beneficio del amor que desde siempre, le profesara otro gran amigo mío; Felipe Gómez. Hermano por cierto, de Jesús (Chuíto) Gómez y, por supuesto amigo también, de aquellos dos que yo les conté al principio me acompañaban siempre al circo en las faenas de ventas de algodón de azúcar, para costearnos las entradas al espectáculo. Félix Gamero al que llamábamos "El Gato",  y Argimiro Varguillas.
     
       La unión matrimonial entre Andrómaca y Felipe en este pueblo sería famosa ya que sin ellos saberlo al momento en que ocurrió, daría mucho de qué hablar en los años venideros; razón por la cual además sería esto inevitable pues, su amor era tan alocadamente intenso, que parecía no haber barreras que pudieran detenerlo, por cuanto pasado el tiempo de todos modos un buen día, ineluctablemente se llevó a cabo. No sin antes caer en agrias discusiones y rechazos por parte de su familia, principalmente del lado de su hermano Viktor quien en un par de ocasiones se cayó a puñetazo limpio con el pretendiente, resultando tablas ambas trifulcas y, entonces la barbarie en cualquier caso, por suerte no llegó a mayores. Estas refriegas e incómodas situaciones se dieron en los últimos años, los dos previos para ser exactos, al décimo aniversario desde la primera aparición del Gran Circo Albacora, en el pueblo de La Atascosa; década al cabo de la cual quedaría marcado —aunque no para siempre pues, aún así, seguiría viviendo de algún modo en los espectáculos de Greta; entonces en su propia empresa, Gran Circo Volatineros—, el final de sus otrora exitosas presentaciones en aquel pueblo, para entonces caer en desgracia.
     
     Es que además de los conflictos derivados de los amores de Andrómaca y Felipe, se venía corriendo en los últimos años el rumor, de que el padre y el hermano de ella se habrían visto en varias ocasiones en sospechosas reuniones furtivas al amparo de la noche, en casa de dos personajes del pueblo tenidos como conspiradores que actuaban en contra del gobierno democrático recientemente instalado. Estos presuntos complotados según el populacho eran, uno el que tenía a cargo la planta eléctrica, oscuro y taimado individuo bastante mayor presuntamente de origen polaco, llegado al país bajo los auspicios del régimen anteriormente impuesto mediante beneficio concedido a ciudadanos de origen europeo que supuestamente,  vendrían a ayudar a los venezolanos con sus conocimientos y experiencias; pero éste en particular ya habría tenido muchos inconvenientes con los pobladores; al punto que ya no lo soportaban y, era tenido como un soplón de la dictadura que recién, acababa de caer.
     
     Respondía el hombre al llamado de Etanislaus Luzinsky, alias “El Carnicero”. Todo, simplemente por pura intuición de la gente. Principalmente por la forma tan despiadada en que solía sacrificar a los animales que se comía, usando unos horribles golpes de machete sobre una tosca mesa de madera al aire libre; y, una fea indumentaria que verdaderamente hacía juego con la actitud que asumía durante tales sacrificios. Después cuando todo sobre él llegó a saberse, decían en chanza por el pueblo que obedecía a ese mote no precisamente por expender cortes de res sino ya abiertamente, a modo de burla y, supuestamente además, por algunas bolas que de vez en cuando también se dejaban correr; quién sabe cómo y por qué situación desde la cual empezó a ponerse nervioso, acerca de haber tenido una obscena participación durante la segunda guerra mundial en lo que luego se dio en llamar: “El holocausto”.
     
     Para beneplácito de los pobladores un buen día este torvo personaje desapareció, dicen que se habría ido con el circo cuyo dueño fue echado de la comunidad; y, años después sería visto de nuevo, entonces por televisión, en que era procesado en un juicio en Israel. Todos en el pueblo quedaron sorprendidos por la noticia y, para muchos de ellos fue algo tan increíble, el haber convivido con alguien así bajo su propio cielo. Confirmándose entonces de forma oficial el sobrenombre del mentado sujeto, mediante ciertos detalles expuestos con sobrada crudeza en el proceso, donde quedó señalado definitivamente como “El Carnicero de Tzbinka”.
     
     El otro era un vecino, común y corriente, al que antes por aquí no se le conoció familia y, dicen, que llegado de las sierras de Falcón durante la época de los inicios de la compañía petrolera en esta región; estaba a cargo de los camiones cisterna que repartían agua, en venta, por todas las barriadas y, en tiempos de la dictadura se le vinculaba a la tristemente célebre SN pero después, andaba hecho el pendejo,  de bajo perfil como para que a la gente se le olvidaran sus presuntas viejas tropelías. Esa cuyos miembros la gente llamaba “esbirros”, que cometían asesinatos, hurtos y robos de toda clase, de tierras y de ganado entre el campesinado de por estos lares. Es más, se decía que los "camiones cisterna" de su propiedad eran producto del dinero obtenido en contubernio con aquellos, con quienes se aliaba en la comisión de los más brutales desafueros; sin embargo a decir verdad, nunca se le vio participar abiertamente en ellos y, ahora era un hombre de medios, en muchos casos respetable, aunque para cuando llegó al pueblo no tenía ni donde caerse muerto. Tampoco un trabajo conocido, afirmaba todo el mundo.
     
  ...Así que, como venía diciendo, ya sea por lo de Andrómaca  con Felipe o, por lo de la conspiración de aquellos dos miembros de su familia, lo cierto es que el Gran Circo Albacora desapareció un día de la de La Atascosa y de su gente; diez años después de haber aparecido por primera vez en su vida. No obstante quedaría de éste no sólo su bella y alegre impronta, la sonrisa entre los niños y, los gratos recuerdos, sino también en ganancia la presencia de la noble y hermosa Andrómaca; formando familia con el entonces respetable Sr. Felipe Gómez. Próspero ganadero de la zona, muy querido en el pueblo, que  habiendo recibido en herencia una pequeña finca de parte de su padre, luego con gran esfuerzo y trabajo honrado, supo hacerla crecer;  y,  también prosperar. 
     
     Las gentes de La Atascosa son personas humildes, pero sabias, de esas que saben perdonar cuando alguien se lo merece, como fue el caso de la señora Andrómaca, entonces de Gómez; a quien nunca se le reprochó nada por su origen, derivado precísamente de lo sucedido con su padre y también con su hermano… Más bien, después de aquello sería recibida con mucho más cariño y amor; llegando a ser hasta hoy, una dama de muy alta estima no sólo en el pueblo, sino también en todo el legendario Estado Guárico de nuestras querencias. Recuérdese las extraordinarias faenas de "Greta La pandereta" prácticamente su alter ego— junto al gracioso Pirulo, en sus repetidas y exitosas actuaciones por todos los pueblos del llano; una cosa inolvidable que vino a ser para ella, su más auténtica carta de presentación. Que quedaría grabada en la conciencia de la gente como una gratísima experiencia para todos por igual.
     
     La incómoda situación con su padre, se trató de una muy oscura cosa fácilmente tipificable —a decir de algún político extremista, en el legítimo uso según éste, de su arsenal retaliativo; aunque, rayano en la más vulgar venganza— en el renglón de lo que en los últimos años se ha dado en llamar, "traición a la patria". Que al principio fueron simples rumores pero que con el tiempo se comprobaría su veracidad, al incurrir en una grosera y desconsiderada acción de complot en contra de la democracia y, de la misma gente del pueblo, cuya abrumadora mayoría se expresó mediante el voto por aquel nuevo gobierno que se habían dado; después de haber sufrido por tantos años una oprobiosa dictadura. Una que fue militar pero que para entonces, se temía por algún tipo de aventura comunista promovida desde la recientemente impuesta, en la nueva "República Popular de Albacora" en el Caribe —de donde en última instancia, venía el circo en cuestión y, no precísamente por su nombre; simplemente—, cuyo líder principal se habría empeñado en exportarla a los demás países de la región especialmente a aquellos que poseen recursos especiales, de interés económico; como el llamativo botín, según su criterio, del petróleo venezolano. Moviendo aquel sus tentáculos bajo los auspicios en las naciones afectadas, de grupos de individuos cabeza caliente que, absorbidos por aquella manipulativa política de engaños, se prestaban para semejante desgracia como en nuestro caso, intentaban pescar en río revuelto, después de lo que aquí acababa de pasar; tratando de imponerla según su juicio, a toda costa. 



   ...Y bien; con ésto, hasta aquí llegamos por hoy. En la próxima tendrán el final de este capítulo. Chao, chao...!


          ...Buenos días mis amigos. Hoy les traigo la tercera parte del capitulo numero  cuatro de mi libro "Andrómaca y Felipe",...