sábado, 18 de enero de 2020



..                   ....Buenas noches, mis amigos y, feliz año 2020; también!!!
     Por aquí, de nuevo con ustedes. Hoy les traigo el capítulo número diez de mi primer libro, Las Evasiones de Hilario Coba; primero  también, de la serie de cuatro títulos con el nombre de: "Relatos Oníricos de La Atascosa". Disfrútenlo y, espero sus comentarios.


1.10.-                                               —El Italiano—

     Había una vez en el pueblo, un hombre bastante sencillo y bien laborioso de auténtico origen italiano, llegado a La Atascosa en sus tiempos de máxima actividad petrolera y, tal parece, se habría adaptado tan bien al lugar puesto que ya pasadas unas cuantas décadas desde su arribo, todavía seguía allí; aunque no ya, con el mismo ánimo de siempre, de aquellos primeros días de euforia como trabajador contratado en tan extraña labor —al menos para él, conociendo su procedencia; siendo que hasta entonces, no se tenían referencias en ese sentido en aquel país europeo de donde venía, de algo parecido—. Cuando llegó aún era un hombre joven, lleno de sueños y de expectativas, sólo que para el momento en que supe de él ya estaba viejo; y, tal vez en el ocaso de su existencia. Arrastraba entonces con dificultad su pesada figura de hombre obeso, rechoncho y con una patética cara de amargura, que no me figuro cómo fue que logró granjearse algunas amistades en el pueblo.

     Todo lo que se de su vida, me lo contó un hermano mayor que solía verlo casi a diario; por las tardes, cuando jugaban cartas o dominó con otros señores de la vecindad. Su nombre era Claudio Milano Montessori, y justo al llegar, consiguió entrar a una contratista que daba servicio a una compañía norteamericana asentada aquí. Dicen que venía recomendado de arriba, por algún político o amigo suyo con influencias en el gobierno dictatorial del momento, regidor de los destinos de la nación por esos años. Trabajó allí aproximadamente por espacio de unos quince a veinte años, al cabo de los cuales se dedicó al oficio que luego dijo era, a lo que se dedicaba allá en su "amada Italia"; como también la llamaba cuando con nostalgia se refería a aquella gran nación.
  Mientras trabajaba en la petrolera vivía alquilado en una pequeña casa de la calle Páez, que entonces compró y posteriormente ampliaría —tal parece que lo tenía todo planeado, de antemano—; hasta que un buen día instaló su propio taller en ella. Era alta, de dos plantas, arriba estaba la vivienda donde vivía solitario y, tan sólo con sus más íntimos recuerdos; mientras abajo tenía el taller: Amplio, espacioso, ordenado. En el piso estaban las máquinas perfectamente alineadas con un rayado amarillo que demarcaba cada una, por dónde debía caminarse y, en dónde no. Las paredes pintadas de blanco sostenían dos grandes bastidores, como pizarras. Sobre las cuales estaba dibujada la silueta de cada herramienta, aparejo y, adminículo, todos utilizados para las labores con la madera.
En el frente sobre la cornisa hizo instalar un gran cartel o valla, adornado con los colores nacionales de su tierra natal sobre el que podía leerse: "Carpintería Véneto"; sobre un fondo blanco enmarcado de verde, escrito con grandes letras de color rojo. Debajo había una lista, usando el mismo tono bermellón, de todas las cosas que se podían hacer en madera y más abajo, a trazo gótico, en verde oliva, decía: "Atendido por su dueño" —luego el nombre después de los dos puntos, seguido de, “Carpintero Ebanista”; entre paréntesis—. Por último la fecha de fundación del negocio, lo cual no recuerdo. Rápidamente se daba uno cuenta de que este sujeto habría sido formado con rigidez y, un claro sentido del orden, y la disciplina.
La vida de aquel hombre, pese a lo ya mencionado, hasta entonces, no habría tenido nada de particular si no hubiera sido por lo ocurrido en aquellos años posteriores a su extraña y repentina desaparición del pueblo; por espacio de unos dos años más o menos. Tiempo durante el cual la carpintería permanecería cerrada, no obstante tener un grupo de fieles trabajadores a su cargo, a quienes liquidó; y, una envidiable cartera de clientes no sólo en el pueblo, sino de otros lugares y ciudades en el centro del país.
 Durante todo este tiempo, sólo uno de sus vecinos sabía de su real paradero, aquel comisionado por don Claudio para que cuidase de sus tres perros que tenía detrás de la casa, los cuales junto a él protegían sus propiedades y, al mismo tiempo, se encargaba de dar de vez en cuando un vistazo al interior del negocio para lo cual su jefe dejó en su poder un manojo de llaves de todo. Este vecino, además de contar con la entera confianza del italiano, era trabajador suyo en el taller, mientras estuvo abierto.
Todos los demás en el pueblo que de una u otra manera tenían que ver con don Claudio, se hacían diferentes conjeturas acerca de lo sucedido con él, ya que su desaparición fue repentina, inadvertida; de la misma forma en que se produjo su regreso.
Un buen día las gentes pasaban por la calle y volvían a ver abierto el taller, percibiendo el familiar sonido de algunas de sus máquinas: La sierra, los taladros, las lijadoras y, la canteadora; acompañadas por el continuo clavetear de los martillos, precedidos por el suave aroma del cedro y la caoba cuando son trabajados por manos expertas, que saben extraer de sus fibras más profundas tan variadas y delicadas formas, que poco a poco van aflorando al calor de las sabias ejecutorias manuales del artífice… Como el famoso “duende de la lámpara”, cuando por arte de magia simplemente deja ver el espíritu de las cosas bien hechas: Una excelsa mesa de comedor, un regio sillón, un caprichoso chifonier; o, un torneado y curvilíneo copete de cama como invitando a la actividad amatoria de sus futuros dueños.
     Así que, en el conocido lugar de la calle Páez volvía a bullir la vida tal y como antes había sido: El fragor de la brega, el calor del trabajo, la frenética actividad, el sudor en la frente, características propias del famoso Taller Véneto de don Claudio Milano Montessori a quien de nuevo, se lo podía ver activo entre su equipo de artesanos; dando instrucciones, órdenes y, apurando algún encargo.
    Sin embargo en esta ocasión, don Claudio reapareció dicen que bastante remozado pero más taciturno y sumido en sus propios asuntos, al punto que rara vez −como ahora−, se le vería con sus contados vecinos en aquellas habituales tardes de cartas y piedras del dominó; pues entonces, ya no vivía solo. Había traído con él una mujer más o menos de su misma edad, y dos lindas muchachas, muy jovencitas ellas. Se dice era esta su familia, que habría dejado allá en su tierra de procedencia mientras se fue por el mundo viniendo a parar aquí, justo en este pueblo; donde hasta ayer fue feliz con las putas de los populares barrios Los Paragüitos y, La Rochela; e infeliz en su recién reestrenada vida marital. Lo que explicaba su inusual relación con el citado hermano mío, que jugaba cartas con él; muy conocido entre las damiselas de la vida alegre por aquellos predios.
     Su esposa era una mujer de muy pocos atributos sociales, también italiana, que sin embargo poseía en su descargo algunos visos de belleza a favor de su apariencia; y, respondía al nombre de Carmela. Carmela Burana, quien venía de la región de Friuli y, quizás por éso, le gustaba más que la llamaran "Carmela Friulana". Lo que junto a otros tantos rasgos la caracterizaban como muy nacionalista al igual que su marido, cuando tal cosa en verdad no era mala en sí misma, sino que extrañamente y, tal vez derivado de ello, ambos por igual aplicaban un férreo trato autoritario hacia sus propias hijas, entre otros; además de que don Claudio mantenía celosamente una especie de altar votivo dedicado al tristemente célebre “Il Duce” −"El jefe"−, al que aún ciegamente rendía tributo. Cosa que ella también aprobaba… Oscuro personaje de la historia era aquel, de data prácticamente reciente, cuyo jactancioso título estaba grabado en una plaquita dorada sobre la curvatura superior de un nicho empotrado en la pared, donde había una foto suya a cuerpo entero finamente enmarcada, vestido con sus mejores galas; y, quizás, en su momento más estelar.
    Quedaba todo aquello al fondo de la sala de la casa, aledaño a un jardincito florido a cielo abierto en el patio, adornado con una pérgola donde se enredaban los sarmientos de unas vides que daban forma a un hermoso parral. Manteniendo allí gran cantidad de fotos y recortes de diarios y revistas montados en pequeños cuadros, con escritos y “titulares gloriosos” sobre su héroe, en los periódicos de su época; algunos controlados por él, incluso como su editor, como era el caso de "Avanti!" y, "Il Pópulo d’ Italia".
    Son ampliamente recordados, a decir de su vecino predilecto —que a veces era invitado a participar pero enseguida se marchaba con alguna excusa, tomándose usualmente una copa del para él, extraño licor, tan sólo la del inicio y, con la cara bien arrugada; porque al final, según confesaría más tarde, todo aquello le daba miedo—, los momentos en que don Claudio y la señora Carmela se alegraban con un poco de Grappa que siempre conservaban a buen recaudo, para alguna fecha memorable; en que el italiano se vestía como el mismísimo Benito —pero no Juárez; de quién sí tomaron su nombre, los padres de aquel— y se sentaba en la penumbra frente al altar, mientras ella ataviada con sus mejores telas lo veía y, hacía sonar para él en su viejo tocadiscos, las gloriosas notas del himno nacional de Italia junto a algunas de las obras más sonoras de Giuseppe Verdi… Como La Traviatta e, Il Trovatore; pero muy particularmente les gustaba escuchar, envueltos entre las sombras y, vestido de lujo militar como su famoso paisano: Otello, Falstaff, Don Carlos; y, en especial, Nabucco (Coro de los esclavos).
    Don Claudio desde el regreso posterior a su misteriosa desaparición, se hacía cada vez más extraño y, menos comunicativo, al punto que tal parece vivía inmerso en una oscuridad total; en que se encerraba solitario en el taller, antes de irse a casa. Lucía en esos días mucho más infeliz y desgraciado, especialmente notorio cuando suspendía la jornada de trabajo diario para ir a reunirse con su familia; como si fuera presa de un oscuro secreto, de algo muy malo, terrible y, por lo cual sentía muchísimo miedo.
    La extraña situación en que se debatía aquel hombre tuvo su punto máximo tendiente a su desenlace, un día cuando por motivo de la visita a su taller para hacerle un encargo especial, llegara una noble matrona del pueblo a solicitar su ayuda; relacionada con un asunto eclesiástico de la parroquia y, en el cual éste se comprometiera. Era doña Estela de Romero; quien al llegar, dijo de una sola vez:
“…Buenos días don Claudio. Vengo a verlo para proponerle una misión de parte de la parroquia, si es de su gusto y espero no nos defraude, por supuesto; lo cual se trata de la fabricación de una mecedora según esta foto… Pero mire usted, no es cualquier mueble, como podrá darse cuenta…!” —Insistió la dama; poniendo en seguida, la imagen en sus manos—. La cual será regalada por el pueblo al ciudadano Obispo de Calabozo, nuestro huésped de honor, quien por fin nos visitará el mes próximo…! —Agregó.
Ante semejante propuesta don Claudio enmudeció de inmediato, por un instante, al pensar que era esta su oportunidad de oro de poder dilucidar ante tan alta autoridad eclesial, su terrible secreto; que ya no le dejaba vivir. Con lo cual esperaba, creía él, el tan ansiado perdón de Dios… Luego, una vez asimilado el impacto, dijo nervioso; y, en rápida respuesta:
"…Bue, buen día, doña Estela. Acepto la proposición…! .
 “…Pero; sí, y sólo si, el Sr. Obispo accede a tomar mi confesión personalmente, justo en el mismo acto del bautismo a los niños…!" −Argumentó−; pues, era ya sabido por todo el mundo que, cuando el Obispo Martell venía al pueblo, era para únicamente bautizar a los muchachos, nada más. En seguida doña Estela, visiblemente sorprendida ante tan peculiar proposición le aseguró, sin embargo, que lo diera por hecho... Entonces respondió, esta vez con más firmeza:
"El Sr. Obispo, tendrá el honor de confesarle, él mismo; mientras tanto, se maravillará con el resultado de su segura obra de carpintería…!"
 Dijo esta vez la dicharachera beata con calculada indulgencia; no obstante don Claudio la atajó, elucubrando:
“Obra de carpintería no, doña Estela; de ebanistería, querrá usted decir…!"
  Agregó esponjado don Claudio, tusándose los bigotes. No en balde para evitar este tipo de desagradable “simplificación profesional”, lo aclaraba muy expresamente y, con orgullo, en el cartel frontal del negocio montado sobre la cornisa: “Carpintero-Ebanista”.
"Sí, está bien, disculpe usted mi ignorancia en ete asunto; don Claudio…!" Dijo finalmente a secas, la señora.
  Luego de esta breve visita, fue como si aquel hombre empezara a quitarse un enorme peso de encima y desde aquel mismo día, clavó la foto en la pared frente a un mesón y, se dispuso a empezar la fabricación desde aquel preciso instante. Dicen que el sillón en la foto era en verdad una magistral obra de  ebanistería, como bien corrigiera don Claudio a doña Estela; pues se parecía más bien un trono, idéntico al usado por el Papa en su retiro veraniego de Castell Gandolfi.
Desde que aquel hombre comenzó a trabajar en el famoso sillón del Obispo, de pronto se transfiguró; volviendo a ser poco a poco, el mismo que conocían los escasos amigos que tenía. Desde que abría el taller se instalaba en el mesón frente a la fotografía, pasando todo el santo día encargándose él mismo de tan laborioso trabajo y entonces, se oía cuando iba cortando, ajustando, cepillando, nivelando, lijando y, laqueando cada una de las piezas que lograba definir. Hasta se le oía tarareando alguna melodía verdiana; en especial, las de Rigoletto.
    Poco a poco le fue dando forma, con su talento y trabajo diarios, a aquel singular mueble; el cual desde el mismo momento en que se comprometió a construirlo se convirtió en una autentica válvula de escape que lo deslastraba cada día del tremendo peso de sus inconfesados pecados; justo cuando por aquellos días se decía que, Carmela y sus hijas las bellas Pompeya y Carmina, lo habrían abandonado. La primera de ellas, era la mayor. Mediaba unos veinticinco años, de piel algo morena con cabellos lacios negro como el azabache, al igual que sus grandes ojos; siempre taciturna, poco comunicativa y mirada esquiva, lo que contrastaba fuertemente con su belleza. Mientras Carmina era la menor, tan bella como la otra, sólo que de aspecto más europeo; blanca, podría decirse que rubia y, de profundos ojos azules, pero al igual que su hermana era nada afecta a la intimación, y tan sólo en éso, se parecían mucho a su madre —como si, al igual que sus progenitores, vivieran ambas presas en su propia cárcel entre barrotes de infamia, dolor y, amargura.
Hasta se habría colado hacia el populacho que el gran secreto de don Claudio y su familia era una presunta, odiosa relación incestuosa con la mayor de ellas que en realidad no era hija suya propiamente sino de su hermano menor Cosimos —siciliano engendrado por su padre común pero en otra madre, en sus andanzas libertinas por los mares del sur de la península itálica, lo cual pudiera explicar el nada parecido aspecto fisonómico de la muchacha, con los que supuestamente eran sus padres—, muerto durante la guerra;  y, a quien le prometió cuidarla… Por lo tanto efectivamente era su sobrina, la hermosa Pompeya; una verdadera y cuestionable tragedia. Situación que al parecer conocía todo el grupo familiar y, entonces, también La Atascosa.
Quizás por esto fue, que la gente del pueblo no se sorprendió tanto, con la hipotética ida repentina de aquella extraña familia; y, lo que de primero fueron chismes, conjeturas, luego se conocería con mayores detalles. Sin más preámbulos ni cortapisas.
  …Y, como lo prometido es deuda, llegó el tan deseado día de arribo a la localidad del honorable Obispo de Calabozo; a lo que, una vez en el momento, don Claudio estaba de primero en la fila de quienes asistían al acto religioso, frente a los portones de la iglesia. Al frente, en un lado de la plaza Bolívar hacia el templo, había una tarima con un micrófono al centro, sobre un pedestal; flanqueado por sendas cornetas parlantes a izquierda y derecha. También sobre la plataforma pero más allá del equipo de sonido, sobre un denso tapete color púrpura de largos flequillos en los bordes, con borlas doradas en sus esquinas reposaba una bella, espectacular y, brillante mecedora de caoba. Finamente laqueada, con bruñidos engastes de plata y bronce en la parte alta del espaldar y en los laterales de sus posa brazos, tan curvos como sus patas; terminadas éstas en puntas labradas como gárgolas, viendo al cielo con fulgurantes ojos de rubí. Plantada por entero, esa tarde, en toda su majestad… La suave brisa matutina apenas si lograba moverla, no obstante su ligereza de apariencia; porque parecía como si hasta el viento, sintiera temor por estropear con su tacto, tan singular belleza.
Cuando llegó el Obispo, hubo un acto sobre la tarima, rodeada de bambalinas de vivos colores que se movían agitadas por la brisa, cual papagayos en el cielo; allí, el tan esperado religioso fue finalmente presentado al pueblo, cuya gente asistió en masa. No sólo impulsados por el fervor religioso, si no que esta vez, había un motivo adicional. La presentación y entrega formal por parte de toda la feligresía, de la famosa mecedora que don Claudio Milano Montessori había fabricado como encargo especial de la comunidad religiosa, para el ilustre visitante. Quien la haría llevar a Calabozo —lugar de asiento de su Ministerio— para su posterior disfrute, en las soleadas tardes de Abril.

   ...Y; bien, amigos míos. Hemos llegado al final por hoy. Espero que les guste. Chao...!

miércoles, 25 de diciembre de 2019




                                        ¡Feliz Navidad, mis amigos!
    De nuevo con ustedes, esta vez para poner punto final al capítulo número nueve de mi libro: Las evasiones de Hilario Coba. Primero de la serie de cuatro: Relatos oníricos de La Atascosa.
     1.9.-                                       Epónimo

…Así que, al llegar y tomar el sitio de San Fernando, lo primero que hizo el General Cermeño fue encargarse de un asunto que quería hacer desde hace tiempo; y, esto era, la inmediata deposición del poder de un hombre que para aquel momento tenía el control y el dominio absoluto sobre toda la comarca con la venia del régimen, cuyo nombre era Tomaso Altúnes. Quien habría llegado a acumular en poco tiempo una grosera fortuna empleada a discreción para someter aún más a sus designios, a aquella pequeña sociedad de aldeanos con los que se lucraba usándolos a la fuerza, como braseros en todos sus barbáricos propósitos por lograr cada vez un mayor enriquecimiento; haciéndola aun más pobre… Mediante la imposición de un perverso sistema comercial en sus extendidas explotaciones de balatá y sarrapia donde sólo él salía beneficiado, jactándose de haberlo aprendido en las zonas selváticas del Putumayo colombiano; a donde cuando joven viajaba con frecuencia invitado por un amigo suyo —de nombre Antoine Dalmaud, al parecer emparentado con aquel Comandante de la fallida aventura del vapor Swift, en Cumaná; en que habría actuado el amigo escritor, del General Cermeño—, supervisor de oscuras operaciones en esa región para la compañía norteamericana "The Colombian Amazon Company". Subsidiaria de la "International American Fruits and Co." Con sede en New Orleans, USA.

  …A decir verdad, Tomaso Altúnes fue un hombre que al principio parecía justo y honesto en sus operaciones en el sur, pero con el correr de los años se tornaría cada vez más duro y despiadado, enriqueciéndose de pronto con el sudor y la sangre de sus compatriotas; devenido luego en virtud de la codicia y el poder en un funesto personaje a través del cual, esta vasta región del país se hallaba bajo la predatoria acción de individuos inescrupulosos como él. De fuertes conexiones gubernamentales además, presuntamente con altos funcionarios corruptos allegados a la Presidencia de la República, que hacían lobby para cuadrar negocios entre esta alta instancia y, las transnacionales antes nombradas. El General Cermeño, dispuesto entonces a hacer justicia de una vez por todas, reunió una Corte Marcial cuyo veredicto al final no fue otro, que la procedencia en la ejecución de tan nefasto individuo; con lo que de alguna manera quedaría resarcida la dignidad de todos los habitantes en esa lejana población ubicada bien al sur… Dicen que esta acción pasó a ser, el mayor acto de justicia y gloria en la épica de dichas regiones en Venezuela; durante aquellos oscuros años de su historia.

     Por último pude ver entre los efectos personales de mi abuelo don Florencio en su viejo baúl, un afiche enrollado amarrado por un guaralito, con formato aproximado de 80 x 60 y arabescos en tinta china color tabaco en sus bordes sobre fondo blanco sucio, en el que aparecía a simple vista la estampa ecuestre de aquel aguerrido General; y, una inscripción en letras y diseño de la misma estética de los bordes, que rezaba, en forma arqueada sobre el sombrero del jinete: "Vote por el General Emiliano Acevedo Cermeño". Y; grabado al centro en la parte inferior, en línea recta debajo de los cascos del caballo: "Gobernador del Estado Guárico". Mientras en la parte inferior derecha, al pié de la hoja, decía, en letras muy chicas: Tipografía Rojas Hnos. Calle Atarraya, Valle de La Pascua.

     Justo cuando observaba la vieja gráfica, haciéndome la pregunta sobre la procedencia o no en aquella época de la propuesta de sufragio implícita en la misma —cosa que en dicho momento no se consideraba, a la hora de elegir un Gobernador como en este caso; pues éstos, aún en tiempos democráticos, en sus inicios, los escogía a dedo el Presidente de la República— y, en un momento de nuestra historia que ni siquiera se soñaba con la descentralización de las funciones públicas, como sí lo sería mucho más tarde, de pronto se apareció mi abuelo; quien con sigilo se me acercó desde atrás sin darme cuenta y, entonces dijo, sorprendiéndome:
"Pero; qué haces con eso ahí, Hilario…?"
    En ese instante, hecho un amasijo de nervios enseguida respondí mintiendo; dejando caer el rollo en su lugar y, levantando las manos:
"Nada abuelo, na, na, nada…!" —Respondí, balbuceante.
"…Pasaba por aquí y como el baúl estaba abierto, no aguanté la tentación de ver lo que contenía…!"  —Reaccioné, argumentando.
  
"…Mira abuelo —traté de explicarme un poco mejor, justificando mi comportamiento—; en verdad, siempre quisimos todos en casa, saber qué era lo que celosamente tenía usted guardado en este cajón. El cual siempre cuidabas de mantenerlo alejado de nuestra vista e interés; pero, hoy lo vi abierto cuando pasaba por el corredor y, como la habitación estaba sola, únicamente con la puerta entoldada, no con la tranca, entonces fue cuando me dije a mi mismo −los ojos abiertos, como un dos de oro, gesticulando en el aire con las palmas de las manos; y, engolando la voz−: “...Hilario; ha llegado el momento de develar el misterio". Por lo que, sin pensarlo más, entré con decisión en el cuarto y, como ve, aquí me tiene. Hurgando con mucho respeto eso sí, dentro del mismo…!"
     Después de un breve silencio, el viejo parece que aceptó mi dubitativa, teatral y, muy particular respuesta, porque en su habitual tono de voz sereno y cálido que lo caracterizaba, después de darme la bendición como era su costumbre tomó el afiche con suavidad de donde estaba; y, enseguida me dijo —alejándose de mí, un par de pasos; con la gráfica extendida delante de él, para que yo la viera mejor—:
"Mira, observa bien el jinete de la figura…!"
"A quien se te parece…?" —Inquirió.  
"Caramba  abuelo,  si eres mismo! “Y; en persona!!!" —Dije.
"Sí mi hijo, ése soy yo; trastocado en General. Es una larga historia, la cual ahora, abreviaré para ti…!"
     
    Guardó de nuevo el amarillento panfleto, cerró el viejo cajón, y entonces dijo de nuevo:

"Siempre aprovecho cuando estoy solo en casa, para airear las cosas que hay allí dentro —hizo señas dirigiéndose al baúl—, además de cambiar la naftalina, efectiva para su conservación; salí a buscar algunas de ellas, precisamente, cuando al volver te conseguí aquí...!"
   
    Luego comenzó a moverse lentamente don Florencio, como con ganas de salir del cuarto, lo seguí hasta que llegamos al corredor y nos sentamos en un banco de madera, que estaba adosado en una de las paredes, en el centro. No había más nadie en casa, pues mi abuela Olimpia había sido llevada debido a una afección menor, por una de mis tías, a ver al médico del pueblo; el Sr. Marchena. Una vez sentados allí, mi abuelo empezó diciendo:
   

"…Tenía yo un parecido físico muy cercano al del General Cermeño, además de una larga y sincera amistad; por lo que en varias ocasiones, incluso para salvar su vida, nosotros los que estábamos con su misma lucha, previo su consentimiento, urdimos un día la idea de que yo vestido de General como él, comandara un pelotón por un lado mientras que el auténtico Cermeño lo hacía en otro espacio geográfico muy distinto, con otro grupo de nosotros. Esta estratagema nos dio el triunfo en varias batallas contra el enemigo; incluso una vez, como dije, se salvó de ser apresado logrando escapar por el delta del Orinoco hacia la isla de Trinidad. Cuando los informes de inteligencia de sus perseguidores que en eso eran muy buenos, sin embargo entonces resultaron confusos, erróneos, siguiendo al falso General que luego tomó su identidad original; antes de entrar a un pueblo cercano mezclándose entre sus parroquianos y, después ocultar las armas y todo elemento o rasgo que les hiciera parecerse a guerrilleros… Actuando entonces como vaqueros arriando un grupo de reses prestadas para la farsa, por un ganadero amigo nuestro en la zona; con lo que finalmente, pudimos escapar también.

   …Esta temeraria acción −continuó mi abuelo−, le granjeó al General Cermeño la leyenda de que supuestamente tendría pacto con el diablo dada su presunta ubicuidad, porque podía estar en dos lugares distintos al mismo tiempo; a decir de sus enemigos. Apoyada tal idea, porque desde aquella isla caribeña enviaría un telegrama amañado —muy conveniente a sus propósitos, cosa en la cual era un experto y, manipulando él dicho artefacto cuyo conocimiento sobre el mismo también poseía de sobra; acción con la cual nuevamente, se saldría una vez más con la suya— que luego sería interceptado por el gobierno, era esa la idea, dando cuenta de su presencia allá, mientras dicen lo habrían visto minutos antes entrando a Santa Rosa de Amanadona; “ingresando luego bajo cuerda a territorio del Brasil”. ¡Todo un auténtico embrollo, para sus perseguidores! …Esto ocurriría, a 36 horas después del rudo combate en la boca del Casiquiare, impelidos como estábamos por el asedio colombiano y, en simultáneo, también por las tropas oficialistas…!" —Dijo.
  "…Hasta hace poco −continuó el abuelo−, tuve conmigo el uniforme de la foto el cual envié con una nota luctuosa a la esposa e hijos del General, allá en Valle de La Pascua, explicándoles por qué lo había tenido hasta entonces; cuando aquel gran amigo mío que era su ser querido, se había marchado para siempre de entre nosotros. Sólo me quedé con el cartel y los recuerdos. Lo del afiche como tal, fue de una foto hecha, creo, que en el año 1935 para una ocasión de celebración aquí en La Atascosa donde recibiríamos a tan ilustre visitante; poco tiempo antes de la inesperada muerte del tirano Benemérito a quien con tanta furia combatimos. Donde un grupo de antiguos compañeros suyos, de armas —aunque aún, estábamos en plan de guerrilleros contra el gobierno de Gómez; porque sólo depusimos nuestras armas, justo al conocer de su muerte—, tuvimos la idea de colocar varios de estos carteles por todo el pueblo, porque estábamos seguros que lo que rezaba sobre el ecuestre personaje sería una auténtica realidad el día en que se instaurasen en el país los comicios electorales —una cosa que en su caso no sería así, exactamente—; que esperábamos fuese pronto.
  …Recuerdo que el General Cermeño vio con agrado la idea que entre todos habíamos tenido, al ser recibido aquel día por las autoridades civiles del pueblo —que entonces estaban de su lado— y, después de ofrendar floralmente al padre Libertador a quien siempre citaba en sus arengas libertarias nos fuimos al fundo de un amigo común donde celebramos por todo lo vivido. Donde felicitó en pleno y con mucha efusividad a los jocosos perpetradores de su vieja parodia, aunque sabía lo arriesgado que en esos momentos esto pudiera ser; lo cual sin embargo desestimó, en verdad, ante la temeridad e inventiva de sus amigos.
 “….Al fin de cuentas, qué es una raya más pa’ un tigre" −dijo riéndose−; cuando toda su vida siempre había transcurrido inmersa, en un constante peligro…!
   …Más adelante volvería, recientemente nombrado en un cargo muy parecido al que se postulaba en el pasquín, visitando de nuevo el pueblo por última vez como Presidente del Estado Guárico; electo efectivamente en el año 1937, por el nuevo Presidente de la República que vino a terminar el período del mandatario fallecido. Esa fue la última vez en que nos vimos; posteriormente seguimos haciendo contacto, pero por cartas o telegramas que recibía en ocasiones, cuando algunas veces tenía que retirar mi pensión en la oficina postal.
 "…Bueno mi hijo, espero que no dejes morir estos recuerdos…!"—Dijo por último el viejo,
 "…Gracias por confiármelos, abuelo. Juro que no serán echados en saco roto, como siempre usted mismo nos lo ha dicho…!"
     Nos paramos y me dispuse a salir, después de recibir su bendición una vez más, acto seguido el viejo se dirigió al gallinero tras la búsqueda de unos huevos para hacerle una sopa a la abuela Olimpia, quien con mi tía Sinesia acababan de llegar; justo en aquel momento.
   Ya de salida, saludé de cerca a las dos queridas mujeres, con lo que, pude darme perfecta cuenta de que realmente venían de ver al Dr. Marchena. Pues mi abuela, traía un vendaje en ambos cachetes que se le veían abultados, sostenido por un nudo sobre su cabeza —del que por cierto veía salir por un lado, unas hojas verde parecidas a las del guanábano—; también podía ver y oler, el característico color amarillo mostaza y, el agradable aroma mentolado de la Antiflogitína, prácticamente el Santo Grial de la farmacopea para el viejo Galeno… Su medicina más especial y predilecta.  
    ...Hasta pronto, mis amigos... Chao!








   









          ...Buenos días mis amigos. Hoy les traigo la tercera parte del capitulo numero  cuatro de mi libro "Andrómaca y Felipe",...